LA PLUMA QUE DABA ACCESO A LO QUE ESCONDÍA LA PUERTA
No le dejó pasar.
La puerta, cerrada a cal y canto,
era una barricada infranqueable.
Su peso la volvía
en un duro muro inamovible.
Le propuso un trato.
Un pacto por el cual llevarle una pluma
caída en el invierno.
Y debía ser del plumaje
de una paloma que bebiese del agua
de una fuente.
Quedó consternado.
No sabía qué fue lo que le sorprendió más.
Si el oírla versando
o la condición palpable.
Tras considerarlo, decidió ir en busca
de aquel ave.
Fue la curiosidad
lo que a buscarla al final le empujó.
Optó por caminar hacia un parque.
Fue ahí que viera una
mientras caía parte de su plumaje.
La cogió, y tras despojarla
de la suciedad que le servía de traje,
la resguardó en un bolsillo
y marchó donde la puerta.
Esta cumplió su palabra
y, tras aflojar y comenzar a abrirse,
le permitió ver un mundo
que sus ansias satisfacía.


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