La leyenda de las cabras depredadoras




- ¿Sabes? En la naturaleza, en nuestro mundo, hay seres cuya identidad está cambiada.

Cuando dijo esto, el anciano dio una calada a su pipa dejando un dulce aroma en el ambiente. "Si alguna vez tienes dudas, lo que tienes que hacer es fijarte en la posición de sus ojos: si ves que los de una presa están en la misma zona en que los tendría un depredador... huye".

El joven lo miró confundido. No entendía qué quería decir con aquello. Ni a qué se refería. Mientras esto sucedía, y sin apartale la mirada, el viejo sonrió a la par que volvía a aspirar el humo del tabaco. "Bien, vamos a hacer una cosa. Fíjate en aquellas cabras que tenemos enfrente. ¿La creación dónde les ha colocado los ojos?".

- A los lados.

- Bien, pues eso es para que puedan ver la presencia de una amenaza que hubiera en los alrededores. Los cazadores los tienen delante con tal de poder fijar mejor su objetivo.

El chaval, que tendría unos 15 años, se quedó perplejo. "Entonces, ¿por qué los tiburones los tienen en los costados de su cabeza?", quiso saber. Al oír esto, el anciano se puso colorado por un momento. Y encogió los hombros. "Pues no lo sé; será cosa de la naturaleza", expresó finalmente.

- ¿Por qué me dices esto? -inquirió el chico.

- Porque cuentan que hay una guerra silenciada desde tiempos inmemoriales.

- ¿Qué?

- Sí, y para descubrir la falsedad, el disfraz que portan unos, tienes que fijarte en sus ojos.

- No entiendo lo que quieres decir.

- Esa lucha se da entre lobos y cabras. Pero los primeros son vegetarianos. No comen carne. No cazan. Y las segundas se alimentan de otros animales. También de personas desprevenidas.

Sería ahí que el chico guardara silencio mientras volvía a prestar atención a su acompañante. "De ser así, ¿cómo puedo distinguirlos?

- Ya te lo he dicho. Esas cabras tienen los ojos al frente, tal y como tú y yo los tenemos. Además, son de un rojo carmesí que parece irradiar fuego. Y los lobos los tienen a sus lados siendo blancos, tal si parecieran los de alguien con cataratas.

- No creo nada de lo que acabas de contarme. De ser así, sabríamos de ellas hace muchísimo tiempo. Sobre todo teniendo en cuenta que es una leyenda antigua. Tendríamos constancia de ello.

- Bueno, pues te diré más. Cuando cazan se adentran en los rebaños de otras cabras. Y actúan igual que ellas. Incluso fingen comer pasto. Entonces, al momento de estar integradas, cuando no levantan sospechas, lanzan su ataque generando una escabechina atroz.

- Ya, ¿y qué tienen que ver esos lobos tan raros con esto?

- Son los protectores de las cabras verdaderas. Actúan igual que los ordinarios, pero no comen carne. Las protegen de sus parientes carnívoros y de las cabras que tienen alterada su naturaleza.

- ¿Qué me estás contando? ¿La guerra es entre los cuatro grupos?

- No, los que conocemos por normales están al margen. Aunque las cabras endiabladas hayan usado a los lobos originarios con tal de lograr sus propósitos. Pero ha sido en contadas ocasiones. Y entonces fue cuando se produjeron las verdaderas masacres. Casi nada ni nadie puede frenarlas. Pero eso sucedió hace mucho, muchísimo tiempo. No habían nacido ni mis bisabuelos.

- ¿Pero por qué me lo cuentas?

- Porque, estando aquí como estamos, podrían aparecer en cualquier instante. No sería la primera vez que las veo.

- ¿Y nunca has dicho nada?

- Sí, pero me dijeron que callara. Que hay cosas que son mejor dejarlas como están si no queremos que vayan a mayores.

- Increíble; pero sigo sin creerme nada de lo que has dicho.

- Vaya; pensé que me preguntarías si había visto también a los lobos.

- ¿Y los has visto?

- Sí. Y, en un par de ocasiones, las increíbles escaramuzas creadas cuando se enfrentan. Pocas cosas más sangrientas que esa puede haber en la naturaleza.

En cuanto dijo esto último, el silencio volvió a reinar. El sonido de los insectos del campo emergió con su melodía y el cantar de los pájaros parecía corearlo. De repente, mientras estaba ensimismado escuchando lo habido en aquel páramo, el muchacho imaginó a las aves alimentándose de los bichos. Podría ser una interesante escena de una película de terror. De cine «gore», tal vez.

- ¿Y qué tendríamos que hacer si las vemos? O si estamos delante de una de sus peleas -expresó sus dudas el joven.

- Pues correr y ponernos a salvo. Incluso si las vemos solas. Lo mejor es escapar. No tendríamos ninguna posibilidad.

- ¿Y no te da miedo estar aquí tan tranquilo?

- No. Respeto sí, pero miedo no. Además, por norma general, sólo atacan durante la noche. Se valen de la oscuridad con tal de poder actuar más cómodamente. Ahora, en esta tarde, no hay ningún peligro. Y en caso de venir las veríamos con facilidad. Es un valle despejado y sin alta vegetación. Lo único que tendríamos que hacer es escapar.

- ¿Y si nos están viendo? Tal vez esperen el momento adecuado para cazarnos.

- Tranquilo, pero nosotros también las tenemos localizadas.

- ¿Qué quieres decir?

- Mira allá, a lo lejos. El punto que señala el bastón -. Al decir esto, extendió su brazo con la madera indicando un lugar en la distancia.

El chico fijó su atención en la zona mostrada. Allí, tras un pequeño esfuerzo, vio cuatro o cinco cabras que parecían pastar. De vez en cuando, levantaban la cabeza analizando el paisaje. Entonces, sintió que algo le rozaba la oreja izquierda. De un salto, y pegando un grito de pánico, se puso en pie. El anciano reía a carcajadas mientras le mostraba un fino tallo de paja que llevaba en la mano. Había aprovechado su distracción para gastarle una broma. "Muchacho, hay que estar siempre atento", le dijo mientras seguía desternillándose.

- No tiene ninguna maldita gracia - protestó el chico.

Pero entonces, el semblante del viejo cambió. Se puso rígido. Alerta. Y le ordenó que callara. Que no dijera nada. Su atención seguía centrada en la dirección en que estaban las cabras, pero en un punto más lejano. Ahí fue que se levantó lo más rápido que pudo bajo el permiso de la edad. "Creo que lo mejor es que nos vayamos de aquí", susurró mientras seguía con su mirada fija en el mismo lugar.

Entonces, el chico notó que otras cinco figuras iban donde las cabras. Y estas eran iguales que ellas. Pero a estas las seguían cuatro criaturas. Al fijarse, pudo distinguir que eran lobos. "¿Son lo que creo que son?", preguntó. El otro no dijo nada, pero asintió con un gesto de su cabeza. Después, vieron cómo los cánidos adelantaban a las cabras y se colocaban en medio interceptando el paso que les permitiría llegar a su objetivo.

- Vamos al coche, deprisa -, ordenó el anciano.

Comenzaron a andar cada vez más rápido. El vehículo no estaba lejos, apenas a unos 50 metros de distancia, pero al chaval nunca una distancia tan corta le pareció un auténtico maratón. Nada más llegar a él, y aunque con una nerviosidad más que palpable, el hombre lo abrió y entraron. Trató de arrancar el motor, y este encendió a la primera.

En ese instante, cuando iban a ponerse en marcha, algo los detuvo. A la derecha del muchacho, justo a su lado, el rostro de una cabra apareció. Disponía de unas astas oscuras de un tamaño enorme en forma de espiral. Sus ojos rojos lo miraban con furia. Y en vez de los característicos planos dientes que solían disponer, estos eran afilados. Parecían los de un felino, pero más gruesos. Y su musculosa mandíbula no presagiaba nada bueno. Babeaba con furia a la par que su respiración emitía un nauseabundo vaho cuyo olor podía apreciarse pese a que la ventanilla estaba izada. "¡Vámonos!", vociferó el chaval.

Al fin, el adulto puso el coche en marcha dejando atrás a la criatura. Esta comenzó a bramar con rabia e inquina. También trató de seguir al coche, pero cejó en su empeño a los pocos metros. A lo lejos, vieron que los lobos seguían en la misma posición mientras las cabras malignas optaban por alejarse ante su presencia.

- ¿Crees que nos creerán si contamos lo que acabamos de ver? - le dijo el hombre al chaval.

- Pues creo que no. Nadie podría tomarse este asunto en serio.

- Eso mismo pensé la primera vez que los vi.

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