La Corona que buscaban fundir



Era un Rey extraño. Tan raro era que decidió vivir entre la plebe. Optó por ser una persona normal. Sentir lo que padecían en su día a día. Y, para ello, tomó la resolución de abdicar. Dejar el poder y que el gobierno del Reino pasara a estar en manos de la gente. Aunque nunca antes hubiera sucedido algo parecido en lo que a partir de entonces dejaría de ser territorio bajo su mandato.

Pero, a pesar de ello, existía en aquellas tierras una Ley que explicaba los pasos a seguir con tal fin. Y estos decían que debía coger su corona y fundirla. Con ese gesto rompería las ataduras que maniataban al pueblo. Pasarían a ser dueños de sus existencias sin nadie que las dirigiera. Ni siquiera el clero tendría potestad en tales ámbitos.

Aunque resultó que, llegado el momento de realizar la acción, la corona desapareció. Nadie supo lo que sucedió. La consternación presidía el clima de la ceremonia y las miradas inquisidoras comenzaron a poseer a los presentes. Todos se acusaban entre ellos. Todos se culpaban. Y, a lo lejos, una risa maquiavélica parecía oírse a través de las paredes. Viendo la situación, al Rey no le quedó más remedio que seguir ocupando el Trono.

Desde entonces, fueron pasando los años y el Monarca terminó cada vez más alicaído. Deprimido. Hundido. El ambiente de crispación era cada vez mayor. No apareció aquel que hizo desaparecer la corona. Y no había día en el que una riña surgiera entre personas recriminándose lo sucedido. Todos eran culpables a los ojos de los otros. Todos eran inocentes mientras señalaban al de al lado. Lo que fue un Reino próspero y armonioso acabó viendo cómo cada peldaño de él desaparecía. La podredumbre ocupó cada esquina. Cada altar. Cada hogar.

Y el único consuelo que encontraba el Rey era cuando estaba en compañía del que era su Asesor de confianza. Aquel que, poco a poco, fue acercándosele más a medida que las raíces que hasta entonces fueron alimentando todo iban marchitándose. Era el único en el que confiaba. El único cuyas palabras parecían tener sentido. Algo de lógica. Algo de sentido común. El único que parecía mirar por los súbditos en vez de la riqueza. Menos aún la de su bolsillo.

Y, a pesar de todo ello, el Rey continuaba encogiéndose cada vez más. Incluso llegó a pensar que estaba siendo envenenado. Pero lo descartó. Con la poca vitalidad que le quedaba, y recurriendo a los conocimientos de medicina que disponía, analizó su cuerpo. Su sudor. Su sangre. Su alma y corazón. Llegó a la conclusión de que estaba sano. Y fuerte. Pero, al mismo tiempo, cada vez estaba más cansado. Y esto hizo que acabara postrado en el Trono. Ni siquiera para dormir lo abandonaba.

Sería que, en medio de su constante agonía, tuvo un momento de lucidez. Observó que su Consiliario siempre portaba una desgastada bolsa de cuero a su espalda. Era así desde el momento en que lo conoció. Y, por el aspecto que presentaba, era vieja. Muy vieja. Dedujo que la llevaba desde antes de acceder al cargo. Además, daba la impresión de que en su interior guardaba algo pesado. Esa carga hacia que, a medida que transcurría el tiempo, tuviera cada vez la espalda más encorvaba.

Finalmente, y pretendiendo descubrir el misterio que lo rodeaba, le pidió que la abriera y mostrará lo que en su interior había. Pero se negó a hacerlo. Entonces, el Rey se lo ordenó con una energía que nunca jamás alguien presenció. El Consejero ignoró su mandato. Como último remedio, y recurriendo al estatus que su posición le concedía, mandó a cuatro soldados que lo apresaran. Y a un quinto que extrajera lo que dentro del macuto escondía.

La sorpresa fue tremenda. El soldado no daba crédito a lo que tenía en sus manos. Tampoco el Monarca a lo que sus ojos contemplaban. Era la Corona desaparecida. Y entonces entendió. Toda la sabiduría del Consejero, en realidad, era el disfraz de la inquina. El ansia por disponer de poder y hacer con la gente lo que quisiera. De controlarlos. De poseerlos. Ahí fue que, tal si de un milagro se tratara, recuperó sus fuerzas y se dirigió donde él. Al llegar a su altura, y sin decir nada, agarró el objeto que lo identificaba como Rey.

Pero no la colocó en su correspondiente posición. En su lugar, solicitó reunir al pueblo en la plaza del pueblo. Y encender la forja que en ella estaba instalada. La misma que allí fue dejada tras suspenderse el proceso que en su momento fue lastrado. Mientras tanto, el Asesor sería llevado a rastras hasta ahí y dejado en el mismo centro con tal de que la población lo observará.

Al verlo, el silencio arropó el lugar. Todos comprendieron. Pero nadie dijo nada. Aguardaron pacientemente la llegada del Rey. Y, al hacerlo, este levantó en alto su mano izquierda. En ella portaba la Corona. No pronunció palabra alguna. Parecía haber recuperado la salud. Incluso casi tenía la misma estampa que en sus tiempos de juventud.

Sería entonces que la arrojaría al fuego dejando que fuera fundiéndose lentamente. Y la imagen de su rostro volvió a brillar. No dijo nada. No sonrió. No realizó gesto alguno que delatara su discurrir. Ni las emociones que pudieran abrazarle. Dio media vuelta dejándoles sin su presencia. Los ciudadanos sabían de sobra qué hacer con el Orientador; y sus consejos. Y cómo tomar las riendas de la futura sociedad.


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