La leyenda de los gatos que caminaban sobre dos patas
Dos semanas eran las que llevaba acudiendo al parque. Siempre en el último momento, cuando quedaba una hora para que lo cerraran y la oscuridad de la noche comenzaba a reinar. Solía sentarse en el mismo banco observando la gente pasear mientras fumaba un par de cigarrillos. Pero también a un gato negro que parecía acompañarle desde el primer día en que fue. Y este lo miraba con ojos curiosos. Como si estuviera leyéndole la mente.
Tenía por costumbre quedarse delante suyo. Y rara vez apartaba la mirada. Al principio, le puso nervioso esa actitud, pero iría acostumbrándose. Total, era un gato haciendo cosas de gatos. ¿Que podría hacerle? Se quedaba ahí durante todo el tiempo que pasaba sentado. A veces se acicalaba. Otras dormitaba. Incluso movía la cabeza en dirección a los ruidos que le llamaban la atención. Pero, por norma general, sólo rompía su inmovilidad cuando iba a marcharse. Entonces, tras caminar unos pocos metros, miraba hacia atrás a modo de despedida.
O eso quería pensar. ¿Podrían sentir los animales semejante estado de ánimo? No tenía ni la más remota idea sobre ello. Aunque en caso de que fuera así... le resultaría bastante extraño. Además, fue encariñándose con él. Le hacía bastante compañía. Encima sin decir nada. Era como si le estuviera dando un abrazo desde la distancia. Sin tocarle. Es más, alguna vez hasta escuchaba los ronroneos que producía. Le resultaba interesante, sobre todo por la capacidad de relajarle que guardaba la acción. Tal vez fuera un ser mágico. O conectado a la psicología humana mediante un mecanismo que era incapaz de comprender. O describir.
Pero aquel día no aparecía. Al principio no le dio importancia hasta el momento en el que se percató del silencio reinante. Aunque lo que más le llamó la atención fue que nadie paseara por el lugar. Los que eran habituales en esa hora no aparecían por ningún lado. No había rastro alguno de ellos. Además, la temperatura comenzó a descender a un ritmo vertiginoso. Tuvo que abrocharse la chaqueta con tal de no pasar frío. Aún así, fue metiéndose en su cuerpo hasta comenzar a tiritar. Lo mejor sería marcharse y regresar a casa.
Entonces, en cuanto comenzó a levantarse del banco, lo vio aparecer. Andaba tranquilo, sin prisa. Y sin apartar la mirada de él. Empezó a sentirse maravillado por su presencia. Por el magnetismo que irradiaba. "¿Ya te vas? Todavía es muy pronto, puedo hacerte compañía". ¿De dónde provenía esa voz? Escudriñó las inmediaciones. Estaba solo. No había nadie. "¿En serio te vas a ir? No es que tenga mucho que contarte, pero muchas veces el silencio puede ser la mejor de las conversaciones". Los ojos verduzcos del minino estaban fijos en él.
- ¿Quién hay ahí? -gritó en medio de la oscuridad.
- Sólo estamos tú y yo. ¿Acaso ves a alguien más?
El felino comenzó a asearse el rostro con su pata delantera derecha después de humedecerla con la lengua. "No tengas miedo, tarde o temprano, este momento había de llegar". Entonces, cuando estaba apoyado sobre sus cuartos traseros, empezó a bambolear su cola en unos rítmicos círculos. "Sí, soy yo, ¿quién crees que podría ser?".
Trató de salir corriendo. Abandonar el parque dejando todo atrás. Pero, en su lugar, volvió a apoyarse en el respaldo del banco. "Podrías venir conmigo; el mundo en el que vivo no es artificial", dijo en susurros la voz. "Si vienes, serías libre y podrás encontrar lo que buscas". En esta ocasión, notó la forma en la que el gato articulaba su mandíbula al hablar. "Puedo asegurarte que dejarás de sentirte vacío".
No sabía cómo, pero el miedo que lo invadía desapareció. Por contra, una increíble sensación de comodidad se apoderó de él. Y esto, al mismo tiempo, hizo que volviera a alarmarse. El gato podría decir lo que quisiera, pero ese sentir sí que era antinatural. Algo muy raro había en él. "¿Te refieres a mí o a la emoción?", comentó en lo que parecía un acto de lectura de mentes. "Sí, puedo adivinar el más mínimo detalle de tu discurrir".
Con un salto se puso en pie. Su tamaño era gigantesco si lo compraba con el del pequeño animal, pero su agitación estaba a flor de piel. No le gustaba nada aquella situación. "Ya te lo he dicho, estate tranquilo. No va a pasarte nada", comentó. "Tengo dos formas de convencerte; puedo transformarme en lo que eres o tú podrías hacerlo en lo que soy".
- ¿Qué? -gritó al entrar en pánico.
- Lo que has oído. Puedes hacerme compañía o yo ser el que te acompañe al mundo de los humanos. No sería la primera vez, aunque tengo que confesarte que no me gusta nada. Estáis demasiado encorsetados, además de haber perdido todo lo natural que teníais.
El gato comenzó a caminar. Iba derecho hacia él. Y la impresión que esto le causó propició que tropezara al dar un paso atrás mientras perdía el equilibrio y caía sobre el banco. "No te asustes, no va a pasarte nada", expresó con una dulce voz. Frenó a un metro de distancia. "Mira, aunque no me guste, te voy a dar una muestra de lo que soy durante las pocas veces que tengo una apariencia humana".
¿Qué quería decir? ¿Estaba volviéndose loco? ¿Qué significado podría tener toda aquella situación? El animal se colocó sobre sus dos patas. "Respira, relájate". De repente, fue aumentando en tamaño a la par que iba despojándose de todo el vello que rodeaba su cuerpo. Y este fue adquiriendo la figura de una mujer desnuda. Pero conservó una melena lisa y morena que llegaba hasta la cintura. Era estilizada, atlética. Y sus uñas brillaban ante el fulgor de la luz de la Luna. Lo mismo sucedía con unos carnosos labios rojizos bajo una fina nariz que complementaba la belleza de unos marrones ojos que guardaban la característica forma felina. "¿En serio no quieres venir conmigo?", susurró tan cerca de su boca que pareció palpar el calor que emanaba.
Ante esto, volvió a retroceder. Lo hizo con tanta fuerza que quebró la madera del banco cayendo al suelo. La mujer lo contempló con una triste sonrisa mientras se alejaba de ella. A trompicones, se levantó y comenzó a correr. Lo hizo como nunca antes lo había hecho. Atravesó el parque cruzándose con la gente que hasta entonces había estado desaparecida. Pero no le dio importancia. Lo único que quería era marcharse. Sólo quería desaparecer y despertar. Aquello tenía que ser una pesadilla.
Siguió corriendo a través de las calles de la ciudad. De vez en cuando paró con tal de coger aire. Y recuperar fuerzas. Sus músculos doloridos le pedían una tregua, pero no podía detenerse. No veía a la criatura por ningún lado. Pero eso no quería decir que no estuviera cerca. Tenía que llegar a casa. Y una vez allí pensar en lo presenciado. Sobre lo que haría a partir de entonces. Fue que de esa intermitente manera llegó al portal. Sacó las llaves sin saber cómo por el miedo y nerviosismo que sentía. Observó la avenida por si veía a aquel ser. No había rastro de ella. O lo que fuera.
Subió los dos pisos hasta alcanzar el suyo lo más rápido que pudo. Incluso hubo un par de ocasiones en las que tropezó, pero no llegó a caerse. Pudo mantener el equilibrio. En cuanto estuvo frente a la puerta, la abrió y cerró de golpe. Apoyando su espalda en ella, se dejó caer mientras las lágrimas surcaban su rostro. Nada más recuperar el aliento, optó por ir a la cocina. Necesitaba beber agua. Y aclarar sus ideas. Lo que acababa de vivir era imposible. Tenía que estar volviéndose loco. No había otra opción posible.
Así que nada más levantarse fue hacia ella. Pero ahí distinguió la inconfundible figura de la mujer. Seguía desnuda. Y su cuerpo resplandecía aún más con la luz de las lámparas. Le estaba ofreciendo beber desde uno de los vasos guardados en los armarios. "Tienes que acostumbrarte a dejar cerradas las ventanas; si yo he conseguido entrar podría hacerlo cualquiera", expresó a modo de bienvenida. "Y te aseguro que hay más peligros ahí fuera de los que crees; yo soy inofensiva".
- ¿Qué quieres? ¿Por qué me sigues?
- No seas tan desconfiado, anda. Lo que te estoy ofreciendo es compañía y que puedas saciar todas las dudas que tienes, nada más.
- ¿Y tienes que entrar en mi casa a escondidas?
- Tú has hecho lo mismo en cuanto a lo que es mi territorio y no voy montando escenitas. He estado observándote durante mucho tiempo. Te sientes vacío. Y yo puedo hacer que dejes de estarlo.
- ¿Sí? ¿Y cómo puedes saberlo? Es más, ¿qué coño eres?
- Pues ahora que lo dices... vuestra especie todavía no nos ha puesto nombre porque no nos ha descubierto. Esa maldita manía vuestra de catalogar todo lo que os rodea.... pero te diré que entre nosotros no tenemos nombre para lo que somos. Aunque somos viejos. Muy viejos. Antiguos. Los egipcios nos veneraron, pero jamás supieron de nuestra capacidad de transformarnos.
- Ya, y ahora me dirás que no sabes cuál de tus formas es la verdadera.
- Las dos. Lo son las dos. ¿Qué te creías?
Guardó silencio. Miró la ventana abierta por la que tendría que haber entrado. Sin saber por qué, le entraron unas inexplicables ganas de saltar por ella y escapar del lugar. "Ni se te ocurra, morirías en el acto y no sería capaz de sobrellevar la culpa; no estás preparado para ello", le contuvo tras volver a leerle la mente.
- ¿Y? ¿Cómo vas a frenarme? ¿Vas a ofrecerme la inmortalidad o algo así? ¿El poder transformarme en lo que eres?
- Más o menos. Te estoy pidiendo que vengas conmigo, pero para ello sí que necesitas ser lo mismo que yo.
- Ya, ¿y cómo lo vas a hacer? ¿Bebiendo mi sangre o algo así?
- No, no... nada de eso. Nosotros también procreamos, por decirlo de alguna forma, de manera natural. Pero podemos convertiros en lo que somos. Es... en nuestra sangre hay una especie de virus... que al entrar en contacto con la vuestra os transforma.
- ¡Déjate de tonterias y vete de mi casa! ¿No ves que vas a terminar por volverme loco? Si es que acaso no lo estoy...
- No, no lo estás...
- ¿Y cómo lo harías?
- Antes de nada... debes de saber que serías considerado uno de segunda categoría. No serías un Sangre Pura. Aunque nuestros descendientes sí lo serían...
- ¿Pero qué tonterías me estás contando?
- Estoy tratando, aunque sea por encima, de explicarte cómo se divide nuestra sociedad.
- ¿Sociedad?
- Sí, hemos de estar en el anonimato con tal de subsistir, pero hasta que no estés en ella no lo entenderás del todo.
- ¿Y tú eres una Pura Sangre de esas?
- No, no lo soy. Me transformaron al igual que puedo hacer contigo... si quieres...
- ¿Desde hace cuánto?
- Hace doscientos años, más o menos.
- ¿Qué?
- Sí, y es a partir de esa edad cuando podemos reproducirnos. Tener descendencia.
- Y me has tenido que escoger a mí. ¡Manda cojones!
- Te veía siempre tan solo... Tu vida puede dar un giro de 180 grados.... si quieres...
- ¡Pero si no te conozco de nada! Es más, ¿quién me dice que no eres una persona que está loca de atar?
- Me has visto transformarme.
- Eso puede ser una alucinación por fumar demasiada marihuana.
- ¿Eso era lo que fumabas?
- Sí...
- Interesante... pero, tal y como ves, no es así.
- Lo mejor será que te vayas de mi casa.
- ¿Estás seguro?
- Sí.
- Como quieras.
La mujer comenzó a reducir el tamaño volviendo su cuerpo a cubrirse de la oscura mata de pelo. Al terminar de transformarse, lo miró directamente a los ojos. "¿Mañana vas a ir al parque?", quiso saber mientras hacía el mismo movimiento circular con su cola.
- No lo sé.
- Si vas, allí estaré.
Nada más decir esto, y de un salto, se colocó en la cornisa de la ventana. Volteó su cabeza hacia él como tantas veces hizo en señal de despedida. De un brinco, llegó a la repisa de uno de los primeros pisos del edificio de enfrente. De ahí bajó hasta la calle. Y le dirigió un último mirar mientras parecía sonreírle. "Así es como tienes que hacerlo, ¿ves?".
***
Al día siguiente, nada más salir del trabajo, volvió al parque y ocupó el banco. No sabía por qué lo hizo. Ni el porqué de ir antes que de costumbre. La gente paseaba distraída o conversando con otras personas. Algunos corrían. También notó la presencia de niños jugando. Y por su cabeza sólo le rondaba el hecho de no saber su nombre. Con eso dándole vueltas, fijó su atención en el lugar por el que solía aparecer.
Pasaron los minutos. Y con ellos, aumentó su impaciencia. Le dolían las manos por los nervios. Su corazón parecía querer reventar su pecho por la presión con la que bombeaba sangre. Entonces la vio aparecer. Pero esta vez con sus formas humanas. E iba vestida. Llevaba unas amplias faldas marrones. Además de una camisa blanca y una oscura chaqueta de cuero. Las botas negras que calzaba le llegaban hasta las rodillas. Y su lisa y larga melena oscura estaba suelta. Parecía ondear igual que una bandera ante la suave brisa reinante.
Fue acercándose a él en completo silencio mientras sonreía radiante. Nada más llegar al banco se sentó junto a él. Cruzó las piernas a la par que se inclinó hasta colocar su hombro izquierdo junto al suyo. "Magdalena".
- ¿Qué?
- Ese es mi nombre, Magdalena. Te dije que puedo saber lo que te ronda por la cabeza.
- Pero...
- Anda, relájate. Ya sabes cómo me llamó. Y yo también sé el tuyo; Nicolás.
- ¿Qué es lo que quieres de mi?
- Nada. Lo único que he hecho es ofrecerte lo que anhelas, ya te lo he dicho. La decisión la tienes que tomar tú. No voy a obligarte a nada.
- ¿Y cómo me transformarías? ¿Es un proceso doloroso?
Al preguntarle esto, volvió a sonreír. "No, en absoluto, lo único que sentirás es un suave arañazo". Al realizar esta revelación, alzó su mano derecha y le pidió que mirara la uña del dedo índice. Era prácticamente idéntica a las suyas. La única diferencia habida era que parecía de cristal. "Fijate, son retráctiles". Entonces, le hizo ver su verdadero tamaño. Estaba escondida en el interior de la falange. "Cuando suceda, si es que pasa, lo único que tienes que hacer es darme tu mano y te haré un pequeño arañazo sobre ella".
- ¿Y ya está?
- Pasarás una noche y un día con fiebre. Hasta que tu cuerpo termine por convertirse. Pero sí, sólo es eso.
En cuanto dijo esto, la miró directamente a los ojos. Además de ser marrones, pudo observar que el amarillo y el verde también estaban entre sus tonalidades. Si no fuera por el dibujo de sus pupilas resultarían ser idénticos a los de los humanos. Una sonrisa volvió a presidir su fino rostro. Y he ahí que pudo observar lo ligeramente afilados que eran sus colmillos. Por lo demás, no encontró ninguna otra diferencia entre ellos.
- Sigo sin poder darte una respuesta...
- Estaba convencida de ello. No es algo que deba decidirse a la ligera.
- ¿Por qué... por qué no me das una semana? Durante ese tiempo puedes enseñarme tu mundo con tal de que pueda hacerme una idea.
- Podría hacerlo, pero si al final decides que no puedes unirte...
- ¿Qué pasaría?
- Tendría que eliminarte...
Se quedó blanco. Petrificado. Por nada del mundo imaginó que pudiera hacerle semejante amenaza. "Pero..."
- No, tranquilo. No te haría nada. Incluso si fueras contándolo nadie te creería. Acabarías en una institución mental. Fíjate, acabas de hacer el descubrimiento del siglo y estás abocado al fracaso.
Comenzó a reírse a carcajadas. Y estas eran dulces y contagiosas. "Yo... jamás diría nada de lo que vaya a ver".
- Lo sé, lo sé... sé de sobra que no dirás nada. No estarías aquí si así fuera. Sientes curiosidad, nada más. Además de sentirte atraído por lo que te puedo ofrecer... y por mi.
- Sobre tí puedo decir lo mismo.
- Sí, pero yo no lo niego. Eres mucho más interesante de lo que te crees. Y vales aún más de lo que piensas. No sé qué te habrá llevado a semejantes conclusiones, pero entre los dos podremos hacer que tu autoestima se levante. Aunque tendrás que poner de tu parte.
En cuanto terminó de decir esto, alargó su mano y la enlazó con la de él. "¿Te apetece dar una vuelta?", le preguntó.
- ¿Qué quieres hacer? Te llevaría a tomar algo, pero no sé si eso va contigo.
- ¿Y por qué no? Así romperíamos el hielo. Luego podemos ir a un sitio que conozco. Ahí suelen ir algunos de los míos. Solemos mezclarnos. No es un mundo rígido. ¿Qué te apetece? ¿Una cerveza o un café?
- Me gustaría más un té, la verdad.
- Pues no se diga más. ¿Nos ponemos en marcha?
- Adelante.
Al unísono, dejaron atrás el banco y comenzaron a caminar por el parque. A atravesarlo. Pero, a diferencia de la jornada anterior, en esta ocasión fue con tranquilidad. Disfrutando del paisaje y la compañía que tenían al lado. Conversando en voz baja mientras Magdalena le iba contando cosas de lo que llamaba su mundo y él detallaba lo que era su vida. Sin darse cuenta, llegaron a las calles de la ciudad hasta alcanzar la cafetería que le había comentado. "Pero si he estado aquí un millón de veces", exclamó sorprendido, pero en voz baja, Nicolás. "Tranquilo", susurró ella mientras volvía a agarrar su mano y abría la puerta del local. "Fijate en el camarero".
Una vez dentro, el empleado clavó su atención en él en cuanto se colocó en la barra. "¿Qué os pongo?". Los ojos eran parecidos a los de ella. "Dos tés". Fue lo único que acertó a decir. En cuanto los sirvió, y dio los cambios tras ser abonadas las consumiciones, mostró sus afilados colmillos. "Bienvenido". Tras esto, alargó su brazo izquierdo con la intención de sujetar su mano derecha. "Bienvenido", repitió. Entonces, arañó con finura su piel provocándole un diminuto corte. "Bienvenido", volvió a decir.
- ¿Qué? ¿Qué significa esto?
- Te dije que yo no te haría nada -dijo Magdalena entre sollozos-, pero eso no significa que otros no te lo pudieran hacer. Se me han adelantado. Lo siento, ahora le perteneces a él.
- ¿Qué quieres decir?
- Algunos convierten a otros para usarles de esclavos... ayer debieron seguirme. Te lo juro, no sabía que esto fuera a pasar.
- Cállate -intervino el camarero-. Y ahora vais a ir los dos al almacén.
Una turba los rodeó y fueron empujándoles hasta donde señalaron. Una vez allí, volvió a aparecer el hombre que estaba hasta hacía un momento tras la barra. "Tus uñas, ¡muéstramelas". Impotente, y temblando de miedo, Magdalena extendió sus manos hacia él. "¡Sácalas!", gritó. Y lo hizo. Con un alicate, y de una en una, fue extrayéndoselas de raíz mientras gritaba y bufaba por el dolor. "Llevadla al callejón de atrás, ¡ya sabéis lo que tenéis que hacer!", ordenó al resto de los que ahí estaban.
Nicolás vio cómo la arrastraban. Escuchó sus desesperados gritos pidiendo socorro. El silencio que a continuación lo siguió. Y se desmayó poco después al ver que traían su cabeza cercenada.
Cuando despertó, tenía al camarero enfrente suyo. Estaba tan cerca que podía sentir el olor de su aliento. "Ahora mismo no te duelen por el efecto de la anestesia, pero lo harán. Más te vale que seas agradecido, además de un chico formal", bramó.
- ¿Qué quieres decir con eso?
- Necio, mírate las manos.
Estaban vendadas. Del interior de la tela brotaba sangre. "Te hemos cortado las uñas. Has de ser eficiente y obediente. También has sido castrado", le dijo con una burlona sonrisa.
- A partir de ahora vas a hacer todo lo que te ordenemos. No te queda otra. Desde mañana serás casi igual a nosotros. Sólo que será sin hombría ni voluntad.
Con un gesto le indicó que no dijera nada. "Ni se te ocurra", ordenó inmediatamente después. "Es lo que sucede por andar metiendo la nariz donde no debes".
- Pasarás una noche dura. Te dolerá y tendrás fiebre. Esta será la peor de todas de las que vendrán de ahora en adelante. Pero lo que llegará en cuanto te recuperes será todavía peor. La servidumbre te va a parecer un oasis. Por cierto, me llamo Santiago.

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