El títere que miraba desde la cornisa
Arrancó con delicadeza la pequeña astilla que sobresalía de su brazo. Y lo hizo así no porque tuviera miedo de sentir dolor. De hecho, no percibía esa sensación. Fue por observar el proceso mediante el cual lo llevaba a cabo. Y después poder comprobar el diminuto agujero que era creado en su extremidad. La escasa profundidad que presentaría asemejándose al cráter de un volcán.
En un momento dado, estando como estaba bajo la luz de la Luna en aquella noche, y al analizarlo, le recordó a las cicatrices que el acné genera en la piel de las personas. Pero él era una marioneta y, como tal, era manejado por ellas. Los únicos instantes de tranquilidad que alcanzaba a tener era cuando estaba solo. Tal como ese en que el frío y la humedad reinaban a pesar de no percibirlos. Aunque sí veía al gato acurrucado en la esquina de una calle.
Y este parecía sereno, impasible a todo lo que había alrededor suyo mientras se acicalaba. De vez en cuando, frenaba en su acción y analizaba la zona. Tal vez buscara algo que delatara peligro. O que le llamara la atención por ser novedoso. Pero pasaba el rato pareciendo completamente ajeno al mundo. Aunque perteneciera a él. Aunque fuera parte de él. Y lo olfateaba degustando cada pequeño matiz de sus detalles.
El títere lo miraba. Y analizaba. Deseaba poder sentir una pequeña parte de lo que el gato experimentaba. Aunque sólo fuera una minúscula porción. Y a la par que lo ansiaba con toda la fuerza del corazón del cual carecía, organizó los hilos con los cuales le surtían de movimiento. Hizo una bolilla con ellos y los introdujo en los bolsillos de la chaqueta que vestía. Era tan complicado tener conciencia y, al mismo tiempo, no poder palpar nada del mundo... ni siquiera sus sabores...
Y esos eran los únicos gestos que podía llegar a realizar. Si quería ir a algún lugar, tenía que esperar a que la gente lo agarrara y moviera. Carecía de libertad en tales fines, aunque por su propia cuenta pensara y dispusiera de algo similar al libre albedrío en ese ámbito. Y dentro de esa sensación, una congoja lo apresaba surgiendo de su interior una necesidad similar a la de cuando las gentes lloran. Pero él no podía hacerlo. Era incapaz de realizar ese acto de liberación que, en caso de poseerla, purificaría su alma.
Estaba sentada en el alféizar de una ventana. No sabía por qué su director le habría de dejar allí. En mitad de la noche y corriendo el peligro por el cual la madera de su cuerpo llegara a enfermarse. A pudrirse. Sabía que no percibiría ninguna molestia por ello. Pero eso significaba que, tarde o temprano, acabarán amputándole alguna parte de su anatomía. O siendo tirado a la basura. Incluso cabía la posibilidad de ser arrojado al fuego dando por concluida su trayectoria.
¿Pero por qué lo habían hecho? No tenía ni la más remota idea. Y en medio de toda esa melancolía que cada vez iba aumentando en tamaño y peso, optó por seguir mirando al gato. Quizás le sirviera de consuelo. O para lograr evadirse de todas las circunstancias que le rodeaban. Y aunque eran duras y fantasmagóricas, sólo era capaz de atesorar el dolor espiritual que iba incrementándose poco a poco. Si por lo menos sintiera algo de malestar físico... eso podría hacer que su mente estuviera enfocada en él pudiendo, aunque fuera parcialmente, aligerarla.
He ahí que descubrió que el gato había desaparecido. Estaba tan inmerso en sus pensamientos que olvidó lo que parecía atarle al mundo. Quizás convirtiéndole parte de él. Aunque sólo fuera por un par de minutos. Entonces, mientras lamentaba su suerte, escuchó un acogedor y relajante sonido a su vera. Aunque sobresaltado, giró la cabeza hacia esa dirección sirviéndose de los pocos movimientos que le estaban permitidos realizar. Ahí fue que tuvo frente a frente al pequeño felino. Ronroneaba.
Era completamente negro, aunque apreció que las canas surgidas por el avanzar de la edad hicieron acto de presencia. Sus ojos presentaban una forma elíptica asemejándose a la Luna cuando está en creciente, o menguante. Y eran de una hermosa mezcla entre marrón y verde. Aterrorizado, notó cómo iba acercándose a él con el propósito de capturar su olor. "Tranquilo, no voy a hacerte nada", le escuchó decir en susurros.
Ante esto, y paralizado por el terror (aunque bien sabía que no podría hacer mucho por escapar), sintió el cálido aliento del animal sobre él. Y esto lo dejó atónito. ¿En serio aquello era lo que llamaban calor? ¿Qué estaba pasando? "Respira, y trata de ponerte en pie, no tengas prisa", oyó que le decía en voz baja. Con un gran esfuerzo, y a la par que le temblaban las piernas por ello, logró levantarse y erguirse por primera vez en su vida. "Sólo te queda un pequeño esfuerzo más y serán quebradas las cadenas", le comentó.
Notó entonces el frío. La humedad. Y algo de vértigo. Además de un éxtasis tremendo. "Para, trata de relajarte, no vaya a ser que te caigas. Estamos en un séptimo piso". Por primera vez pudo sentir el tacto de su propia piel. Había dejado de ser madera. "Tendrás que rozar algunos muebles para saber cómo tendrías que haberla percibido", le indicó. "Ven, súbete a mi lomo, has de comenzar a conocer el mundo".
Dubitativo, obedeció atraído por lo que acababa de abrirse frente a él. "Esta noche te mostraré cómo debes dar tus primeros pasos. Después serás tú el que elija el camino que habrás de seguir". Tras esto, con un ágil salto llegó a la azotea del edificio de enfrente para, a continuación, desaparecer entre las sombras.
*Nota: este texto es una versión, además de extensión, del poema "La marioneta que contempló un gato"


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