El último día del neandertal



Sentado junto al fuego de la hoguera, agarró una pequeña concha de molusco. Era fina, y al tacto daba la impresión de haber sido pulida. Pero no era así. Era una de las que cuyo interior les sirvió de cena la noche anterior. Y ahora, mientras observaba el amanecer desde la entrada de la caverna, algo en su interior parecía moverse. Era pena. Tristeza. Algo que siempre le acompañó desde que tenía uso de razón. Y esto también sucedía con la inmensa mayoría de sus congéneres.

Pero desde hacía siete inviernos no vivía con ellos. En su lugar, sus compañeros eran otras gentes. Y estas eran más delgadas y altas. No eran robustas, al igual que él. Pero disponían de más conocimientos sobre el mundo que les rodeaba. Lo que más le sorprendió al ir conociéndose fue la inmensa variedad de herramientas que atesoraban. Muchas eran nuevas. Nunca antes las contempló. Pero las que le eran familiares eran mejores. Estaban perfeccionadas.

Su unión al clan sería de casualidad. Había escuchado hablar de ellos, pero pensaba que únicamente eran leyendas. Parte de los cuentos que solían narrar a los más pequeños. El resto de sus compañeros le abandonaron. Marcharon buscando un lugar mejor para vivir. Y él no quería dejar el sitio que lo vio nacer, y crecer. Así fue que un día cualquiera se encontró con aquellas personas tan raras. Al principio se evitaban, pero poco a poco fueron entablando amistad.

Comenzaron intercambiando comida. Después utensilios. Iría aprendiendo su lengua mientras el trato aumentaba. Le resultaba musical. Su tono era más suave que el suyo. Y aunque le costó, desde el momento en el que descubrió que sus hablas tenían unas bases comunes le fue más sencillo comprenderles. Aunque a ellos les costó muchísimo menos. Fue así que entabló una estrecha relación con el líder.

Pudo explicarle que cada vez quedaban menos de los suyos. Que los niños que nacían lo hacían enfermos. Tanto en lo mental como en lo corporal. Sufrían malformaciones. Además, se vieron empujados a trasladarse porque algunos de esas extrañas personas eran beligerantes. Ansiaban quitarles el territorio. No compartían los frutos y atesoraban los animales para sí. El hombre lo escuchó atentamente. Y le aclaró que, posiblemente, fueran clanes enemigos.

Aunque pocas veces se había cruzado con ellos, siempre lograron evitarles. Su fama era oscura. Lúgubre. Pestilente. Allá por donde pasaban ocupaban todo. Peleaban. Guerreaban. Cogían prisioneros y los volvían sus esclavos. Y en algunos casos también se los comían. Estaban en desventaja frente a ellos. Cada aparato que inventaban lo destinaban hacia el combate. Además, moldeaban las nuevas armas que encontraban. Y aprovechaban el resto de artilugios.

Finalmente, le pidió que se uniera a ellos. Estaba solo y su conocimiento del terreno les vendría muy bien. Además de la fortaleza que disponía. Necesitaban un guerrero que les enseñara a luchar. Que les mostrara los secretos del combate. Pero él no sabía nada de eso. Sí, peleaba. Pero no como su nuevo conocido pensaba. Su lucha era cuerpo a cuerpo. No había técnica en ello. Era fuerza bruta y, siempre que podía, evitaba llegar a tales límites. Aun así, y estando sorprendido por la revelación, el líder le volvió a pedir que formara parte de ellos.

Tras mucho pensarlo, aceptó. Le costó. Estaba acostumbrado a la vida en soledad. A no depender de nadie y valerse por sí mismo. Pero ya tenía cerca de los 30 veranos. Y la edad empezaba a pasarle factura. Quedándose con ellos podría disfrutar y vivir mucho más. Y apoyarse en otros cuando el cuerpo empezara definitivamente a fallarle. Aceptó. Con bastantes recelos, dio una respuesta afirmativa. Y fue presentado al resto del grupo.

Lo que más le chocó era que no ocuparan las cuevas de dentro de las montañas. Por norma general, lo hacían en unas que llevaban consigo. Las montaban bastante rápido. Y las rodeaban con plantas espinosas que les defendían de los depredadores. Incluso tenían unos raros lobos que les servían de guardianes. Eran más pequeños, pero obedecían sin ninguna objeción. Perros le dijeron que los llamaban. Y eran cariñosos. Además de aguerridos. Todavía recordaba cuando, estando jugando con dos, un oso le asaltó. Ellos le defendieron con su vida. Y él pudo salir indemne.

Incluso encontró pareja. A ese acto le llamaban matrimonio. Y su unión era para toda la vida. Así fue que tuvo dos hijos. Un varón y una hembra. Los crió con la dulzura que emanaba la educación de los que le acogieron. La misma que su compañera mostraba cada vez que estaban juntos. Incluso cuando se separaban por el motivo que fuera. Así pasó el tiempo hasta el momento en el que se vieron en la obligación de moverse. La tierra estaba comenzando a marchitarse. Y esta no daba frutos después de colocar en ella semillas. Cada vez hacía más calor. Y con ello también emigraron la mayoría de los animales.

Después de mucho caminar, sería que llegaran a la costa. Y encontraron la cueva en la que estaba. Llevaban ahí un mes. Y cuatro días atrás regresaron dos de los expedicionarios. Anunciaron haber encontrado un lugar adecuado en el que instalarse. Los campos eran frescos y fértiles. Los animales iban de allí para allá. En el centro se encontraba un lago que era alimentado por dos ríos rodeados en sus orillas por frondosos bosques. Estaba a una semana de distancia. Decidieron ir. Pero él no podría hacer el viaje.

Estaba cansado. Sus piernas no le respondían. No tenía fuerzas suficientes con las que llegar. Había envejecido. Y su existencia estaba siendo mucho más larga de lo que alguna vez creyó. Nunca antes oyó de alguien que hubiera caminado por tantas estaciones. Y estando allí sentado, por vez primera volvió a sentir la tristeza desde que formara parte del clan. Ello pese a estar hipnotizado por el impresionante horizonte habido frente a él. Por la singular belleza de aquella frágil concha que tenía entre sus manos.

Le tocaron el hombro avisándole de su presencia. Sabía de sobra quién era. Y notó la forma en que sus hombros se rozaban mientras iba sentándose junto a él. El recién llegado suspiró y avivó el fuego encendido con un pequeño palo.

- ¿Seguro que no quieres venir? - le preguntó.

- Sabes que querer ir quiero, pero me será imposible llegar. Lo mejor es que me quede y no ser lastre alguno en vuestro camino.

- ¿Sigues insistiendo en lo mismo? Podemos construir algo en lo que puedas tumbarte. Lo único que tendremos que hacer es arrastrarte mientras estás encima de él.

- No - contestó con una voz gruesa que dejaba ver rabia y, al mismo tiempo, melancolía -. Lo único que conseguirías es cansaros y alargar más la duración del viaje. No estoy dispuesto a que os demoréis.

- Está bien, ¿pero qué pasa con Ika? ¿Y los niños? ¿En serio vas a abandonarlos? ¿Vas a dejar que sigan sin ti?

- Sí, lo hemos hablado muchas veces - dijo -. Y en algunas has estado presente. La decisión está tomada. Por mucho que me duela... habréis de marchar sin mí.

- Puedo obligarte a que vengas. Podemos atarte entre varios y forzarte a venir.

- Sabes que os resultaría imposible. No tenéis ninguna posibilidad. Ni aunque todos los hombres del clan lo intentarais a la vez. Aunque saliera malherido, terminaríais mucho peor.

- ¿Ni siquiera vendrías si te lo ordeno como jefe y líder del clan?

- Mucho menos aún.

- ¿Tampoco si te lo pide un amigo?

- Tampoco.

- Ika va a terminar con el corazón destrozado.

- Lo sé - expresó tratando de contener las lágrimas -. Pero es mejor esto que me vean partir al Mundo de las Almas en mitad del camino. Eso sí que no podría superarlo.

Ante esto, el hombre no dijo nada. Suspiró y comenzó él también a mirar el horizonte que tenía enfrente. "Este gran río es inmenso... con la de agua que tiene... qué triste es que no pueda beberse", susurró. "Quizás algún día comprendamos el porqué de ello", expresó a continuación.

Siguieron entonces mirando al infinito. Tan silenciosa era la situación que podían escuchar el romper de las olas. También los insectos habidos dentro y en el exterior de la cueva. Hasta les pareció oír el característico sonido de las zancadas de un venado. Pero lo dejaron pasar. Si estaba destinado a ser cazado, alguno de los suyos lo haría tarde o temprano.

- Partiremos enseguida. Sé la respuesta, pero tengo que insistir. ¿Vendrás con nosotros?

- Mi decisión sigue siendo la misma. Me quedaré.

El líder asintió. Y tras colocarle el brazo alrededor de su imponente espalda, fue a levantarse. Pero frenó. En lugar de marcharse, y siguiendo estando sentado, alargó su mano y agarró con delicadeza la concha con la que jugaba el otro. Entonces, y ya atesorándola, sacó un pequeño punzón que guardaba en las pieles que vestía.

Con finura, presionó en ella la punta mientras hacía movimientos circulares. Poco a poco, creó un diminuto agujero. Nada más terminar, extrajo un hilo que también llevaba en sus prendas. Lo introdujo por el orificio e hizo que la concha sirviera de contrapeso. Ató las puntas de la cuerda con un nudo. E hizo otro en el medio con tal de que la coraza tuviera una sujeción y no molestara o pudiera perderse. "Toma, es un regalo". Nada más decir esto, se levantó, e inclinándose ante él, lo colocó alrededor de su cuello.

Pero este también se irguió. Y ante la sorpresa del líder, retiró el collar. Entonces, se lo puso a él. "No, es tuyo en señal de amistad. Todo este tiempo que he pasado con vosotros ha sido el mejor regalo que pudierais hacerme", dijo mientras esta vez no pudo contener las lágrimas.

Acto seguido, se fundieron en un fuerte abrazo. Ambos lloraban. "¿En serio no quieres venir?", le preguntó por última vez.

- Sí, voy a quedarme. Y ahora vete. Y no mires atrás. Si no quieres compartir la pena de la que tantas veces te he hablado... vete.

El líder no dijo nada. Pero lo abrazó aún más fuerte. Y el gesto fue devuelto de la misma manera. "De acuerdo", lamentó.

Y comenzó a alejarse sin mirar al que dejaba mientras este volvía a sentarse y, de nuevo, contemplaba el horizonte a la par que le daba fuelle al fuego con el palo. "Bueno, aquí estamos otra vez. Esta aventura va a resultar bastante interesante", pensó.





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