Durante la espera ante la llegada de un pedido



No estaba seguro sobre qué hacer con «Lucky». Antes de irse de fin de semana le habían dicho que tenía toda la casa para él. Que podía hacer lo que quisiera. Y entre esas pequeñeces estaba su deseo de comerse al gato. Aunque de esto último nada supieran los Tanner. Por ello observaba cada movimiento que hacía. Ya fuera yendo de aquí para allá mientras deambulaba por la vivienda o estaba echándose una de sus numerosas e interminables siestas. La verdad era que hubiera sido muy fácil atraparle.

Sin embargo, optó por no hacerlo. Y aunque no entendía el porqué, eso le habría hecho mucho daño a Brian. No estaba dispuesto a que pasara otro mal momento. Bastante le costó ayudarle a sobrellevar su impresión después de que descubrieran a Willie retozando en la cama con el carpintero. Fue un día en el que Kate no estaba en casa. Tampoco Lynn. La cosa empezó sin más. Y los dos hombres acabaron como terminaron.

Y aunque desde que lo acogieron intuía sobre la homosexualidad del padre de familia, optó por dejarlo pasar. Mucho le costó hacerle comprender al chaval lo que sucedía. Incluso el que interiorizara que lo más seguro era que su madre lo supiera. Y que por el bien de ellos lo permitía. Aunque le partiera el corazón. Tiempo después, Alf alguna vez los escuchó hablando en su dormitorio sobre ello. De lo mal que el hombre lo pasó en su juventud por el menosprecio que sufría. Al final, la boda fue un acto pactado pretendiendo aparentar una normalidad que, en el fondo, les quemaba. Pero acordaron que cuando los críos fueran mayores de edad se divorciarían. Entonces les explicarían todo.

Y aquella escapada de fin de semana fue con el propósito de limar asperezas y unir los lazos familiares. Es más, el peludo extraterrestre tenía la certeza de que la adolescente lo sabía incluso mucho antes de que él llegara. Y que le daba igual. Sabía que entre ellos se querían. Que había un profundo amor, pero que ciertas cosas eran imposibles. Y que ese sentimiento seguiría después de separarse. Por ello, aunque le doliese, pensaba que era lo mejor para todos. Sobre todo por el hecho de que su padre pudiera quitarse de encima aquel disfraz que tanto le pesaba.

Tras cavilar esto mismo, siguió observando al gato. Sí, lo mejor sería dejarle en paz. Por lo que decidió coger el libro de las Páginas Amarillas. Tenía hambre. Y le habían dejado dinero. Así que optó por llamar a un pizzería con servicio a domicilio. Pero tenía que ser lejana, o por lo menos alguna que no hubiera atendido antes a los Tanner. Sobre todo por el hecho de no levantar suspicacias. Si lo descubrían podría meterse en un gran lío. Sabía de sobra que los militares estaban detrás de él. Incluso que merodeaban por la zona tratando de localizarle.

Más de una vez observó coches que llamaban la atención. A veces era porque sus ocupantes se pasaban horas en su interior. Otras por pequeños detalles como lo eran las curiosas antenas que mostraban. O el dar vueltas por la zona. No solían crear alarma entre la gente corriente. En las personas de a pie. Pero fijándose un poco, y sobre todo si alguien estuviera en la situación en la que él estaba, se darían cuenta. Por lo menos de que algunos movimientos podrían resultar bastante extraños.

Y entre estos estaban las cada vez más frecuentes visitas de los inspectores de los contadores de luz y agua. O las que pretendían comprobar las líneas telefónicas. Incluso los comerciales que se presentaban vendiendo cualquier producto. A estos, algunas veces no les abrían. Pero cuando sucedía solía analizarlos desde la distancia. Y lo curioso es que conocían bastante bien los productos que ofrecían. Podrían haber sido muy buenos vendedores. Pero se interesaban por cosas nimias. E inspeccionaban todo de forma muy sutil. Y él, mientras estaba escondido, disfrutaba sabiendo que estaban mucho más cerca de lo que creían.

Finalmente, se decantó por una pizzería que estaba a dos kilómetros de distancia. Tras hacer el pedido, le explicaron que tardarían una hora en llevárselo. Él no tenía ningún problema con ello. Podía esperar. Aunque les dejó unas indicaciones bien claras. Cuando llegara el repartidor, este debería tocar el timbre. Acto seguido, dejar la entrega sobre el suelo y volver a accionar el botón. El dinero lo encontraría bajo el felpudo. Una vez lo hubiera cogido tendría que llamar de nuevo. Podría quedarse con el cambio. Nada más hacerlo, habría de marcharse como si nada hubiera ocurrido. Hacerlo con total naturalidad. Y esto le resultaba muy divertido. No era la primera vez que lo hacía. Es más, Willie le explicó que se lo tomaban como la broma de algún niño. Y es que una vez fue a una y los trabajadores estaban hablando de ello. Y a él también le hacía mucha gracia, pero era incapaz de disimular el miedo que le causaba la situación.

Por ello, muchas veces se preguntaba si no debería abandonar el hogar. Dejar todo atrás y permitir que siguieran con sus vidas. Tanto en lo bueno como en lo malo. Bastante tenían con su día a día. Y quitarles un peso de encima podría venirles bien. Aunque no volviera a saber nada de ellos. Ya encontraría la forma de subsistir. O de salir adelante. No tendría que vivir en otra casa. Podría trasladarse a los bosques. Y desde ahí darles las instrucciones necesarias con tal de que repararan su nave espacial. Pero no estaba seguro de que pudieran encontrar los materiales necesarios. Si acaso decidía dedicarse a una vida de ermitaño mientras llegaban sus congéneres después de escuchar la llamada de May Day... esta sería la mejor opción. Pero nada le podía asegurar de que el mensaje les hubiera alcanzado. O que hubiera acabado en malas manos.

Así que... la mejor opción era quedarse allí. Aguardar a que volvieran del fin de semana y plantearles la situación. No sabía si vendrían a rescatarle... o si tendría que quedarse ahí para siempre. Y claro, no quería hacerles daño. En especial a Brian. Se habían vuelto inseparables. Ante esto, trató de quitarse todo ese malestar de encima. Intentó dejar de darle vueltas a todo. Y por un momento lo logró. Pero regresó el malestar. Así pues, se vio yendo a la cocina y cogiendo una de las cervezas de lata guardadas en la nevera. Vertió su contenido en el vaso de mayor tamaño que encontró y lo metió al microondas. No le gustaban frías. Sólo quería darle un pequeño toque de calor para saborearla mejor. Y el primer trago que dió le supo a gloria. Parecía que la mente le volaba siendo a la vez mucho más ligera.

Sin saber por qué, fue a la ventana ubicada junto a la puerta que daba acceso a la vivienda. Y a través de los entreabiertos huecos de la persiana observó la calle. En frente, había una marquesina de autobús. Y sentado en ella un individuo que de forma disimulada observaba el edificio. Sin duda alguna tenía que tratarse de uno de los agentes del gobierno. No tenía la menor duda. No sabía qué era, pero algo le delataba. Entonces notó que la motocicleta de reparto de la pizzería estaba acercándose. Nada más frenar, el individuo se bajó del vehículo con tal de dirigirse a su destino. Realizó todas las indicaciones que le señalaron. Pero al darse la vuelta observó que un pequeño cable salía de su bolsillo del pantalón. Este iba por dentro de la camisa yendo a parar al interior del casco. No podía ser. ¿Acaso era otro agente?

Trató de mantener la compostura. Y prestó más atención. Al subirse en la moto se quitó el casco. Vaya, parecían ser unos auriculares normales y corrientes. Entonces, de su bolsillo sacaría un walkman. Sólo estaba escuchando música. Era un gesto bastante peligroso, pero no era alarmante. Entonces volvió a fijarse en el hombre que esperaba en la marquesina. Justo entonces se levantó al oír que el autobús se acercaba. Había sido otra falsa alarma. Pero no podía seguir así. Debía tranquilizarse. Estaba viendo cosas que no existían. Estaba comiéndose demasiado la cabeza. Así que, tras comprobar que no había nadie en la calle, abrió la puerta y la cerró tras coger la pizza.

Decidió comerla en la sala de estar mientras estaba tirado en el sofá y disfrutaba de la cerveza. Saboreo el primer tozo. Era de jamón, bacon y queso. La sensación del primer mordisco fue maravillosa. Pero, por desgracia, tenía que hacerlo con la luz pagada con tal de no levantar sospechas. Entonces, habiendo transcurrido unos cinco minutos, tocaron al timbre. Se quedó helado. Petrificado. Intentó no hacer ningún ruido. Volvieron a reclamar. Y siguió igual. No quería que notaran su presencia. Otra vez, el timbre fue accionado. "Hola, venimos a leer el contador de la luz. ¿Hay alguien en casa?".

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