En el interior del arca



Sem no cesaba en sus lamentos al dejar su hermano la habitación de la cabaña. Y no sabía qué era lo que le dolía más: si su cuerpo o el corazón. Incluso estando cobijado, continuaba sintiendo la lluvia empapándole a pesar de que disminuyó en intensidad dos horas atrás. Quizás lo hizo al momento de chocar la embarcación contra las rocas. O puede que lo hiciera después. ¿Pero fue antes o tras escapar espantados los animales en una frenética estampida? No estaba seguro. En ese momento le imbuía la histeria mientras intentaba localizar supervivientes.

Cam y su familia estaban bien. Malheridos y asustados, pero en perfecto estado de salud. De Jafet y compañía no encontró rastro alguno. En mitad de la tempestad le pareció verle caer por la borda. Y detrás de él fueron su esposa e hijos al tratar de ayudarle. Pero no podía saberlo a ciencia cierta. Era tal la casi nula visibilidad en ese instante que todo lo que contempló le parecía irreal. Sacado de un mundo de tinieblas que no debería ser atisbado.

Por fortuna, los suyos no participaron del viaje. Decidieron quedarse en su hogar sin tomar partido de lo que tildaban de locura. Opinaban que el trayecto sería menos peligroso si lo hacían por tierra. Y decidieron realizarlo de esa manera. Él no puso ninguna objeción. Lo compendió a la perfección. Incluso era partidario de su misma impresión. Pero el amor a su padre lo obligaba a acompañarle en aquel disparate. Y así se lo hizo saber. Le dejó bien claro a Noé que lo arroparía pasara lo que pasara pese a creer que estaba equivocado. Y la tragedia que forjó la tormenta sólo incrementó su pesar al ver que tenía razón.

(Dos horas antes)


- Padre, en serio, ¿qué piensas hacer si las aguas se nos vienen encima?

- Confiar en la Palabra de Dios. Nada nos ha de pasar.

- Padre, yo también confío plenamente en Él. Pero creo que estás siendo demasiado confiado. Lo que presagia lo oscuro de esas nubes que están a punto de llegar no refleja nada bueno. Puede que la madera del barco no aguante.

- Confía, hijo. Confía.

Sem no contestó. Sabía de sobra que no iba a hacerle cambiar de parecer. Noé tomó la decisión hacía mucho tiempo. Y desde que declaró que la inspiración provenía de Yahvé... la certeza de que no iba a echarse atrás adquirió un cuerpo grueso e impenetrable. Y no. No maldijo a nadie por ello. No era sólo que sus lazos le obligaran. Ni siquiera el deber de obedecer a su padre como hijo. Era, simple y llanamente, porque sabía que si algo ocurría tendría que tenderle una mano.

- Tranquilo, sabe lo que hace - era la voz de su madre Naamá hablándole al oído -. Además, el Señor ha volcado su confianza en él. Saca todo el miedo que te recorre. Respira. Llegaremos sin ninguna complicación.

Sem guardó silencio. En su interior deseaba que estuvieran en lo cierto. Pero un mal presentimiento no cesaba de acecharle a modo de dolorosas punzadas en el estómago provocándole náuseas. Y no las ocasionaba el bamboleo de la embarcación. Era algo más, aunque no supiera qué era. Quería creer. Y creía. Pero algo le decía que todo aquello no podía terminar bien. Y esa voz aumentaba en volumen a medida que cada vez estaban más cerca de los nubarrones a los que directos iban dirigiéndose.

(En mitad de la tormenta)


El balanceo de lo que en bromas bautizaron como arca era descomunal. Casi no podía mantener el equilibrio mientras se agarraba a la barandilla colocada en la pared al bajar las escaleras que daban a los establos. Noé acudió media hora antes pretendiendo que no les pasara nada a los animales. Quería atarles más fuerte y fortalecer la madera de las cercas. Pero no estaba en condiciones. Había bebido más de media garrafa de vino. Y su efecto estaba a flor de piel. "Dios nos lo ha entregado para que quitar los miedos", vociferó a los cuatro vientos antes de ir.

- ¡No estás en tus cabales! - le gritó encolerizada, y llena de miedo, Naamá - ¡No hagas locuras!

- ¡Es una prueba del Señor! ¡Él quiere que lo haga!

Pero en cuanto la mujer fue a contestarle, un rayo golpeó el mástil principal. Lo quebró. Y el enorme trozo de madera aterrizó en la cabeza de Naamá. Estando el cuerpo tendido en el suelo, observaron que su craneo estaba completamente destrozado. Tembló de extremo a extremo hasta detenerse por completo.

- ¡Pecadora! - recriminó Noé a su fallecida esposa -. ¡Este es tu castigo! ¡Dios lo sabe todo! ¡No has seguido sus órdenes!

Todo esto recordaba Sem mientras descendía los escalones que daban a lo que bien podría ser parte de una gran bodega. Pero al acceder encontró a su progenitor tirado en el piso apoyándose contra la pared. Estaba todavía más ebrio. Sus incesantes balbuceos eran casi inteligibles.

- Nos ha abandonado, no hay escapatoria - murmuraba -. ¿Qué mal hemos hecho? ¿Por qué nos ha dado la espalda?

El joven fue hacia él tratando de levantarlo. "Venga, Padre. Haz un esfuerzo. Tenemos que salir de aquí. La costa está cerca. Con un poco de suerte, podremos llegar nadando".

- ¿Es que no lo entiendes? ¡Todo ha terminado! ¡Nos ha abandonado! ¡Estamos perdidos!

Sem fue a reprocharle su actitud, pero no llegó a hacerlo. Un enorme toro se abalanzó sobre ellos. Pudo esquivarlo, pero no Noé. Un asta del animal atravesó la testa del patriarca a través de su ojo izquierdo. Falleció casi al instante. No daba la sensación de que hubiera sufrido. Ni siquiera de percatarse de lo sucedido. Y él, primero arrastras y después a trompicones, en cuanto logró ponerse en pie, ascendió las escaleras con mucha dificultad. Al llegar a su salida, al acariciar el exterior, fue cuando le pareció distinguir que Jafet caía por la borda. Y después su mujer e hijos al tratar de socorrerle.

Entonces, sintió un gran golpe al que le siguieron los gritos enloquecidos de los animales. Habían tocado tierra. Pero de qué manera. El casco terminó completamente destrozado. Y fue creado un enorme boquete en la madera que alcanzaba donde estaba él. Y ahí sería que los vio aparecer completamente enloquecidos para después saltar a la orilla. Muchos perdieron la vida en la acción. Los que sobrevivieron acabaron desperdigándose por doquier.

Desesperado, optó por tirarse a la arena de la playa. Fue un acto sin planear. Puro instinto. Y por un instante, mientras caía, llegó a pensar que sus dos piernas terminarían quebrándose por el impacto. Aunque quizás fuera la cadera. O algo peor. Pero aunque el impacto fue tremendo, enseguida se dio cuenta de que estaba ileso. Por lo menos a simple vista. Miró alrededor. No sabía qué debía hacer. Ni a qué prestar atención. Ahí sería que viera a Cam y el resto. Sin saber por qué, comenzó a reírse histéricamente. Y cuando estos comenzaron a acercársele, se desplomó sobre la arena después de desmayarse.

(Los distintos destinos)


Al despertar, la cabeza le daba vueltas. El dolor de esta era peor que en sus mayores resacas. Incluso su boca pastosa era aún mayor que en tales ratos. Y, cuando la vista fue aclarándosele, descubrió a su hermano con una agradable sonrisa surcando su rostro.

- ¿Y ahora? - le preguntó Cam.

- Pues qué quieres que te diga. He de ir con Zalith y los niños.

- Lo sé, lo sé - trató de tranquilizarle -. Me refiero a si quieres que te acompañemos o si seguimos con el plan que tenía Padre sobre que cada uno tomara caminos diferentes.

- Haz lo que creas oportuno. Dentro de su locura, construyó nuestro futuro con delicadeza. Si decides ir... mi corazón estará contento. Pero no... no hace falta que me acompañéis. Por lo que he calculado, estamos a menos de diez kilómetros de donde está Zalith. Y a ocho de tu futuro hogar. Puedo llegar solo. Lo mejor sería que nos juntáramos dentro de un mes. Cuando estemos instalados. Entonces... cuando estemos juntos... entonces tendremos tiempo de llorar por nuestros padres y hermanos.

Cam guardó silencio durante unos segundos. "En serio, no nos importaría acompañarte. Queremos hacerlo. Y la compañía te vendrá bien con tal de soportar el duelo".

- No, no hace falta. Quiero atravesarlo solo. Aunque Zalith esté conmigo. Necesito aislarme con tal de asimilar todo. Quizás sea que necesito comprender el porqué de la locura de Noé... de cómo nos arrastró. Pero no le guardaré rencor. Por mucho que me enfurezca la situación.

- Respecto a eso... pienso lo mismo. No hay odio ni rencor en mi alma. Sólo pena. Y frío

- Entonces, déjame hacer las cosas tal y como considere oportuno. Partid y reunámonos dentro de un mes.

- Vale, está bien. Como quieras.

- Por cierto, ¿hay por ahí algo de agua? Estoy más seco que un pescado desalado.

- Sí, anda. Toma. Pero bebe tranquilo. Puede sentarte mal. Y no te atragantes...

Cam le ofreció una bota. Por su peso, estaba a rebosar. Al cogerla, se la llevó a la boca. Con el primer sorbo la enjuagó. Y escupió el contenido. Después fue que comenzara a ingerir el agua con tragos potentes, pero cortos. Dio unos cuantos más y se la devolvió a su hermano. "No, quédatela", le sugirió. "Duerme, necesitas descansar. Al despertar prepararemos las cosas necesarias para la partida".


*Nota: este relato es, en parte, una ligera interpretación del siguiente tema musical...



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