Una incómoda reunión
Su rostro reflejaba incertidumbre. Además de ser incapaz de disimular el temor que la invadía. Y no era para menos. Sabía lo que su hijo entre manos se traía. Y aunque en el fondo la llenaba de orgullo, no dejaba de pensar que, tarde o temprano, tendría que ver cómo lo enterraban. Más después de encontrarse con Juan y explicarle este lo que Jesús iba a hacer. El pesar la dominaba incluso estando su corazón iluminado por verse junto a su vástago.
- Sólo dime el porqué de que vayas a ser tú. ¿No puede hacerlo otro? ¿Acaso no podría ser alguno de los que te acompañan? - le preguntó mientras observaba de reojo a Magdalena. Pero no con una actitud inquisitoria, sino de alivio.
- Madre, en el fondo, es una labor de todos. Lo que me compete es poner el rostro. La figura. Por decirlo de alguna forma, tomo ese papel con tal de que la gente pueda seguir el mensaje. Sin una persona que lo lleve... sería imposible nuestra misión - le contestó el joven.
Por un momento, un ataque de ira pretendió dominar a la mujer. Pero se contuvo. Quería escuchar sus razones.
- ¿Me prometes que con ello no buscarás la fama? Juan la ha conseguido y, en consecuencia, va a tener que marcharse muy lejos. Tendrá que vivir en la clandestinidad.
- Sí, lo sé. Fue idea mía. Estaba haciendo demasiado ruido. Y su labor de bautismo nos puede servir de ayuda. Más que nada para poder dar una imagen de unidad. Y esta no será frente a los romanos. Ni ante nuestro pueblo. Lo que pretendemos es que reine la convivencia sin que perdamos nuestra identidad. Y, tal vez, con el paso del tiempo, poder seguir con nuestras vidas sin la influencia de nadie. Pero recorriendo todos el mismo camino.
La mujer sopesó lo que acababa de escuchar. Eran palabras muy hermosas. Quizás demasiado. Y esto suponía que atesorarían enemigos fueran donde fuesen. Daba igual la etnia, religión, pueblo o nación al que perteneciesen. Siempre habría alguien esperando semejante discurso con tal de encontrar un chivo expiatorio. Suspiró. Y lo hizo porque entendía perfectamente lo que quería decir, pero como madre era incapaz de soportar que corriera un riesgo tan grande.
- Voy a ser egoísta - y esto hizo que Jesús palideciera por el estricto tono con el que lo comentó -. ¿Qué va a ser de Magdalena si algo te pasa? ¿Van a poder los demás encargarse de ella? ¿Podrá vivir sola si se diera el caso?
En ese momento, fijó su atención en la joven mujer. "No me malinterpretes", susurró con un dulce tono y lleno de ternura. "Sé que os queréis, y que eres una persona muy fuerte. Valerosa y echada para adelante. Y tu fama me importa una mierda. Todos tenemos derecho a una nueva oportunidad. A caer y levantarnos las veces que hagan falta. Pero lo que me preocupa es este mundo. Esta sociedad. Va a ser muy difícil que te libres del San Benito con el que te han condecorado. Esta gente con la que vivimos no acepta errores mientras es incapaz de mirarse su propio ombligo. Sé que tienes un corazón de oro. Y mi hijo también. Lo que me da miedo es lo que te pueda suceder si algo le pasa. Y eso, hija mía, aunque no te pueda decir qué, sucederá tarde o temprano. Este mundo no está hecho para una mujer solitaria... y con lo que tienes detrás... te lapidarían sin necesidad de arrojarte piedras".
Magdalena emitió un sonido que reflejaba dolor. Y pesadumbre. "Sí, sé perfectamente que podría pasar. No sería la primera vez que al ir a un lugar me acogen con los brazos abiertos y me echan después por la puerta de atrás. Por mucho que implore. Por mucho que demuestre. Nada es suficiente para ellos. Aunque caigan en Pecados aún mayores que los que yo hubiera podido llegar a cometer. Y aunque no pretendo justificarme con esto, fue necesidad. Simple, y llanamente, necesidad".
Entonces, María no pudo evitar que las lágrimas surcarán su ya ajado rostro por el paso del tiempo. Aunque seguía siendo delicado, la edad y la dureza climática estaban presentes en él. "Hijo, tu padre estaría muy orgulloso. Te educó bien. Tal y como él quería, te has convertido en una persona íntegra".
- Ojalá sea así. Pero creo que es demasiado pronto para sacar conclusiones. Soy muy joven. Me queda mucho camino por recorrer. Y a ti también, madre. No alcanzas ni los 50 años. Deberías vivir. Siempre has estado pendiente de mí.
- No, ese es mi deber. Y lo que me dicta el corazón. Lo más fácil hubiera sido abandonarte cuando naciste. Odiarte por lo que hizo aquel maldito soldado romano. Pero tu padre, tu verdadero padre, logró quitarme esos negativos pensamientos de la cabeza. Y menos mal que Zacarías lo hizo antes con él.
- Sí, pero, por favor, deja de repetirme la historia una y otra vez. La tengo siempre presente. Te lo aseguro.
- No puedo evitarlo. Hay cosas que son así de por sí.
- Comprendo tu actitud, y me llena de calor. Me tranquiliza. Jamás podré agradeceros lo que hicisteis. Nunca habrá palabras que puedan describirlo.
Ante esto, María se sentó en una de las banquetas que había en la sala de la chabola en la que estaba hospedaba la pareja. Y rompió a llorar. Jesús se quedó inmóvil, petrificado. Pero Magdalena fue hacia ella terminando ambas fusionándose en un largo y sincero abrazo. Justo entonces, llamaron a la puerta.
- ¿Quién es? - quiso saber Jesús.
- Soy Pedro. ¿Puedo entrar? - revelaron desde el exterior.
- Adelante.
Ante esto, el portalón fue abriéndose poco a poco. Y he ahí que apareció la figura de un hombre alto y fornido. Era moreno y de ojos marrones. Además, una profunda cicatriz que marcaba el lado izquierdo de su rostro podía vislumbrarse a pesar de la grisácea y poblada barba.
- Siento interrumpir este momento, pero hemos de partir hacia Jerusalén. Tenemos que aprovechar que hace fresco. Está todo preparado para cuando llegues. Serás recibido con todos los honores.
- ¿Que vais a hacer qué? - exclamó preocupada y dando un salto María.
- Lo que acaba de oír - expuso abruptamente el recién llegado mientras la analizaba sin disimulo alguno de arriba abajo.
- ¿Pero estáis locos? ¡Con ese gesto lo vais a condenar! ¡Los rabinos van a echarse encima suyo! ¡Van a terminar pidiéndole a Roma su cabeza!
Jesús permaneció impasible mientras Magdalena trataba de tranquilizar a la mujer. "Señora, esté tranquila. Lo tenemos todo bajo control. Nada puede salir mal. Necesitamos un golpe de efecto que nos de poder. Influencia. Y esto hará que la gente esté alrededor de su hijo. No tiene nada que temer. No va a pasarle nada".
- ¿¡Pero qué estás diciendo!? ¿No ves que no tiene ningún sentido? ¡Van a acabar con él! ¡Y lo más triste es que será en su propia casa! ¡En el pueblo que lo vio crecer! ¡Lo estáis llevando a las fauces del lobo!
- No, señora. No va a ser así. Vamos a salir más fortalecidos de todo esto. No podrán hacerle nada. El aura que sea creada en torno a él lo hará invulnerable. Confíe.
- ¿Que confíe? ¡No me creo nada de tus palabras! ¿Qué vas a conseguir tú con esto? ¿Cómo vas a beneficiarte?
Pedro agachó la cabeza en señal de resignación, pero prosiguió a continuación con su discurso. "No es por mí. Ni por su hijo. ¿No lo entiende? Necesitamos algo que nos inmunice ante Roma y los rabinos. Necesitamos que la gente nos arrope y proteja. No es nada más. Tenemos que tener la imagen a nuestro favor. Con ella nada podrán hacernos. Con ella nada podrán hacerle".
María calló. Pero con su mirada pareció fulminar a Pedro. "¡Guárdate de él, hijo mío! ¡Guárdate de él!", bramó.
- Mujer, se lo repito. Estese tranquila. Soy una persona de fiar.
- No estoy diciendo que no lo seas. Pero hay algo en ti que está podrido. Y tarde o temprano aflorará.
- Le repito que conmigo al lado de su hijo puede estar tranquila.
- ¿Sí? ¿En serio? ¿Qué ganarás tú con todo esto?
- Le reitero por tercera vez que soy un hombre de fiar. Si no llega a ser por su hijo no sé qué estaría haciendo ahora. Y eso es algo que no puedo negar. Él me ayudó a sanar mi camino.
- ¡Pues yo repetiré que habrá de cuidarse de ti!
Ante esto, Pedro agachó la cabeza y abandonó la estancia. "Os espero fuera... siento... siento todo este alboroto". Dijo nada más cruzar la puerta.
En cuanto lo hizo, María fijó su atención en Jesús. Después en Magdalena. "¿Por qué no os vais con Juan? Todavía está al otro lado de la colina. Podréis alcanzarle y comenzar una nueva vida. No hagáis ninguna locura".
- No puedo, madre - comentó Jesús a la par que la abrazaba -. Puedo equivocarme. O tal vez no. Pero la decisión está tomada. Iré con Pedro. Pero Magdalena no está obligada a acompañarme. Puede quedarse contigo, si quiere.
La joven mujer abrió los ojos de par en par por la sorpresa en cuanto le escuchó decirlo. "No, iré contigo. Pero antes acompañaré a tu madre a casa. Después me uniré a vosotros en Jerusalén".
María trató de coger aire. Intentaba relajarse. Pero sólo logró asentir con la cabeza. No dijo nada más. "¿Es eso una señal de aprobación?", quiso saber Jesús. Su madre volvió a repetir el mismo gesto. "Está bien", comentó el joven. Tras esto, beso a las dos mujeres en la cabeza para después dirigirse a la puerta.
En cuanto llegó a ella, volteó la testa. Las miró y sonrió. "Tranquilas, más pronto que tarde nos volveremos a encontrar". Y salió. Nada más cerrar la puerta escucharon un burro rebuznando seguido de varias voces masculinas que trataban de tranquilizarlo.
- Ya está. Ya han comenzado el camino - dijo en voz baja Magdalena.
- Sí, ¿pero dónde habrá de llevarles?


Comentarios
Publicar un comentario