Un breve descanso antes de reanudar la búsqueda
Su silencio era profundo. Meditativo mientras no apartaba la mirada de la hoguera que en la noche les otorgaba luz y calor. Además, la pesadumbre hizo acto de presencia en su rostro. El primero en apreciarlo fue Legolas, pero, fiel a su costumbre, no dijo nada. Esperó a que el heredero al trono de Gondor hablara sobre lo que le rondaba por la cabeza. Aunque no lo hizo. Continuó sumergido en sus pensamientos pareciendo ajeno a todo lo que les rodeaba.
Todavía sin percatarse de lo taciturno de su semblante, Gimli decidió azuzar el fuego. Para ello, recurrió al mismo mango de su poderosa hacha. Y mientras lo hacía estando sentado, dirigió su mirada a las estrellas. Brillaban con un resplandor fuera de lo común. "No tengo muy claro si es un presagio de buenas nuevas o, por el contrario, es su último destello antes del desastre". Sus compañeros nada comentaron al respecto. Aragorn siguió en la misma tesitura. Legolas emitió una extraña sonrisa. "Puede que tengas razón en ambas cosas", susurró poco después con tal de evitar delatar su posición. Y eso que la hoguera ya suponía un peligro en sí.
- ¿A qué te refieres? - quiso saber el enano.
- A que lo que viene no está nada claro. Ni siquiera la naturaleza puede alcanzar a atisbar lo que hay en el horizonte.
Gimli suspiró. E hizo un gesto con el cual expresaba su conformidad ante lo dicho. Era de la misma opinión. Pero, pese a ello, la esperanza no desapareció de su corazón. Algo le decía que saldrían adelante. Y que el primer paso en todo aquel laberinto era localizar cuanto antes a Merry y Pippin. Fue entonces que notó el extraño semblante en aquel al que los elfos llamaban Elessar.
- ¿Qué es lo que piensas? - soltó el enano de una forma tan brusca que incluso sorprendió a Legolas. Pero Aragorn ni se inmutó.
- En La Comarca - expresó sin emitir sensación alguna que pudiera percibirse.
- ¿A qué te refieres? - quiso saber el hijo de Glóin.
- Estamos a media jornada de distancia de los Hobbits. Deberíamos ponernos en marcha. Hemos descansado suficiente - contestó en su lugar.
- Aragorn, por favor, no seas esquivo. ¿Qué es lo que quieres decir con lo de que estás pensando en La Comarca?
Legolas lo analizó detenidamente. Creía saber lo que iba a contestar. Aunque se conocían desde hacía poco, sabía de las historias que rodeaban a esa zona respecto a la oculta presencia de los Montaraces.
El Heredero cogió aire. Pero no alteró su efigie. Seguía siendo inexpugnable a ojos de terceros. Tras unos segundos que les parecieron interminables, habló.
- En la paz que rodea a ese lugar. Desde hace siglos les hemos protegido. Y para ello hemos actuado codo con codo con una pequeña guardia de ellos. Son unos guerreros formidables. Sus lugareños nada, o casi nada, saben del mundo exterior. Viven en un espejismo de paz que ha costado mucha sangre.
"Y ahora, mientras el final de toda esta locura está tan cerca, me pregunto si habremos obrado bien. No por el hecho de haberles dado un mundo pacífico en el que vivir, sino por mantenerles aislados de lo de fuera. En el fondo, viven en un gueto. Casi no tienen relación con otros pueblos. Y estoy empezando a llegar a la conclusión de que puede ser una gran desventaja. Si salimos victoriosos... van a recibir un gran golpe cuando descubran todo. Y si la derrota nos aprisiona... el desastre va a ser aún mayor entre ellos... son tan inocentes y confiados"...
- No, desecha ese vocabulario - le recriminó el enano -. La palabra derrota no está en nuestro diccionario. Además, tienen un espíritu guerrero descomunal. Lo hemos visto una y otra vez. Sabrán salir adelante.
- Sí, eso es así - contestó Aragorn -. Es algo que llevan en su sangre desde tiempos antiguos. Pero es muy difícil que aflore. Están tan acostumbrados a la comodidad... sólo al momento de percibir el peligro emerge. Y, a veces, ni eso. Y tal y como vimos con Smeagol, o Gollum, no son inmunes a la perversión. El mal en ellos puede arraigar con destreza e inquina. Menos mal que a Bilbo le fue retirado el Anillo Único justo a tiempo.
- Lo mejor sería que no lo nombraras - interrumpió Legolas -. Hay muchos ojos y oídos pendientes de esta zona. No saben qué es lo que buscan. Pero están siempre atentos.
- No importa el número que sean; nuestras hachas y espadas los acabarán - bramó Gimli.
- No, no es el momento de luchar - corrigió el Heredero -. O por lo menos por ahora. Primero tenemos que alcanzar a nuestros compañeros. Después habrá que desenvainar las armas. Pero durante poco tiempo. Tenemos que reservarlas hacia el final que se avecina. Sea el resultado que sea.
- Vamos, que cuando encontremos a los orcos nos servirán de pequeño calentamiento - comentó con sorna Gimli. Ante esto, todos ellos trataron que las carcajadas no resonaran ante la ocurrencia -. Bueno, ¿qué? ¿Nos ponemos en marcha?
- Como queráis - comentó el elfo -. Pero podemos esperar unos quince minutos más. Han frenado. Y nos vendrá bien ese descanso extra ante lo que nos espera. Los alcanzaremos pronto, pero es conveniente que estemos descansados. Sobre todos vosotros.
- Malditos elfos, ¿es que acaso no descansáis? - ironizó el enano con su característico tono burlesco.
- Sí, lo necesitamos. Pero no al igual que vosotros. Yo también estoy agotado.
- Venga, dejaros de palabrería - interrumpió Aragorn con un tono autoritario hasta entonces jamás contemplado -. Descansemos esos quince minutos y pongámonos en marcha.
Los otros dos lo miraron sorprendidos. No esperaban un acto parecido. Y él leyó perfectamente lo que atravesaba sus corazones sólo por el mínimo variar que hubo en su respirar.
- A esto es a lo que me refería - expresó -. La tentación es cada vez mayor a medida que nos acercamos incluso sin estar presente el arma del Enemigo. Son los restos de Morgoth en la tierra. Y el del Ojo Que Todo Lo Ve sabe aprovecharlo a la perfección. Hemos de mantener nuestros corazones alegres. No caer en la pesadumbre. Y lo que acabo de decir, cómo lo he hecho, es un claro ejemplo. Ha sido la gris imagen de La Comarca lo que lo ha provocado. El Enemigo cuenta con recursos que, tal vez, ni él mismo sabe. Pero, al mismo tiempo, los aprovecha a la perfección. Aunque sea de manera inconsciente.
- Eso es lo mismo que querían Galadriel y Elrond que interiorizáramos - agregó Legolas -. Y el motivo por el que Glorfindel no terminó uniéndose a La Compañía. El veneno de la Oscuridad que salpicó su sangre en la Última Batalla es inapreciable. Pero El Ojo puede usarla a su favor. Y un elfo, y más con sus características, podría desbancar, incluso, al Señor de los Nazgul si cae en la Oscuridad.
- Por eso hemos de arrancar nuestro viaje otra vez - comentó Aragorn -. Y lo hemos de hacer cantando. Tarareando para que nuestros corazones no terminen oscureciéndose.
- ¿Da igual la naturaleza de la canción? - preguntó Gimli.
- Sí, el caso es que nos aleje del contagio de La Sombra - contestó Legolas.
- ¿Pues a qué estamos esperando? - soltó el Hijo de Gloin a la par que daba un salto - ¡Vamos! ¡Pongámonos en marcha!


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