Cuando el interior de la guarida explosionó con el exterior



El calor y la humedad del pasadizo de las cloacas le hicieron despojarse de la chaqueta. Su cuerpo estaba completamente sudado. Empapado. Además, la pesadez del ambiente era mayor que de costumbre. Pero tenía que continuar. Debía llegar a la guarida que las Tortugas compartían con Splinter. Llevaba sin noticias suyas desde hacía dos semanas. Y eso le ocasionaba un oscuro pálpito.

Por fortuna, conocía a la perfección el camino. Aunque pocas, las veces que acudió le sirvieron con tal de memorizar el intrincado trayecto. Y en medio de tal tesitura, de vez en cuando, maldecía la insalubridad que emanaba el lugar. Le seguía resultando surrealista que la inmensa mayoría de los desperdicios de Nueva York circularan momentáneamente por ahí. Y el simple acto de pensarlo le ocasionó unas punzantes arcadas. Sin darse cuenta, se vio vomitando en una de las esquinas.

Pero debía seguir. Y lo hizo tras enjuagarse la boca con un poco del agua que llevaba en una botella de plástico guardada en uno de los múltiples bolsillos del pantalón. También comenzó a mascar un chicle de menta que sacó del paquete escondido en el bolso. Entonces, encontró la disimulada señal que indicaba la entrada al refugio. Con mucho esfuerzo, desplazó una enorme piedra que ocultaba un pasadizo. Al entrar, la volvió a mover ocultando el acceso y avanzó unos cinco metros casi en cuclillas.

Al fondo, distinguió la luz de la estancia que daba la bienvenida. Pero por nada del mundo imaginó que iba a encontrarse a Shredder en el otro lado. Estaba sentado en una mesa. Esperándola. Y con un gesto le indicó que se sentara en la banqueta que había frente a él. Parecía tener todo dispuesto con tal de recibirla. Tratando de mantener el tipo, y disimular la ira que estaba apoderándose de ella, accedió ocupando el lugar indicado. "Yo no tengo nada que ver con esto". Fue lo primero que dijo a través de su característica voz enlatada y profunda.

- ¿A qué te refieres? ¿Dónde están?

- No lo sé. Mis secuaces también han desaparecido. Incluso Krang.

- ¿Qué?

- Lo que has oído.

April trató de calmarse a pesar de sentirse completamente perdida por lo que acababa de escuchar. Pero no pudo evitar dar un fuerte golpe en la mesa. Con ese gesto no logró calmar la frustración. Y decidió fumar un cigarrillo. Lo sacó del paquete que guardaba en la camisa. Y le ofreció uno a Shredder. Este lo aceptó. Y, a continuación, hizo algo que nunca jamás hubiera imaginado. Llevó sus manos a su máscara de acero. Aquella que siempre ocultó su identidad. Y, suavemente, la retiró dándole a conocer sus rasgos.

Estos eran asiáticos estando su rostro dibujado con una profunda barba oscura de una semana. Sus párpados rasgados casi no permitían el distinguir de los ojos. Además, y aunque le resultara increíble, su piel era morena. Casi alcanzando la tonalidad del café.

- ¿Y esto a qué viene? - preguntó April después de encender temblorosamente el cigarro y ofrecerle el mechero.

- Considéralo una especie de tregua... hasta que resolvamos todo... o nos atrapen.

- ¿Cómo? ¿Quién?

- Los científicos de alguna compañía farmacéutica. O por lo menos así parece sobre el papel. Es una tapadera. En realidad, podría ser una oscura rama del ejército. O tal vez de alguno que sea privado y tenga unos siniestros propósitos. ¿Cuáles? No lo sabría decir.

- Vale. Supongamos que te creo... ¿dónde están las tortugas?

- Ahí - dijo señalando una enorme pecera -. Si te fijas, verás cuatro. Son tus amigos. Hace dos semanas vertieron una especie de gas en la alcantarillas de la ciudad... y este hizo que terminaran volviendo a la normalidad. El porqué de que estén ahí... no puedo ni imaginar su propósito...

April se levantó dirigiéndose al acuario. Sí, allí había cuatro tortugas. Pero no podía creer lo que le estaba diciendo. Hasta que, tras fijarse detenidamente, en sus cuerpos distinguió aquellas cicatrices de guerra que tan bien conocía. Su corazón le dio un vuelco. ¡Estaba diciendo la verdad! "¿Y Splinter? ¿Qué ha sido de él?".

- Está... en esa jaula de hamsters que tienes a tu derecha.

La reportera volteó la cabeza. Y vio al roedor en su encierro particular. "¿Son conscientes de lo que pasa? Quiero decir... ¿saben lo que sucede a su alrededor?".

- Sí... y no...

- ¿Qué quieres decir?

- Ellas, las tortugas, han vuelto a su estado natural. Por decirlo de alguna forma, su existencia es la que les correspondería siendo lo que son. Es imposible comunicarse con ellas.

- ¿Y Splinter?

- Él era humano antes de convertirse en rata. En su caso... sólo ha adquirido las dimensiones de la especie en la que se transformó. Puede hablar. Nos entiende. Pero no quiere hacerlo. ¿Por qué? No lo sé...

- Entonces... ¿a tus esbirros les pasará lo mismo que a él? ¿Dónde están?

- No tengo ni la más mínima idea... pero sí... estarían en la misma situación que el Maestro.

- Vale... tratemos de tranquilizarnos... y de pensar en frío... ¿qué ha pasado con Krang? Su caso es completamente diferente al de todos ellos.

- Sí... pero él desapareció antes que los demás. No dejó rastro alguno. Y sobre eso sí que no sé qué pensar.

- ¿No estará él detrás de todo esto? Quizás te ha traicionado...

- Siempre cabe esa posibilidad... si me pongo a analizarlo... tendría todo el sentido del mundo que se hubiera puesto en contacto con ese grupo de... con ese ejército de sicarios que... por lo que he averiguado... dispone de un equipo de científicos altamente cualificados... están especializados en genética... y química...

- Ya... y ahora... como si de una serie de televisión se tratara... aparecerá... te matará y me revelará todas sus intenciones diciendo que en todo estabas en lo cierto... que eras un buen sirviente y tal... pero que debía eliminarte para que todo se llevara a cabo...

- Que no te extrañe...siempre ha sido muy infantil... y dado al espectáculo...

- Lo sé... llegué a hacer varios reportajes sobre ello. Creo que no le sentó nada bien.

- Sí, así es.

La mujer comenzó a caminar de una lado a otro de la estancia intentando aclarar la mente. Aquello no tenía ningún sentido. Y cada vez que miraba a Shredder... ese rostro le resultaba tan familiar... creía haberlo visto antes... y en muchas más ocasiones, además.

- Suelo... suelo acudir a la misma biblioteca a la que vas a documentarte - le confesó.

- ¿Cómo?

- Lo que oyes. Fue de casualidad. Desde hace mucho tengo la costumbre de ir varias veces a la semana. Y me tiro dos horas leyendo cualquier libro. Lo suelo hacer buscando tranquilidad. Con la intención de relajarme. Y un día, sin más, te vi. Me quedé perplejo. Estuvimos tanto tiempo siguiéndote que, a pesar de ello, no sabíamos que tenías esa rutina. En un principio, opté por atacarte. Pero me decanté por observarte. Nunca creí que fueras tan minuciosa en tu trabajo. Tanto que hasta que no publicabas tus artículos no sabía sobre qué estabas investigando.

- Vaya. En el fondo, soy bastante despistada. Pero eso que mencionas son gajes del oficio.

- Eso pensé...

April lo miró de arriba abajo. Sí. Lo había visto muchas veces. Pero le pareció tan... tan normal que jamás sospechó que pudiera tratarse de él. A sus ojos, sólo era una persona más de las que pululaban por la ciudad. Una que tenía unas costumbres bastante raras si se atenía a lo que era común entre la población.

- Vale, ¿y ahora qué hacemos? - inquirió bruscamente, aunque al mismo tiempo su voz mostraba un tono dulce.

- Deberíamos salir de aquí. E ir en busca de Krang. Él tiene la clave de todo. Él ha de ser el artífice.

A pesar de todo lo expuesto, April dudaba. "Algo no encaja en todo esto", dijo expresando su incertidumbre.

- ¿A qué te refieres?

- Pues que alguien que no hemos tenido en cuenta podría verse beneficiado.

- ¿Cómo?

- ¿Y si el interés detrás de todo esto fuese la gloria?

- ¿Qué?

- El llevarse todas las medallas. Qué mejor forma para ello que eliminar a los enemigos de la ciudad y tildar de traidores a sus salvadores.

- Venga, por favor... ¿quién podría tener semejantes intenciones? Suena... suena demasiado burdo... tosco...

La mirada que April le lanzó a Shredder lo dejó petrificado. Unos sudores fríos comenzaron a surcar su cuerpo. Hasta empezó a temblar por la fortaleza escondida que expresaba el gesto. "¿Me lo estás diciendo en serio? ¿Tantos años vanagloriándote de tu supuesta sabiduría y no tienes ni idea de quién pudiera actuar así?".

- No se me ocurre nadie.

- Perfecto, eres un grandísimo idiota.

Shredder guardó silencio. Y comenzó a meditar. En el fondo, tenía la sensación de que la reportera tenía razón. Algo, o alguien, había quedado fuera de sus cábalas. Y esa incógnita comenzó a quemarle por dentro. Entonces, y sin saber por qué, fijó su atención en la pecera rememorando las constantes batallas que mantuvo con las tortugas. Y algo le llamó la atención...

- Mira - dijo señalando el acuario -. Mira, sus cuerpos están boca arriba. Están muertas.

- ¿Qué?

- ¡Y Splinter también! ¡Está muerto!

En ese instante, la compostura que April mantenía terminó por quebrarse. Comenzó a llorar amargamente mientras caía al suelo llevándose las manos al estómago. "¿Quién? ¿Quién ha hecho esto?", expresó sollozando.

Por su parte, Shredder permanecía impertérrito. Aunque algo en su interior estaba alterándose. Y llegó a la conclusión de que sus aliados habían tenido el mismo final. Y que si no hacían algo rápido, si no se iban de allí, ellos dos acabarían igual.

Así que, con un movimiento pausado y milimétrico, volvió a colocarse la máscara. "Casey Jones", soltó de repente dejando sonar su peculiar voz.

- ¿Qué? - gritó amargamente April.

- Lo que has oído. Esto forma parte de su juego. De su necesidad de protagonismo. Ha pasado de anhelar venganza a ansiar dominar a todos aquellos que interrumpieron su camino.

- ¿Y por qué nos has dejado a nosotros dos?

- Pues porque...

Unos aplausos lo frenaron. Y dirigió su atención al lugar del que procedían. Justo a la entrada de la guarida. Y continuando con esa mismo gesto de celebración en el cual no disimulaba su palpable cinismo, lo vio. "Yo te lo diré", comentó el joven mientras los analizaba.

- Pero antes... tenéis que saber que os quedan unos cinco minutos de vida. El veneno que hay en el aire ya ha hecho efecto en vuestro organismo.

- ¿Qué has hecho, niñato desagradecido? - le recriminó April a viva voz.

- Nada, sólo tomar lo que es mío - reveló -. Tú posees demasiada fama, mientras que Shredder es un freno en mis planes. Al igual que los demás. Pero me habéis enseñado bien. Y he aprendido de vuestros errores. Y eso es algo en lo que no voy a seguiros.

Guardaron silencio. Aunque no querían creerle, sabían que no mentía. Tenían los minutos contados. "Al final, recibiréis lo que tanto habéis buscado. Tú, mi querida periodista, la mejor primera plana de tu carrera profesional. Y en cuanto a Shredder... podrá resarcir su nombre al sacrificar su vida con un acto heroico que salvará a la ciudad al haberse aliado con sus enemigos".

Entonces, soltó un par de besos al aire que iban dirigidos a ellos. "Era tan peligroso ese equipo de mercenarios y locos químicos que no te quedó más remedio...", dijo para, a continuación, hacerles una teatral reverencia. "Pero no, las tortugas no quedarán de traidoras ante la ciudad por haberse unido a un complot contra ella".

- ¡No digas estupideces! - le recriminó Shredder abandonando su perpetua compostura - ¡Lo que dices no tiene ni pies ni cabeza!

- ¿Estupideces? - contestó sarcásticamente - ¡Estupideces dice! ¿Acaso no has empezado a soltar esputos negros? ¿No lo ves? Necios. Allá vosotros. Aquí os dejo. En unos diez minutos llegarán los equipos médicos y la Policía. Lo único que tendrán que hacer es certificar vuestro fallecimiento. Y yo quedaré como el único superviviente de toda esta tragedia.

- ¿Qué has hecho? - berreó April.

- Nada. Sólo ordenar las cosas y ponerlas en su sitio. O diseminar unos garbancitos en el camino con tal de que hicierais vuestra parte. Aunque los hayáis ordenado de forma incorrecta tergiversando su significado. Y ahora, si me disculpáis... he de poner sobre la mesa los últimos detalles. Hasta luego.


















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