Una mañana bastante intrascendente...
Intentaba calentarse las manos colocándolas sobre el fuego de la chimenea. También disminuir el dolor originado por el frío tras estar una hora cortando leña en aquella nevada mañana. Y justo al lado del lar del conducto, en una esquinita, el gato medio dormitaba en su canastero bajo un par de mantas. Acudió a saludarle en cuanto le oyó abrir la puerta de casa, pero acto seguido regresó a la protección del bienestar que le otorgaba el rincón que tenía reservado.
Entonces, cuando la molestia disminuyó ligeramente a la par que le permitía maniobrar, decidió ponerse un café. Pero antes tenía que prepararlo. Así que cogió la cafetera italiana que guardaba en uno de los armarios de la cocina y desenroscó la parte inferior. Fue al fregadero y, tras abrirlo, dejó que corriera el agua caliente hasta alcanzar la temperatura que deseaba. Y vertió la cantidad necesaria en el recipiente correspondiente. Hasta la altura que marcaba lo requerido.
Después, vinieron cuatro cucharadas de postre con el café molido habido en un tarro de cristal sobre la vitrocerámica. Lo aplastó un poco con la intención de que adquiriera consistencia. Encajó el recipiente superior y le dio vueltas buscando el momento en el quedara encajado. Lo apretó un poco más con delicada fuerza. Y al ir a colocarlo sobre la mecha eléctrica frenó. Olvidó encenderlo. Gustaba de que primero cogiera calor. Cuando esto sucedió, colocó el útil. Ahí prendería un cigarrillo mientras aguardaba que la bebida ebullera.
El gato, quien respondía al nombre de Mac, lo observaba desde su escondite. Parecía estar pidiéndole algo de comida. "Dame un momento", le dijo al percatarse de la situación. Acto seguido, fue a la nevera y cogió un brick de leche vertiendo un poco de su contenido en un cuenco de cerámica. Y lo introdujo durante treinta segundos en el microondas. Una vez que sonó la campana, lo sacó y añadió un poco de pienso. Al ablandarse este, hizo una especie de sopa. El michi no tenía por costumbre comerlo en verano, pero lo hacía con gusto en los inviernos. Nada más colocarlo sobre el suelo, se dirigió a él y empezó a comer con tranquilidad. Tenía siete años; el ansia y nerviosismo de su juventud hacía tiempo que desapareció.
Sería entonces que escuchara el característico sonido del café ascendiendo. Dejó el pitillo en el cenicero que tenía en la mesa ubicada en el centro de la cocina y fue a la cafetera. La apartó colocándola en la esquina del mueble aguardando a que la bebida subiera ella sola por el calor del aparato. Inmediatamente después, sacó un vaso de cristal del mueble para, a continuación, regresar a la nevera. Había vuelto a introducir el cartón del lácteo en vez de dejarlo fuera. Solía tomar la bebida acompañada. Se maldijo a sí mismo por la maniobra.
Mientras tanto, a la par que llevaba a cabo todas esas operaciones hasta el momento de coger el azucarero y una cucharilla, Mac no dejó de contemplarle atento. Lo hacía desde su canasta, pues regresó al confort de ella tras ingerir la comida. "Poco tardará en quedarse dormido", pensó. Pero el gato pegó un pequeño bote al escuchar la campanita del timbre. Por su parte, él miró el reloj que presidía la pared. Eran las 12:30 del mediodía. "¿Quién podrá ser?", barruntó.
En un principio, optó por quedarse y no descubrir la identidad del recién llegado. No tenía ganas de abrir a nadie. Quería estar sólo. Pero, habiendo pasado un minuto más o menos, volvieron a llamar. "Bueno, vamos a ver", dijo en voz baja. Y salió con paso calmado de la estancia mientras Mac le seguía con la mirada hasta abandonarla. Daba la impresión de no tener intención alguna por saber quién era. Por su parte, avanzó los cinco metros del pasillo, giró a la derecha y comenzó a descender los 15 peldaños que llevaban hasta la puerta. "Un momento, ya voy", gritó.
Al llegar, extendió la mano tranquilamente con tal de alcanzar el pomo. Presionó descendiéndolo. En cuanto percibió que la puerta cedía la abrió todavía más despacio. Al otro lado esperaba un mensajero. "Hola, buenas tardes, ¿es usted Perico el de los Palotes?", preguntó sin siquiera mirarle la cara.
- Hombre, Raimundo, ¿quién va a ser? Aunque venga de guindas a brevas sabes de sobra quién vive aquí.
- Hombre, ¿qué tal? ¿Qué? ¿De vacaciones?
- Sí, es una pequeña escapada de dos semanas. Llevo ya cinco días.
- Joder, hay que ver lo bien que vives.
- No me quejo, pero podría mejorarse.
- Vale, vale... anda toma. Necesito que me indiques el número del DNI y que después hagas uno de tus garabatos en este rinconcito.
- Cagüen Dios... no cambias. Cómo se nota que la confianza da asco...
- Y más si nos conocemos desde que somos críos.
- Ya te digo.
- ¿Qué? ¿Has venido en compañía de ese gato tuyo?
- Pues sí. Está arriba. No se ha separado del fuego en toda la mañana. Ni siquiera cuando he estando cortando leña.
- Madre mía... ¿y con la que cae te has puesto a eso?
- Sí, es una manera bastante cómoda de hacer ejercicio.
- Esta gente de la ciudad... no hay manera de entenderos. Os quejáis de vicio.
- Bueno, bueno... todos tenemos nuestras cosas. Que vosotros también sois más raros que un perro verde.
- Pues sí. No te lo voy a negar. Oye, por cierto, ¿qué es lo que te he tenido que traer?
- Una exprimidora de zumos que me hacía falta.
- Vaya, y encima cuidas tu alimentación.
- Tengo el colesterol por las nubes. Me lo ha recomendado el médico.
- Joder, a la vejez viruela, tío.
- Ya te digo.
- Bueno, pues que sepas que el sábado haré una parrillada en casa. Por si te quieres pasar.
- No te prometo nada. Pero te iré avisando.
- Vale, me lo apunto. Y ahora... tengo que irme. He de seguir con lo mío.
- Pues venga, no te demores.
- Venga, estamos.
- Hasta luego.
Nada más despedirse, cerró con suavidad el portalón y comenzó a ascender con parsimonia las escaleras. Atravesó de nuevo el pasillo y llegó a la cocina. Mac lo observaba. "¿Qué? ¿Tan perezoso te has vuelto? Podrías haber ido a saludarle", le dijo mientras dejaba el aparato sobre la mesa. El gato maulló con tono indiferente. "Vale, me estás diciendo que pasas de él; mira que no te crié de esa forma. Eres un maleducado; a saber de dónde has sacado esas cosas". Pareciendo no prestarle atención, y tras decir esto, Mac se echó más hacia atrás buscando el cobijo del calor. "Encima", protestó.
- Bueno, me voy a tomar el café y luego haré la comida. Imagino que ni te dignarás en ayudarme, ¿verdad?
Nada. No le contestó. Lo único que hizo fue seguir con sus ojos puestos en él. Devolviéndole el mismo gesto, encendió otro cigarrillo y se dispuso a disfrutar del brebaje.


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