Más allá del interior de la ballena



En el fondo, no deseaba salir a la superficie. Pero la humedad habida en el interior de la ballena estaba destrozando la madera de su cuerpo. Y lo único que le dolió, aunque no mucho, fue tener que arrancarse parte de ella. Lo hizo con tal de prender lumbre, por el hambre que los dominaba. Y la primera víctima fue Cleo. Necesitaban recuperar energías. Estaban famélicos.

Gepetto y Fígaro se negaron a comer. No querían participar de semejante barbaridad, decían. El pececillo los acompañó durante mucho tiempo, incluso antes de emprender la búsqueda de Pinocho. No podían hacerlo. Y él, al observar su actitud, sólo dejó escapar un gesto de satisfacción. "Más me toca", pensó. Sin más dilación, lo asó y disfrutó de sus carnes sin disimular el gozo.

Después, y sin darle importancia a lo que acababa de hacer, les preguntó el porqué de que hubieran decidido ir a buscarle. "Eres mi hijo, ¿qué querías que hiciera?", cuestionó indignado Gepetto a la par que no cesaba de recrear los gritos de dolor del pez mientras en vida estaba siendo cocinado. "Nada, dejarme seguir mi camino; creí que quedó bien claro cuando decidí ir a recorrer el mundo", contestó bruscamente el muñeco.

Su padre ladeó indignado la cabeza. No comentó nada, pero su hijo entendió perfectamente lo que pretendía trasmitir. "No hay forma de entenderle; ni siquiera en momentos de peligro es capaz de actuar con egoísmo", rumió al quitar con desdén la grasa que cubría su rostro. Tampoco disimuló el placer que le causaba toda aquella situación. Mientras tanto, Fígaro lo observaba desde la distancia. Escondido entre las sombras.

- Bueno, por lo menos hemos conseguido que en este lugar haga calor. Lástima lo de la humedad. Padre, debe estar destrozándote los huesos.

- Ese es el menor de nuestros problemas. Hemos de idear algún plan que nos permita salir de aquí.

- ¿Qué inconveniente tienes? Es un sitio bastante cómodo; además, no nos van a faltar las provisiones - comentó Pinocho fijándose en las paredes del estómago de la ballena -. Si la cosa se pone mal... lo único que tendremos que hacer es cortarle un poco; no va a pasarle nada.

- Hijo, sigues sin entender...

- No hay nada que comprender - soltó visiblemente encolerizado -. Y ahora, si me lo permitís, voy a echarme una siesta. Necesito descansar. No me molestéis.

Fue a una esquina sin quitarle ojo al gato. Se acurrucó estando sobre el suelo tardando poco en quedarse dormido. No le costó. El sentir que estaba lleno propició ese estado. Y sin más, arrancaría a roncar haciendo que estos retumbaran a través del eco que producía el lugar. Gepetto lo observaba y, de vez en cuando, se llevaba las manos a la cabeza por la impotencia después de avivar el fuego. Sí, sus huesos estaban doloridos. Mucho más que de costumbre.

- Anda, Fígaro, ven aquí - le pidió.

Aunque en un principio vaciló, la pequeña mascota fue donde él aprovechando que había acabado de apoyarse contra la pared tratando de conciliar el sueño. Estaban cansados. Necesitaban dormir.

- ¿Por qué hace esto? ¿Qué le hemos hecho? - susurró el michi mientras terminaba de acomodarse sobre las piernas del hombre.

- No lo sé. Sabes de sobra cómo es... lo mejor será que no le provoquemos. Puede ser un desastre. No sabemos qué puede llegar a hacer en uno de sus ataques de ira.

- Está bien - le contestó suavemente. Por nada del mundo quería despertar a Pinocho. Sabía de sobra cómo las solía gastar en tales circunstancias.

No dijeron nada más. Poco a poco, fueron quedándose dormidos sin darse cuenta. Así fue que cuando Gepetto despertó no reconocía nada de lo que había a su alrededor. "Deben ser los gases que hay dentro del interior de este animal", concluyó al momento de ir aclarándosele la cabeza. De repente, un agradable olor le llegó. Y comenzó a alarmarse. Podía perfectamente imaginarse el origen de tan exquisita fragancia.

- ¡¿Qué has hecho?! - vociferó estando preso de la impotencia.

- Nada, me he despertado con hambre - respondió Pinocho -. Madre mía, hay que ver lo esquivo que era el gato de marras. Me ha hecho correr detrás suyo por casi todo el estómago. Pero al final lo atrapé. Cómo se resistía mientras le arrancaba la piel. Estaba vivo. De esa forma los guisados saben mejor. Si quieres... en esa vasija de ahí está su sangre. Todavía está caliente. Lo mejor es tomarla así, mientras sus nutrientes están todavía frescos.

- Lo tuyo no tiene remedio - lamentó el anciano mientras comenzaba a llorar amargamente -. ¿Es que no sientes amor por nadie?. Dime, ¿qué es lo que hice mal contigo? ¿Tan mala fue la educación que te di? ¿En qué erré?

- En nada. Simplemente nunca me sentí atraída por ella. Por cierto, puedes venir y servirte un poco. Pero algo me dice que no lo harás.

- Estás en lo cierto.

- Vale. Pero si quieres seguir famélico... allá tú. Por cierto, he comenzado a hacer un agujero en la carne de la ballena. Si mis cálculos no me fallan... en menos de dos horas podremos estar fuera.

- ¿Qué es lo que pretendes?

- Pues salir de aquí. ¿Qué es lo que voy a querer?

Gepetto no dijo nada más. Estaba hundido, vencido ante la inquina de su propio vástago. Quién le hubiera dicho que esto iba a suceder al momento de verle dar los primeros pasos. En aquel entonces parecía tan normal a pesar de su naturaleza... irradiaba tanta bondad e inocencia...

- ¿Sabes? - continuó el maniquí -. Habremos de necesitar provisiones. Y la carne de este monstruo nos vendrá bien. La conservaremos con la misma sal que tiene dentro el bicho. Parece que todo lo que hay en él puede aprovecharse. Incluso puedo hacer una balsa con sus pieles interiores. Esto va a ser pan comido.

Nada. Volvió a quedarse callado. En su lugar, mientras las lágrimas surcaban su rostro en un silencioso pesar, regresó a la misma pared en la que había dormido junto a Fígaro. "Hijo mío, no tienes corazón", masculló. Y fue cayendo en un profundo sueño por el cansancio que arrastraba. Aunque las grises emociones que padecía también le empujaron a ello.


Unas electrizantes punzadas recorrieron sus muñecas. También los tobillos. Le faltaba el aire por la presión que aprisionaba su estómago. Trató de respirar. De gritar. Pero le fue imposible. Algo ocupaba su boca por completo. "Es el pañuelo que sueles llevar en el bolsillo", reveló Pinocho. "Buenos días, ¿has descansado bien?", soltó a continuación en un tono irónico y cargado de burla. De desprecio.

Por su parte, Gepetto lo único que podía hacer era removerse. Pero las ataduras le impedían escapar. Y sus gritos se quedaban ahogados produciéndole un tremendo dolor en los oídos mientras atravesaban cada centímetro de su cuerpo.

- Ya he construido la balsa. Y un par de mochilas en las que guardaré los alimentos. Pero los que tengo no son suficientes... y después de que te durmieras me di cuenta de que tenía a mi alcance la solución a mis problemas.

"¿Qué quieres decir, desgraciado? ¿Qué es lo que pretendes?", intentó expresar con sus acuciantes murmullos.

- No te esfuerces. Has de guardar energía. Además, el que te alteres tanto sólo hará que tu organismo segregue más sustancias químicas. Y eso le da un sabor agrio a la carne, aunque no creo que le de tiempo. Para ello debería dejarte así mucho más. Sería algo parecido a la maceración. Y perderías sustancia energética.

De nuevo, comenzó a revolverse. "¡Que te estés quieto!", le ordenó para después arrearle un testarazo mediante una vara en las plantas desnudas de los pies. Sus gritos de dolor eran tremendos, pero lo único que podía percibirse en el ambiente eran las afónicas súplicas que realizaba.

Pasados unos minutos, y estando aún las lágrimas recorriéndole el rostro a la par que lo ahogaban, Pinocho agarró su cara y la dirigió a la suya. Le miró directamente a los ojos.

- Tengo un remedio mágico -comenzó a decir a continuación en el mismo tono lisonjero que solía emplear cuando era más pequeño -. Lo he fabricado con los jugos gástricos de la ballena. Es una especie de calmante. Un anestesiante. No vas a sentir más dolor.

"Pero no te preocupes, antes de comenzar a hacer lo que tengo pensado te dejaré inconsciente. Después, te cortaré la cabeza y la sangre derramada la guardaré en una cubeta que he colocado bajo ella. Luego le seguirá todo tu cuerpo. A tus vísceras les haré un tratamiento especial tras limpiarla. Pero no creo que haya mucho dentro de ellas. Ya te lo he dicho antes; necesito provisiones si quiero salir de aquí. El viaje que me espera por delante va a ser muy largo.

"Y también aprovecharé la carne que he cortado de la ballena. En cuanto a hidratarme.... tampoco tendré problemas. Puedes imaginarte qué es lo que beberé cuando esté en alta mar. Pero por los movimientos de esta bestia... algo me dice que estamos cerca de la costa. Así que... muchas gracias por todo. Deberías sentirte orgulloso por el último sacrificio que harás en mi nombre. Siempre fuiste un padre tan atento y bondadoso..."


Al empezar a arrastrarse por la galería notó que el interior iba enfriándose. Fue ahí que se percatara de que hacía rato que no sentía los latidos del corazón de la bestia. Y a esto le siguió un gran estruendo. "Vaya, así que estas heridas han debido de causarle mucho más daño de lo que parecía... esta inmunda criatura ha debido quedar varada", dedujo. "Mejor, me ahorraré los mareos de tener que navegar".

Siguió serpenteando a lo largo del camino hasta que observó la salida. Y la forma en que iba introduciéndose en ella la luminosidad. "Un pequeño esfuerzo más y estaré fuera", pensó lleno de satisfacción. "Lástima que estos inútiles no puedan disfrutar del momento".

Una vez en el exterior, la emoción le hizo saltar de alegría al comprobar que sus conjeturas eran ciertas. Delante suyo, una inmensa playa se presentaba dándole la bienvenida. Lo único que le quedaba era tirar un poco más de las cuerdas que sujetaban las provisiones. En cuanto terminó, las arrojó sobre la fina arena. Y él acabaría en ellas deslizándose sobre la piel de la ballena como si esta fuera un tobogán.

Y a lo lejos un pequeño bosque se abría camino hasta el interior de lo que parecía una isla. Arrastrando todos los bártulos, comenzó a andar hacia él. Una vez allí, construiría un pequeño refugio. Después, exploraría los páramos más cercanos y encendería una enorme hoguera que llamara la atención con tal de que vinieran a rescatarle. Por lo que estimaba, debía estar a unos cuatro kilómetros de la costa del continente. No podían tardar mucho en encontrarle.

Pero en cuanto dejó todos los trastos algo le picó en el cogote. Aunque más bien fue el golpecito de algo que le arrojaron. Dándose la vuelta, trató de averiguar su procedencia. No la encontró.

Entonces, sintió otro pequeño arreón. Aunque en esta ocasión sí que descubrió su origen. Provenía de las ramas de uno de los árboles. Y al dirigir su mirada, al analizar más detenidamente esa zona, contempló a Pepito Grillo sonriéndole con una desfigurada mueca.

- ¿Nunca vas a cambiar, verdad? - dijo encolerizado.

- ¿«Cambiar»? ¿Por qué he de hacer eso? ¿Qué beneficios obtendría con ello?

- Sigues igual. Todo lo ves en términos de ganancias.

- Claro, ¿acaso debería de hacerlo de otra forma?

El Grillo no dijo nada más. En su lugar, comenzó a descender. Una vez en el suelo, caminó hacia Pinocho.

- ¿Qué crees que pensará el Hada de todo lo que acabas de hacer?

- ¿Por qué me seguís? ¿Acaso no vais a cansaros de intentar dirigir cada paso que doy?

- ¿Cómo? ¿En serio es eso lo que piensas?

- ¿Qué es lo que tendría que pensar?

- Dime, has acabado con sus vidas, ¿verdad?

- No, los he sacrificado por un bien mayor.

- Lo tuyo no tiene nombre.

- Lo tuyo tampoco, piojo. Pero dime, ¿cómo es que me has encontrado?

- ¡Te he estado siguiendo desde entraste en la ballena! ¿Tienes la más mínima idea de lo que ha sufrido el animal? ¡He tenido que matarla para que no fuera a mayores!

- Vaya, así que has sido tú...

- ¡Claro! ¿Quién creías que iba a ser?

- Me da igual quién lo hiciera. ¿Acaso he de estarte agradecido?

- No, pero con ello tal vez mostrarás algo de humanidad por primera vez en tu vida.

- Pues gracias, piojo...


De repente, nada más decir esto último, levantó su pierna derecha y la dejó caer sobre Pepito Grillo. Escuchó los crujidos de su caparazón al quebrarse. Y quedó hipnotizado al ver cómo la sangre iba formando un charco alrededor suyo.

- Qué magnífico espectáculo...

El dibujo carmesí que iba siendo cada vez más grande le atraía irremediablemente. Era incapaz de frenar sus ansias por degustarlo. Necesitaba deleitarse con su sabor. Y alcanzar el clímax al percibir su dulce calor. Ante esto, fue agachándose hasta parecer un animal bebiendo el agua de un riachuelo. Sólo que en esta ocasión era la esencia vital del Grillo.

- ¿Te sientes satisfecho? - el oír esa voz le sobresaltó, aunque la reconoció inmediatamente. Lo haría en cualquier lugar del mundo y circunstancia. Sonrió y dirigió la vista al lugar del que venía. Y allí descubrió al Hada.

Se puso en pie a cámara lenta. Quitándose de encima todo el polvo que pudiera vestir mediante unos golpecitos de sus manos. Con calma, sin apresurar el paso, fue donde ella.

Y esta estaba inmóvil. Atenta. Con una clara actitud de precaución mientras intentaba adivinar qué era lo que Pinocho se proponía.

Una vez a su altura, el muñeco extendió sus brazos en forma de cruz. Como si su intención fuera darle un fraternal abrazo.

- Sí - mintió en respuesta al interrogante.

Acto seguido, su nariz fue extendiéndose a una velocidad prodigiosa. Lo hizo tan rápido que a la mujer no le dio tiempo a defenderse. No tuvo ninguna oportunidad. Ni siquiera entendió qué era lo sucedido.

Por su parte, Pinocho se relamía al ver que su nariz perforó el ojo izquierdo del Hada. Incluso llegó a excitarse al percibir el frescor que su punta degustaba por haber traspasado el cráneo de lado a lado.

Los tics nerviosos del ser mágico eran frenéticamente dementes. Igual que un desenfrenado baile que iba disminuyendo en intensidad hasta frenarse por completo.

Entonces, cuando se detuvo del todo, retiró su apéndice y dejó caer el cuerpo del Hada como si de un trapo viejo se tratara.

- Bien, al fin conseguiré la paz y tranquilidad que tanto anhelaba.

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