La revelación de la carta dentro de la botella
Nada más llegar a casa, lo primero que hizo fue ir a la cocina. Una vez allí, dejó la botella sobre la mesa y se sentó en una banqueta mientras observaba detenidamente el papel que había dentro del vidrio. Dudó sobre si quitar el viejo corcho o no. Optó por levantarse y coger el descorchador guardado en el cajón de uno de los muebles. Nada más hacerlo, agarró el frasco e intentó abrirlo. Apretó la punta del tirabuzón y comenzó a darle vueltas pretendiendo introducirlo. Pero el tapón estaba, además de húmedo, podrido. Terminó por resquebrajarse y sus pedazos cayeron al interior.
Después de inclinar la botella, le dio unos pequeños golpecitos en la base y el papel fue saliendo muy despacio a través del cuello. Estaba enroscado con finura y un delicado hilo fabricado con alguna planta lo mantenía uniforme. Volvió a dudar. Aún así, sacó la navaja que llevaba en el bolsillo y lo cortó a la par que escuchaba un pequeño chasquido. El folio conservó su forma, por lo que se vio en la obligación de abrirlo con suavidad. Lo primero en lo que se fijó fue en la fecha que marcaba: "a mediados de febrero de 1962". A continuación, dirigió su atención a la firma: Michael Rockefeller.
Ese nombre le resultaba familiar. Y no por el apellido de la familia del conocido magnate. Sabía que había una historia detrás de ello que no alcanzaba a recordar nítidamente. Así que, agarró su móvil y fue directo a una de las aplicaciones de Inteligencia Artificial que guardaba en él. Le preguntó quién era ese individuo. Su respuesta concordaba con su pálpito. En 1961, con 23 años, su catamarán volcó en el mar Arafura y "decidió nadar solo hacia la costa para pedir ayuda y nunca fue visto de nuevo". Siendo antropólogo, pretendía investigar a los pueblos Dani y Asmat. La versión oficial decía que falleció ahogado, pero algunos sostenían que "fue asesinado y comido en un ritual caníbal por guerreros Asmat".
No podía creer lo que tenía entre manos. ¿Acaso era posible? Encontró la botella en la playa que estaba a media hora de la cabaña en la que se hospedaba. Hacía una semana que llegó y todos los días daba un pequeño paseo hasta ella. Una vez ahí, contemplaba el horizonte sentado sobre la arena. Aquella jornada no tuvo nada de especial. Fiel a su costumbre, nada más llegar prendió el porro que de antemano tenía liado. También le acompañaba un termo en el que llevaba café caliente. Este le ayudaba a limar la sequedad que pudiera sentir en la garganta. Y estando allí, mientras se deleitaba con el pausado romper de las olas en la delicada arena, notó algo que brillaba. Pero desapareció al momento en que las aguas lo cubrían. Poco después, sucedió lo mismo. Intrigado, arrancó dirigiéndose al lugar con tal de averiguar qué era. En aquel pequeño trayecto vio el mismo fenómeno hasta en cinco ocasiones más. Al llegar, descubrió la botella estando sumergida en la arena hasta la mitad de su cuerpo. La cogió y noto la hoja en su interior. Terminó el peta y marchó a casa para saber qué significado tenía todo aquello.
Una vez en la cocina, y teniendo el sorprendente documento delante suyo, lo aplanó de lado a lado ejerciendo una suave presión con su mano derecha. Era el momento de leerlo. ¿Qué diría? ¿Qué haría después con él? Bueno, eso ya lo decidiría. O por lo menos ya vería qué hacer más tarde. En ese instante, lo primero era descubrir lo que decía. Y comenzó a leerlo.
***
"No sé cuántas cartas más he mandado de esta forma. Ni siquiera si llegarán a manos de alguien. Aunque me hace gracia estar utilizando este ancestral sistema. Parezco un heroico náufrago de hace siglos clamando por su supervivencia. Pero en mi caso no es así. Me siento cómodo entre los Asmat. Son sociables, y amigables, a pesar de su canibalismo. Al principio me consideraron una especie de Dios, pero finalmente fueron aceptándome al comprobar que nada nos diferenciaba. Y eso que todavía les sigue sorprendiendo el tono de mi piel.
"Tal es mi integración en su sociedad que me han casado con una de las hijas del jefe del clan. Por su seguridad, y por la mía, no voy a decir sus nombres. Más aún por el hijo que viene en camino. Todo ha ido muy rápido desde que llegué. El temor por ser parte de algún ritual desapareció rápido. A ello ayudó mi saber en el ámbito de la supervivencia. El mostrarles cómo fabricar armas que desconocían. Incluso les estoy enseñando a leer y escribir. Aprenden rápido. Pero la tinta de los pocos bolígrafos que pude rescatar del naufragio está agotándose. Habré de idear algún sistema para proseguir en mi empeño. Quizás lo haga con ceniza y distintos materiales líquidos que hay por aquí. Tal vez sirvan las resinas de los árboles.
"Pero el motivo de este escrito no es ese. No lo es el plasmar mi experiencia con ellos. Ni siquiera mi día a día. Lo hago porque no deseo que vengan a rescatarme. Quiero finalizar mi vida en este lugar. Entre ellos. Y es por egoísmo. Por poder disfrutar de una vida que en la sociedad industrializada no podré llegar a tener. Allí no seré libre. Aquí lo soy. Además, supone poder observar una parte determinante de nuestra evolución. Quedándome comprenderé cómo funcionan y qué es lo que les empuja a seguir adelante en tales condiciones. Y, por lo tanto, qué pasos recorrimos hasta llegar hasta donde estamos y cómo lo hicimos en esa parte de nuestro trayecto que hace tanto tiempo dejamos atrás. Son tan diferentes a nosotros... y al mismo tiempo nos parecemos tanto a ellos...
"Por lo tanto, si esta carta llega a manos de alguien le rogaría que dejara las cosas tal y como están. Aunque puede notificar el hallazgo a mis familiares con tal de que estén tranquilos. Pero que por nada del mundo vengan a buscarme. No sería justo para los Asmat. Bastante tienen con asimilar mi presencia. Sólo faltaría que tuvieran que hacer frente a la visión de la extraña cultura que supone la nuestra. Esa que consideramos la del hombre moderno y civilizado. Algo me dice que sería su final. No podrían soportarlo. Lo he visto demasiadas veces en las profundas selvas de América del Sur y otros lugares del planeta. Así que, si encuentran esto, no vengan en mi busca. Es lo mejor.
"Sin más dilación;
"se despide:
"Michael Rockefeller."
***
Llegados a este punto, y tratando de superar la impresión que le causó el texto, encendió un cigarro. ¿Qué podría hacer? ¿Cómo dar a conocer su hallazgo? Con tal de salir de dudas, decidió volver a recurrir a la Inteligencia Artificial. Esta le explicó que fuera a la comisaría de Policía. Una vez allí, ellos la analizarían. Y eso fue lo que haría. Aunque, partiendo de la aplicación, también tenía la opción de acudir a la Embajada de Indonesia. Incluso ponerse en contacto con el Departamento de Arte de África, Oceanía y las Américas del Metropolitan Museum of Art (MET) de Nueva York. Fue fundado por el padre del autor de la epístola, Nelson Rockefeller. Y este, tras desaparecer Michael, inauguró un ala en su honor.
Apagó el cigarrillo después de darle una última, y profunda, calada. Sí, lo mejor era acudir a la Policía y que realizaran las maniobras que tuvieran que hacer. Él la había encontrado e iba a cumplir lo que en ella era expresado. Nada más y nada menos. Además, estaban a punto de cumplirse 64 años desde que fuera escrita. Era imposible que Michael siguiera con vida. Como mucho, su recuerdo perduraría entre los Asmat y sus propios descendientes. Si decidían hacer algo al respecto, el encargado de ello sería la propia Fundación Rockefeller. Quizás el museo. O ambos.
Él estaba a punto de cumplir con su deber. No le correspondía realizar ninguna maniobra más. Así que cogió las llaves del coche y fue hacia él. Pero tuvo que darse media vuelta antes de alcanzarlo. El nerviosismo hizo que olvidara la botella en la cocina. Nada más cogerla, regresó y arrancó tras colocarse correctamente el cinturón de seguridad. Tenía 20 minutos por delante hasta llegar a la ciudad. Y lo más curioso de todo era que estaba deseando quitarse de encima todo el asunto.

Comentarios
Publicar un comentario