"Ninguno de nosotros es perfecto e infalible"



- Acaba de llegar el último de nosotros...

Nada más decir esto, una mirada que trataba de disimular su rabia contenida se posó sobre él. "Siempre traes noticias que sabíamos de antemano; tal vez deberías replantearte si seguir o no con tu misión en la Tierra Media". A su rostro le cubría la sombra que producía el sombrero que portaba, pero Radagast distinguió el brillante y furioso fulgor de los ojos de Saruman.

- Entonces no tendrá sentido que te comunique que es Gandalf quien acaba de llegar a los Puertos Grises -comentó El Marrón con resignación.

- Eso mismo. Demasiado tiempo llevamos esperándole. Parece que su costumbre de llegar a destiempo la va a seguir conservando mientras vista su nuevo cuerpo desgastado.

- Entonces... imagino que ya tendrás constancia que Narya está en su poder después de que Círdan se lo haya ofrecido. Aunque a regañadientes, nuestro hermano lo ha aceptado.

Al oír esto, Saruman apretó con fuerza su báculo. Lo sabía, pero no podía disimular su ira por ello. Él era el líder de todos los istari venidos a combatir a Sauron. Ese honor le correspondía a él por derecho. "Si así ha sido, sus motivos habrá", expresó al fin.

- No deberías darle importancia. El Señor Oscuro no posee el Anillo Único. Tendríamos que centrar nuestras fuerzas en guiar a las gentes ante el Mal que llegará tarde o temprano.

El que habló fue Pallando. Y a su lado, como venía siendo costumbre desde antes de que arribaran a la Tierra Media, estaba Alatar completamente callado. Sólo observaba y escuchaba. Nunca decía nada a no ser que tuviera que hacerlo. Era como si no quisiera malgastar sus palabras. Y esto exacerbaba en sobremanera a Saruman. Sobre todo teniendo en cuenta que su poder de convicción se basaba en ello.

- No tendríais que estar aquí. Tuvisteis que haberos quedado en el Este y comenzar a dilapidar los cultos oscuros que rememoran a Morgoth -bramó Saruman-. Estáis perdiendo un tiempo valiosísimo en nuestra lucha contra lo que vendrá.

Al decir esto, Alatar lo escudriñó de arriba abajo. No disimuló su acción. No tenía intención de ello. Quería que Saruman supiera que lo estaba analizando. "Regresaremos a esas mismas tierras que recorrimos los tres juntos en cuanto nos despidamos de Gandalf", comentó casi susurrando este último Mago Azul.

- ¿Qué? ¿Acaso osáis ignorar una de mis órdenes? - exclamó Saruman completamente encolerizado.

- Calma. Haya paz -intervino Radagast-. Déjales seguir su propio camino. Saben de sobra lo que tienen que hacer. Y Gandalf es una nueva y fresca voz en el el desierto. Escuchar la opinión de una que no esté cansada por los años que llevamos aquí nos vendrá bien.

- ¿Otra vez? -le contestó Saruman con un claro síntoma de desprecio - ¿Cómo tienes el descaro de ofrecer tu parecer? ¡Tú! ¡Tú que lo único que haces es contemplar la naturaleza como si esta fuera a leerte cada paso que de el enemigo! Hazme un favor, cuando terminemos la reunión aléjate de mi presencia y sólo vuelve ante mí cuando seas reclamado.

Radagast no dijo nada. Parecía haberse convertido en una estatua. "Cada cual cumplimos una labor específica y dentro de esta podemos errar; ninguno de nosotros es perfecto e infalible", intervino Pallando.

- ¿Fallar? ¿Errar? Esas palabras no están en mis diccionarios -rugió Saruman-. Es más, te voy a decir una cosa, mi pequeño camarada Azul. Voy a analizar tan detenidamente las artes de Sauron que nada va a estar fuera de mi alcance. Llegará el día en que vuestro trabajo de contención en el Este no será necesario. Y sin que os deis cuenta venceremos y erradicaremos el mal. Volveremos a casa sin realizar el más mínimo esfuerzo.

- No va a ser tan fácil. Incluso derrotando a Sauron su influencia seguirá. Mira la tierra, analízala. El contagio de Morgoth sigue casi inmutable.

- ¿Acaso te crees que soy tonto? -le reprochó Saruman a Radagast tras escucharle decir aquello.

- No, ese no es el significado de sus palabras -declaró Pallando-. Sólo está diciendo que observemos más allá de lo que hay delante de nuestras vistas. Todos podemos equivocarnos. El problema sería que continuáramos con la misma actitud sabiendo del error. O que nos empujen a seguir en esa misma actitud. Incluso que no nos permitan corregir. Ahí está una de las armas del enemigo. Ya sea del antiguo, del que tenemos en frente o la suma de los dos.

- Es increíble. Mientras uno habla por los codos el otro no dice ni pío. Parece que os ha mordido la lengua uno de los conjuros de este zarrapastroso -les reprochó aludiendo a Radagast.

- Bueno, ¿y por qué no nos centramos cada uno en nuestra misión y vamos enviándonos la información de nuestros avances?

- ¿Otra vez? ¿Qué es lo que no entiendes de que no abras la boca hasta que te sea requerida tu opinión? Mi querido Radagast, ni siquiera entiendo el porqué de que estos dos hayan querido que estés en este Concilio.

El Marrón volvió a guardar silencio mientras analizaba la burlona sonrisita en clave de victoria que expresaba el rostro de Saruman. "Todos tenemos nuestra particular función en el empeño que nos compete y menospreciarnos lo único que hará es que Sauron vea cada vez más cerca la victoria. Sabe que la desunión es una de sus mejores armas. No caigamos en sus garras", advirtió Pallando.

- Ya estás otra vez con tus necedades. ¿No me has escuchado? -le ninguneó Saruman-. ¡Cuántas cosas te quedan por aprender! ¿Es que acaso no comprendiste nada cuando me acompañasteis al Este? Yo soy aquel que mostrará el camino que habrá de seguir la Historia.

- ¿Acompañarte? ¿Acaso no fuimos juntos? -receló Pallando mientras Alatar apartaba su atención de Saruman con un indisimulado desdén -¿Qué quieres decir con esto? ¿Pretendes erigirte en quien dirija la Tierra Media tras la derrota del Mal?

- ¿Y? ¿Acaso a vosotros no os atrae la ancestral figura de Morgoth? ¿No estáis siendo contagiados por él? Decidme si no es cierto que pretendéis convertiros en la Nueva Sombra en cuanto Sauron sea derrotado. ¿No será que habéis encontrado en mi figura al enemigo que habréis de confrontar después? ¡Ay, hermanos míos, qué ilusos os estáis mostrando! Mucho más que Radagast, quien servirá a mis planes sin que se de cuenta.

- Puede que así sea, pero tengo aliados entre aquellos que aman la naturaleza -soltó El Marrón. Y esto cogió por sorpresa a los otros. No esperaban semejante acto de rebeldía. Saruman y Pallando fijaron sus rabiosas miradas en él. Por su parte, y todavía en silencio, Alatar se irguió y fue a la ventana. "Abrid la puerta, Tom Bombadil está al otro lado".

- No hace falta, puedo hacerlo yo mismo -le oyeron canturrear.

Nada más entrar, sonrió a los cuatro istari que había en el interior de la cabaña. Y, en especial, miró con cariño a Radagast. "Lástima que no vayas a poder acordarte de este momento". Fue al centro de la estancia y comenzó a bailar ante la atónita mirada de ellos. "Tranquilos, sólo es un baile de bienvenida que honrará las jornadas venideras", reveló. "Pero para saber su significado tendréis que aguardar a que Baya de Oro llegue con vuestro invitado especial".

Al escuchar todo esto, Radagast sonrió pareciendo conformarse mientras que los otros optaron por una actitud defensiva al verse incapaces de atacar. Bombadil siguió bailando como si nada de lo que había en torno a él le preocupase. "Ya están aquí", avisó.

Vieron entrar por la puerta a Baya de Oro. Traía en volandas a un Gandalf inconsciente. "Se quedó dormido bajo la sombra de un árbol que está a medio kilómetro; todavía no se ha acostumbrado a su nuevo cuerpo", cantó Tom Bombadil en suaves melodías. "Y ahora vais todos a ir a dormir con él como buenos niños que sois", les explicó después en el mismo tono. Inmediatamente, Radagast cayó en un profundo sueño. Los otros tres trataron de atacar al intruso, pero con un simple gesto de su mano se vieron en la obligación de detenerse.

Dando saltos de alegría, Baya de Oro fue hacia ellos comenzando a bailar a su alrededor. De uno de los bolsillos de la chaqueta de Tom Bombadil extrajo tres flores de color violeta. "Hay una para cada uno de vosotros; Gandalf y Radagast también tienen unas reservadas hacia sí", dijo la mujer antes de proseguir.

- Quietos, por favor. Escuchad lo que tenemos que deciros. La vida es como un río y, como tal, debe de fluir. La pena es que también fluya la maldad y os haya corrompido tan rápido. Esta tierra necesita tener su oportunidad de seguir adelante. Tiene el derecho de crecer y prosperar. Y si se diera el caso, también de fracasar. Pero estáis acelerando demasiado las cosas.

"¿Veis estas flores? Su fragancia hará que vayáis perdiendo el sentido poco a poco. Y con ello la memoria. Recordaréis, pero no recordaréis. Todo esto que habéis sentido, todas vuestras emociones, volverán a emerger si se diera el caso. Pero tenéis que comenzar el camino otra vez. Quién sabe, tal vez volváis a ser los mismos de hoy dentro de mil años. O quizás nunca.

"Todo depende de vosotros. Ya habéis sucumbido una vez a la influencia de la Oscuridad. Puede que nunca más lo hagáis, pero las sendas están llenas de tentaciones que os reclamarán insistentemente. Más después de percibir los restos que quedarán aunque no los notéis. Todo este instante será borrado, aunque sepáis de nuestra existencia. ¿Tenéis alguna pregunta?".

Pallando estaba paralizado. Era incapaz de articular palabra. "Bien, entonces descansa antes del largo trayecto que te queda por delante", le susurró Baya de Oro mientras Tom Bombadil seguía bailando alegremente en el centro de la cabaña. El Mago Azul fue quedándose dormido muy despacio. Con tranquilidad y sin darse cuenta.

Al presenciar esto, pero sobre todo al percibir la inferioridad que lo acomplejaba, Saruman quiso saber quiénes eran los dos seres que tenía delante. Su verdadera identidad. "Idiota, ¿acaso no lo ves?", le recriminó Alatar. "Son Yavanna y Aulë".































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