SOBRE UN CONOCIDO BANCO SIN LLEGAR A VERLO
Dos patas el banco tenía.
Ni más ni menos.
Pero eran resistentes
en el tiempo y su discurrir.
En ocasiones lo pintaban,
y barnizaban también.
No era por tenerlo bonito,
que también,
sino porque era más que parte del paisaje.
Menos con tal de que se sentara la gente,
que también,
o por tenerlo impoluto.
Pues aunque tenía un porqué
su razón de ser no la sabían.
De sus dos patas sí sabían.
Y de su cuerpo,
aunque nunca lo viesen.
Era la raíz de su existir.


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