El extraño calor irradiado por la montaña
Finalmente, logró encontrar el origen de tan raro calor. Provenía de las paredes de un grisáceo risco erosionado por el paso del tiempo. Tanto que si uno no prestaba atención podía parecerle completamente plano. Era entonces cuando observaría las finas curvas semejantes a diminutos golpecitos de piedras en la chapa de un coche. Pero lo curioso, y más extraño de todo, era la alta temperatura que emanaba. ¿Qué podría provocarlo? El bosque en el que se encontraba aquella pequeña montaña era fresco y húmedo. Aunque por alguna inexplicable razón no alcanzaba a oír ningún animal.
De hecho, a medida que iba acercándose, estos fueron desapareciendo despacio, paulatinamente. Al principio, al ir centrado en el esfuerzo que conllevaba atravesar esas tierras, no notó que su presencia era cada vez menor. Cuando lo hizo, sólo oía los susurros de los insectos. Pero tampoco le dio mucha importancia. Fue cuando estuvo en medio de un completo silencio que el terror se apoderó de él. Estaba completamente solo en aquel lugar. Y el estruendo originado por el latir de su corazón era la única compañía de la que disponía.
Aún así, a pesar de la claustrofobia que lo invadió, siguió adelante. Tenía que encontrar el sendero que lo guiara a la cabaña que hubo alquilado. Se había extraviado un kilómetro atrás, pero el mapa del GPS de su móvil indicaba que cerca de allí encontraría uno que le hiciera volver al punto en el que se desorientó. Fue que, sin proponérselo, llegaría a los aledaños del risco. Y a medida que iba acercándose a él la temperatura aumentaba. Estando ya frente al muro, colocó su mano en ella retirándola nada más hacer contacto por el impacto que le causó. Ardía.
Observó su palma. Estaba roja por la reacción sufrida por su piel. ¿Qué significaba todo aquello? Trató de encontrarle un significado, pero le resultaba imposible. Dirigió su mirada hacia la cima. Nada. En su superficie no había rastro alguno de vegetación. Miró los alrededores. La base también estaba completamente desnuda. Despejada. Además, una fina capa de ceniza cubría el suelo. ¿Cómo era posible? No olía a quemado, aunque sus efectos parecían recientes. Como si hubieran ardido hace poco por algún extraño fenómeno. Sin pretenderlo, advirtió la entrada de lo que parecía una cueva.
Con paso tranquilo, y con cuidado de no volver a quemarse al tocar la pared, fue hacia ella. En cuanto llegó, lo que vio le dejó todavía más perplejo. Un pasillo con la perfecta forma de una circunferencia se dirigía al interior de la montaña. ¡Aquello era imposible! ¿Desde cuándo la naturaleza creaba semejantes figuras? Volvió a sentir aquel inmenso calor. Procedía de su interior a la par que salía al exterior.
Fue entonces que comenzó a sentir el verdadero pánico. Escuchó el sonido de lo que parecían ser pisadas. Y estas eran semejantes a las de una persona. Su volumen iba en aumento a medida que iban acercándose a donde se encontraba. Además, el eco surgido incrementaba esa atmósfera de tensión. Repentinamente, al fondo observó una figura humana que caminaba despacio. Tanto que le resultó antinatural. Nada más verlo, esta le hizo un gesto con la mano tratando de tranquilizarlo.
Así iría descifrando sus rasgos. Vestía un traje gris de una sola pieza que cubría todo su cuerpo. Sólo tenía libres las manos y la cabeza. Medía cerca de metro ochenta y cinco, además de ser calvo. Algo que se extendía a sus cejas. Carecía de ellas. Su lugar lo ocupaban unas gruesas protuberancias. Pero los rasgos del rostro eran dulces y amigables. Sonreía afablemente a medida que llegaba hasta él.
- No te preocupes, no va a pasarte nada.
Esto lo dijo a unos cinco metros de distancia a la par que seguía avanzando hasta estar enfrente suyo. Ahí pudo contemplar las formas de sus ojos. Las pupilas ostentaban la misma imagen que las de un gato. Y sus manos... tenía seis dedos en cada una de ellas. Volvió a sonreír y alargó su brazo hasta colocarlo encima de su hombro. "Tranquilo, ya te lo he dicho, no va a pasarte nada". Su voz era demasiado melodiosa, no parecía humana.
- Estás en lo cierto. No pertenezco a tu especie. Y has llegado justo en el momento en el que íbamos a dejar este planeta después de más de 50.000 años de presencia.
Se quedó petrificado. Atónito. ¿Qué es lo que acababa de decir? ¿Qué era lo que había oído? "Tranquilo, lo importante no es lo comentado, sino lo que entiendas y cómo reacciones".
- Durante todo este tiempo hemos estado estudiando vuestro planeta. Y, por lo tanto, a vosotros también. Casi nunca hemos tomado partido. De ahí que en ocasiones hayáis notado nuestra presencia. Pero nos tenemos que ir. Ya hemos recopilado suficiente información. Por ello, lo mejor es que no entres en la nave espacial. Al despegar, haremos una pequeña escabechina en el ecosistema. Pero no es nada que el paso de las décadas no pueda reparar.
No podía articular palabra. El shock fue tremendo. "Sí, es lo que piensas. La montaña es parte de la nave. Aunque los andamios que la sujetan quedarán y serán destruidos. Han estado cubiertos por la naturaleza durante milenios, pero al encender los motores el calor de estos la ha eliminado. De ahí que distingas que la pared tenga tales boquetes; con ello evitamos la fricción en el espacio. Es parte de su diseño".
- ¿No sois humanos? ¿Qué sois? ¿De dónde venís? ¿Qué queréis de mí?
- Nada, ya te lo he dicho. No esperábamos que alguien pudiera acceder. Y menos, aunque haya sido de casualidad, que entrara por los conductos de uno de los reactores. Sí, esa es la explicación de tan raro calor. Y si te interesa, procedemos de uno de los planetas que orbitan alrededor de Vega.
- ¿La estrella de la novela de Carl Sagan? ¿La de la película de Jodie Foster?
- Sí, eso mismo. Ahí sí que intervenimos, aunque sólo un poquito. Conocimos a Sagan cuando estaba vivo. También fue de casualidad. Y le propusimos escribir el libro. Hasta llegamos a mostrarle el tema de los agujeros de gusano. Es de esa forma mediante la cual nos desplazamos por el espacio. La nave la usamos para ir de un lugar a otro de cada sistema solar. Y el propio Sagan realizó el mismo viaje que Ellie. La única diferencia radica en que los que hemos estado aquí tanto tiempo vimos el ascender y la caída de Hitler. Pero nuestros parientes si recibieron las imágenes del austríaco. Por suerte, ya estaban avisados de lo que pasó. Sagan tuvo la brillante idea de novelizarlo. Podríamos decir que hizo una adaptación de sus experiencias. La lástima es que muy pocos comprendieron su verdadero significado.
- Entonces, ¿esta es vuestra verdadera apariencia?
- No, al igual que con Ellie, o Carl, la hemos adaptado para que te sea familiar. Vuestros cerebros no son capaces de asimilar nuestra auténtica imagen.
- ¿Y qué va a pasar ahora?
- Nada, ya te lo he dicho. Nosotros partiremos. Pero hemos de sacarte de aquí con tal de que no salgas herido; o algo peor. Quedarás sin sentido y cuando despiertes no recordarás nada de esta conversación.
- ¿Qué?
- Tranquilo, no tengas miedo. Como suelen comentar en la jerga de vuestros médicos, no sufrirás efectos secundarios.
- ¿Cómo?
- Respira, anda. Relájate y déjame hacer.
Desde su hombro, colocó en su cabeza la mano que en él estuvo todo el rato apoyada. Lo que sería su dedo pulgar lo puso en su frente y comenzó a acariciarla mediante un circular y suave ritmo de forma regular a la par que iba apretando y soltando presión con finura. "Tranquilo, respira; lo único que has de hacer es dormir", susurró una y otra vez hasta que cayó en un placentero y profundo sueño.
***
Cuando despertó no sabía dónde estaba. Aunque a medida que la mente iba aclarándosele reconoció lo que era la habitación de un hospital. Era luminosa, pero al mismo tiempo fría, artificial. Tal y como suelen ser por costumbre. A su derecha, observó que la persiana de la ventana estaba subida. Las cortinas corridas. El majestuoso paisaje de un verde bosque parecía saludarlo. "Vaya, por fin has despertado", oyó decir a una voz que provenía de su flanco izquierdo.
Volteó la cabeza y vio la figura de una enfermera. Tendría unos 50 años, pero su delicada figura emergía con fuerza a través del uniforme de trabajo. Su rizada y morena melena realzaba aún más su magnetismo. "¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado aquí?", quiso saber.
- ¿No te acuerdas?
- No.
- Bien, entonces habrá que hacerte unas cuantas pruebas más. Es algo rutinario. No te preocupes.
- Vale, ¿pero cómo he llegado?
- Por lo que sabemos, saliste de excursión. Alquilaste una cabaña y te cogió de por medio la erupción de un volcán que en teoría estaba extinto.
- ¿Cómo?
- Espera, que enciendo la televisión. Ocurrió ayer por la mañana. Te encontraron cerca del lugar. Fue una explosión terrible. Por fortuna, estás ileso. Debiste desmayarte por inhalar los gases. Dame un segundo. Está en todos los canales.
La mujer agarró el mando a distancia. Señaló con su mano hacia el televisor y accionó el botón correspondiente. Nada más encenderse la pantalla, en ella apareció un gigantesco cráter del que no paraba de fluir lava. "Parece que todos los metales del mundo se hubieran fundido en un único punto; sale a borbotones", comentó la sanitaria.

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