Una sombra inquietante




En cuanto aparcó el coche subió el volumen de la radio. Estaban emitiendo un boletín informativo, por lo que decidió fumarse un cigarrillo mientras escuchaba las noticias justo antes de entrar en casa. Eran casi las siete de la mañana y el turno en el trabajo había sido duro. Más de lo normal. Y se sentía cansado. Lo único que quería era meterse en la cama y descansar. Sin embargo, bajó la ventanilla con tal de que el olor a tabaco no quedará impregnado en el interior del vehículo.

Lo saboreó mientras bebía un poco del agua que llevaba en una botella de litro y medio. Y observó la casa. Era una vivienda unifamiliar de un único piso que disponía de un pequeño jardín que arreglaba los fines de semana. Siempre y cuando el tiempo lo permitiese. Y en aquel sábado parecía que iba a poder pasar un par de horas con ello. Sería por la tarde. Después de comer y habiendo transcurrido los ratos de más calor. Estaba deseando ponerse manos a la obra y soltar adrenalina. Era una tarea que le agradaba bastante.

Con un poco de suerte, su hija estaría dormida. Y su esposa habría llegado hacía bastante rato a casa de sus suegros. Iba a pasar el fin de semana. Tenía la intención de ayudarles con ciertos papeleos. Ya la llamaría cuando se levantase. En esos momentos, lo principal era airearse un poco con tal de quitar de encima todo el estrés que llevaba. No solía descansar bien cuando eso sucedía. Y esto hizo que tomara con calma el rato que pasara ahí dentro. Pero consumió el cigarro. Así que, después de beber un poco más, subió el cristal, salió y cerró.

Caminó despacio los cinco metros que le separaban de la entrada. Y una vez a su altura sacó las llaves introduciéndolas en la cerradura. Pero estas no entraban del todo. Quedaban a mitad del recorrido. En el interior habían otras. Eso le extrañó. ¿Por qué su hija lo habría hecho? Hasta entonces, por lo menos que recordase, nunca antes realizó semejante maniobra. Se acercó a la madera y colocó la oreja pretendiendo escuchar algo del interior. Nada. No oyó nada. Optó por llamar al timbre estando en la misma postura.

Percibió entonces lo que sería el caminar de la chavala. Y este era apresurado. Parecía ir corriendo. Notó la forma en que frenaba al llegar a su altura. También el característico sonido al voltear las llaves. Pero se detuvo. Y percibió que de nuevo eran introducidas. "¿Eres tú, papá?". Esto le cogió aún más por sorpresa. Sobre todo el tono nervioso que trasmitía la voz. "Claro, ¿quién va a ser?", dijo queriendo aparentar seguridad y tranquilidad. Fue algo instintivo. 

Volvió a oír el sonido al manejarlas. La madera iría abriéndose lentamente. Entonces, en cuanto vio a la adolescente, se quedó atónito. Estaba blanca y temblando. "¿Por qué has dejado puesta las llaves? ¿Qué ha pasado?".

- Nada, por suerte no ha pasado nada. Pero a eso de las once llamaron a la puerta.

- ¿Cómo? ¿Y quién era?

- No lo sé. No pude distinguirle por la mirilla. Pero su voz era muy parecida a la tuya.

- ¿Qué?

- Pensé que volvías del trabajo. Al tocar el timbre supuse que te habías olvidado algo. Tal vez las llaves. Incluso estuve tentada de abrir.

La chica comenzó a temblar aún más al relatar lo sucedido. Incluso llegó a tirarse sobre el suelo comenzando a llorar estando apoyada en la pared del recibidor.

- Para, para. Respira - dijo tratando de tranquilizarla -. Intenta contarme mejor las cosas. ¿Qué pasó después?

- Pues eso... que casi le abro la puerta. Pero me frenó algo en su voz. Era más gruesa, quizás gastada. Así que le amenacé con llamar a la Policía si volvía a insistir.

- ¿Y qué más?

- En cuanto le dije esto pareció marcharse. Por la rendija del suelo de la puerta me pareció ver su sombra alejándose.

- ¿Entonces?

- Me entró un pánico horrible. Bajé todas las persianas de la casa por el miedo que tenía.

Estando en el coche, no se dio cuenta de que todo estaba cerrado a cal y canto. Trató de consolar a su hija. Y sería que la abrazó arrullándola. "Bien, respira, ¿qué más hiciste?", quiso saber tras haber pasado unos cinco minutos.

- Fui... me senté en el sofá del salón. Si volvía podría ver su sombra desde ahí. Y la vi. Noté cómo daba vueltas alrededor de la casa. Vi su sombra. Y grité. Le volví a decir que si no se iba iba a llamar a la Policía. Entonces, dejé de verlo. Parecía haberse marchado.

- Sigue, pero respira...

- De todas formas, decidí llamarles. Decirles lo que pasaba. Pero el móvil no tenía línea. Ni siquiera funcionaba el número de emergencia.

- Cariño, eso es imposible.

- Eso pensaba yo. No sabía qué hacer. Al final, me acordé del fijo que hay en la cocina. No solemos usarlo, pero ahí está.

- Hiciste bien...

- Papá, pero ese tampoco funciona.

- ¿Cómo?

- Sí, lo que te cuento. Y allí, encima de la encimera, estaba esta carta.

- ¿Qué carta?

- Esta. Toma. Léela.

La chavala le tendió la mano portando el trozo de papel. Y él lo cogió en medio de un brusco ademán. "Has hecho bien en no abrir. Eres una buena chica". Al leerla, el hombre casi cayó sobre el piso por el susto. El estilo era semejante al suyo. Le vino a la mente las palabras que acaba de pronunciar. Eran casi idénticas. "¿Qué coño significa esto?", dijo mediante una voz baja, pero llena de ira.

- No lo sé, papá. Tengo mucho miedo. Creo que nos tenemos que ir de aquí.

- Tranquila. Vamos a hacer una cosa. Cogeremos el coche e iremos a la comisaría más cercana. Pero hemos de ser rápidos.

- De acuerdo.

- Pero antes, dime. ¿Qué has hecho durante toda la noche?

- Me he quedado despierta en la sala. En el sofá. Por si acaso volvía. Y de vez en cuando me ha parecido volver a ver su sombra.

Suspiró lleno de rabia. Él tambien estaba tratando de relajarse. Tenía los nervios a flor de piel. "Está bien", dijo al fin. "Venga, levanta. Toma las llaves del coche. Voy a abrir la puerta de casa. En cuanto te lo diga, sales corriendo hacia él y activas la apertura automática. Yo iré cerca tuyo. ¿Entendido?".

- Sí, creo que sí.

- Vale. Voy a ello.

Extendió su mano hacia la manija. Y la fue volteando muy despacio. Tratando de no hacer ruido. Cuando escuchó el «click» que señalaba que había cedido, la abrió con todavía más suavidad. "¡Ahora! ¡Sal! ¡Corre!".

Y la adolescente lo hizo. Y mientras iba detrás de ella oyó el pitido al accionar el mando. Las puertas estaban abiertas. La vio meterse en él cuando la seguía. Acto seguido, haría lo mismo. "Ahora dame las llaves". Y se las dio.

Las introdujo y arrancó. Lo hizo a la primera. Sin mirar nada de su alrededor, se puso en marcha tratando de controlar su nerviosismo. No iba rápido. Considero que sería lo mejor. Las prisas no podían ser buenas consejeras en aquella situación. Por un momento, se maldijo por no haber cerrado la puerta de casa.

Avanzaron sin parar hasta llegar al parking que había cerca de la comisaría. Conocía el lugar. Sabía dónde estaban las cámaras que vigilaban la zona. Buscó entonces un sitio que estuviera grabado por ellas. Por fortuna, a esas horas de la mañana no había mucha gente por la calle. Y no le fue difícil hallar uno. En cuanto detuvo el coche, observó a su hija. Parecía más tranquila, pero tenía la absoluta certeza de que únicamente era un fachada.

- Bien. ¿Ves la entrada?

- Sí.

- Vamos a hacer lo mismo de antes. Vas a ir corriendo. Y yo te seguiré. ¿De acuerdo?

- Sí.

- Vale. Venga. Ve abriendo la puerta poco a poco y sal.

- Muy bien - le dijo a la par que seguía sus indicaciones.

- Y ahora... ¡corre!

Así lo hizo. Fue a toda velocidad hasta la entrada. La vio entrar. Y desaparecer. El siguiente habría de ser él. Sacó las llaves y fue a abrir la puerta. Pero, entonces, notó sobre el salpicadero un sobre pegado con celo. Un sudor frío inundó su cuerpo nada más verlo. Algo le decía que no debía abrirlo. Que lo mejor era esperar a estar dentro de la comisaría. Aun así, lo agarró. Las dudas regresaron, pero tenía que saber qué era lo habido en su interior. Lo rasgó. Y miró dentro.

Lo que allí encontró parecía ser una fotografía. Pero no de las antiguas. De esas que tienen aquel papel duro y plastificado tan característico. Era una simple hoja de papel impresa y doblada por la mitad. Además, su contenido estaba direccionado hacia el fondo. Cogiendo aire, lo sacó y desdobló. En él estaba plasmado el salón de su casa. Y ellos dos sentados en el sofá mientras una hora estaba escrita en la base derecha: «20:30». Parecía sacada desde la cocina. Justo treinta minutos antes de que la dejara para ir a trabajar.




Nota: este relato está inspirado en las tantas pequeñas historias que últimamente pululan por "X" (antiguo Twitter).

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