La contrariedad del experimento
Llovía a mares. Y aquel era el único momento en el que sentía plenitud. Estaba en medio de la vacía plazoleta. Disfrutando del agua que caía a borbotones sobre su cuerpo. Lo relajaba. Le hacía sentir lleno en medio de una multitud que lo ignoraba. Que no podía verlo. Era invisible. Y no de forma metafórica. Esa condición la arrastraba desde hacía cinco meses. Desde el instante en que un experimento científico le hizo ser lo que era actualmente.
Por fortuna, no iba desnudo. Un traje con las mismas características lo protegía de las inclemencias del tiempo. Ya fuera del frío o del calor. Del torrencial que aullaba entonces o de los vendavales rugiendo fechas atrás. Además, el vestido era de cuerpo entero. Hasta tapaba su rostro. Y mediante él lograba ver. Sin su presencia, sus retinas no absorberían la luz que a través de señales envían las células fotosensibles al cerebro. Una pantalla con forma de gafas ejercía la función de estas. Además, la prenda era un escudo ante la radiación solar evitando las consecuentes quemaduras.
Intentaba respirar. De coger aire ante el nerviosismo que arrastraba. En media hora tenía que estar en el laboratorio. Entregar el informe que explicaba sus pormenores en todo aquel tiempo. Y someterse a la fase que lo devolvería a la normalidad. Pero esto mismo lo sumía en la incertidumbre. ¿Qué era ser normal? Durante esas largas jornadas abandonó toda esperanza hacia la humanidad. Fueron tantas las desgracias que vio bajo el disfraz que lo ocultaba ante los ojos de los demás... Y eso sucedió en lo que llamaban el Primer Mundo. La sociedad civilizada por excelencia. ¿Qué sucedería en los lugares abandonados de su mano?
En el fondo, no deseaba volver a ser visible. En esos ratos su vida adquirió un matiz diferente. Por primera vez en sus 37 años sintió lo que era la libertad. Estuvo libre de corsés institucionalizados que lo maniataban. Logró moverse por los rincones que deseó. Observó todo lo que quiso y más. Y aunque en más de una ocasión estuvo tentado de aprovecharse de su nueva característica, no sucumbió a ello. Sólo lamentaba no disponer de más tiempo. Quizás con la intención de recorrer el mundo, aunque no tenía muy claro qué sería lo que haría. Un poco más de margen le vendría bien...
Pero el plazo establecido estaba apunto de expirar. Además, si trataba de huir lo localizarían rápidamente. Un diminuto chip fue incorporado al reloj que llevaba. Con ello lo controlaron. En todo momento supieron qué hacía y dónde estaba. Era el único inconveniente de aquella curiosa "libertad". Se acostumbró rápidamente a portarlo, tanto que fue olvidándose de él y no lo recordó hasta esa misma mañana. En realidad, lo único que echó de menos fue conversar con la gente. Aunque tampoco le importó mucho. No tenía la costumbre de relacionarse con los demás. Bastante tenía con el trabajo y las veces que iba a un bar o hacía la compra.
Y justo enfrente suyo, bajo la apariencia de una humilde oficina de objetos perdidos, estaba el laboratorio donde le devolverían la visibilidad. No solía entrar mucha gente. Y cuando eso sucedía los atendían como si nada. De hecho, las personas encargadas de ello no tenían ni la más remota idea de lo que sucedía tras las paredes del almacén. Él lo sabía de buena tinta siendo la excepción. Era uno de ellos. Aunque a partir de entonces comenzaría una nueva vida. En todo ese periodo estuvo en listas de gente desaparecida. Cuando terminaran de devolverle a su estado natural le entregarían la historia sobre lo que tendría que explicar sobre su paradero. Sobre qué había hecho. Nunca más volvería a trabajar ahí.
Debía entrar por la puerta de atrás. Aunque antes tocar un timbre que era muy difícil de apreciar. Además, provocaba un pánico tremendo en los que debieran accionarlo. La humedad no sólo estaba dañando el hormigón, llegaba al panel de plástico provocando que hongos y moho lo vistieran. Aquel que fuera a llamar siempre tenía la sensación de poder electrocutarse. Sorprendentemente, estos solían ser transportistas que acudían una vez cada dos semanas. Y por costumbre, además de lo dictado en el protocolo de seguridad, siempre había alguien esperándoles. No tenían la intención de que alguien pudiera obtener información de sus trabajos.
Fue por esto mismo que le sorprendió no ver alguna persona aguardándole. También que el portalón de metal estuviera abierto de par en par. Dudó. No sabía qué hacer. ¿Debía llamar o entrar como si tal cosa? Y una vez dentro, ¿dónde iría? No recordaba con nitidez el lugar. Le hicieron atravesar sus pasillos con los ojos vendados. Es más, el tiempo que estuvo en cuarentena tenía unas zonas delimitadas por las que andar o poder hacer ejercicio. Y lo mismo sucedió el día en que pudo salir al exterior con tal de arrancar la segunda parte del experimento.
Volvió a dudar. Pero armándose de valor optó por entrar. Una vez dentro, intentó buscar el interruptor de la luz. Estaba a su derecha, en la esquina de la pared. Al accionarlo, toda la estancia terminó iluminándose. Y esta era completamente blanca y fría. La sensación de claustrofobia le recorrió cada centímetro del cuerpo provocándole unas terribles punzadas en el estómago. Y aunque no lo podía ver, percibió que el sudor surcaba cada palmo de su piel. "¡Hola! ¿Hay alguien ahí?", gritó desesperado a pleno pulmón.
Pudo escuchar el eco que repetía el tono de su voz. Y a través de él percibió el temor que esta reflejaba. Optó por avanzar. Al fondo le pareció atisbar que el pasillo giraba a la derecha. Comenzó a andar hacia allá. Y nada más llegar comprobó que daba acceso a unas escaleras que descendían un piso. Bajó por ellas tratando de disimular el sonido de sus pisadas. Pero algo le decía que sería imposible. En caso de notar su presencia lo habrían hecho antes incluso de accionar el timbre. ¿Pero qué había detrás de toda esa situación?
Otra puerta. Al final de las escaleras encontró una más. Y esta estaba cerrada. Disponía de una pequeña ventana que le hubiera permitido distinguir lo que tras ella se escondía si la oscuridad no reinara en su interior. Percibió la forma en que le temblaba la mano al empujarla. En cuanto lo hizo y creó un pequeño resquicio, le inundó un pesado olor a humedad. Frenó en seco. ¿Tendría que seguir? Sin saber por qué, la abrió y entró. Una vez dentro, el ambiente fue haciéndose cada vez más insoportable.
Justo entonces, recibió un golpe en su hombro derecho que acabó mandándole contra pared. El impacto fue en su espalda, pero también en la cabeza. De esta nació un cosquilleo tremendo que iba mezclándose con el dolor y una incipiente hemorragia de la que sentía su calor al ir recorriendo su dermis mientras descendía. Unas fornidas manos le agarraron de sus brazos y lo esposaron. Comenzó a sentir un insufrible malestar en las muñecas. También le colocaron una capucha sobre su rostro que le impedía ver. "Estate callado y no te pasará nada", oyó que le decían.
Fue arrastrado por el pasillo. Eran dos individuos. No dijeron nada en todo el trayecto. Entonces, sintió que lo levantaban a la par que lo colocaban en una banqueta. Le retiraron lo que le cubría el rostro. Y aunque a su vista le costó acostumbrarse a la luminosidad, reconoció el espacio. Era el mismo laboratorio en el que le convirtieron en lo que era. El lugar en el que estaba la camilla en la que le tumbaron y le inyectaron aquellas sustancias de las que no tenía ni idea lo que eran.
Frente a él, un individuo le daba la espalda. Aún así lo reconoció. Era el doctor encargado del experimento. Fumaba un cigarro que llevaba en su mano derecha. Finalmente, se dio la vuelta. Su gris bigote era más frondoso que la última vez que lo vio. Y las ojeras habidas tras las gafas aún más oscuras y profundas. "Si no sucede un milagro... vas a tener que quedarte así para siempre", le confesó con un acento cortante y cargado de tristeza. "Ni tú ni yo volveremos a ser libres", siguió. "Has visto demasiado y yo tengo muchas cosas guardadas en la cabeza; estamos en manos del Gobierno: vamos a ser las perfectas armas de guerra del futuro".

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