La maldición de la piedra que confrontó la distracción



Sus miedos desaparecieron desde el momento en que la humanidad inventó las gafas de sol. Con ellas lograba llevar una vida, más o menos, normal. O eso quería creer. No miraba a otra persona directamente a los ojos a través de los suyos... desde que la maldición comenzara. Y desde entonces habían transcurrido unos 4.000 años. Quizás más. En ella, una aparente inmortalidad estaba incluida. En consecuencia, arrancó su periplo escondiéndose de las demás gentes.

No quería hacerles daño. No podía soportar el peso de hibernarles la vida. De verles convertidos en frías estatuas que guardaban cada diminuto detalle de sus cuerpos. Pero lo peor de todo era cuando estas, por el motivo que fuera, terminaban quebrándose. Eso les arrebataba la chispa. Y aunque tenía la posibilidad de quitarse la suya con tal de devolverles la esencia... nunca reunió el suficiente valor para sacrificarse.

Por lo tanto, en su día decidió reunir todas las esculturas que dejó diseminadas. Eran 20 en total. Con paciencia, y aprovechándose de la inconmensurable fuerza que le otorgaba su nueva apariencia, las guardó en una profunda, y desconocida, cueva ubicada en Grecia. Tras esto, continuó su camino aprovechando las grutas que encontraba con tal de protegerse. Aunque, en realidad, no tenía claro si les protegía de sí misma. O a ella de ellos.

Fueron marchitándose los calendarios y décadas. También los siglos y milenios. Una capucha cubrió siempre su rostro. Le permitía ver. Y que no contemplaran sus ojos. A la par, disimulaba su melena compuesta por víboras con un hermoso pañuelo. Fue así hasta que un confidente le explicó lo de las gafas de sol. Entonces, tras adquirir unas, salió al mundo exterior y circuló por él fingiendo naturalidad. Y lo que más le sorprendió es que todavía siguieran admirándola por su belleza. Que tanto hombres y mujeres se voltearan al verla pasar. O se quedaran ensimismados.

Poco después, y a base de esfuerzo y voluntad, creó su primera identidad. Su intención era poder vivir entre los mortales. Disponer de vivienda y algunos terrenos. Con tal fin, contrató a alguien dedicado a falsificar ese tipo de documentos. De la noche a la mañana, pudo sentirse entre iguales. O casi. Y pretendiendo no levantar sospechas la cambiaba cada 15 años. Nueva foto, nuevo nombre... pero la imagen siempre era la misma. Y eso conllevaba un estado de alerta constante. Un malestar que, a veces, le hizo querer tirar la toalla y regresar al anonimato de la oscuridad de las frías cavernas.

Sin embargo, la moderna sociedad le fascinaba. La tenía loca. Estaba absolutamente enamorada de ella. Y cuando se enteró de que en China habían descubierto el ejército de Terracota... deseó con todo su corazón ir... y conocerlo. Le recordaban tanto a las vidas que dejó anestesiadas... aunque, en su lugar, regresó al lugar en que las tenía escondidas. Al verlas, la pena y el dolor la invadieron. Comenzó a llorar. A suplicar su clemencia si es que podían escucharla. Pero, al mismo tiempo, un increíble alivio recorrió cada centímetro de su cuerpo. Todavía seguían a salvo. Estaban impolutas. Tal y como las dejó. Igual que las otras veces que fue a visitarlas pretendiendo cerciorarse de su buen estado.

Y justo había transcurrido un mes desde la última vez que estuvo. En esa ocasión pasó una semana en el interior de la gruta. Con ellos y ella misma. Con la soledad que la rodeaba a pesar de que mantenía contacto con cierta gente de su confianza. Cuando volvió a la ciudad, comenzó a sentirse más taciturna que nunca. Llegó a pensar que esa sensación nunca iba a irse. Pero lo hizo. Y en cuanto sucedió, salió a la calle dirigiéndose a una óptica. Quería unas nuevas. Unas que, por lo menos, dejaran atisbar ligeramente el verde mezclado con gris de sus ojos.

Al llegar a la puerta del establecimiento, la abrió y entró. Distraída, sin prestar atención a lo que le rodeaba ni al resto de personas, empezó a mirar los diferentes modelos que ofrecían. Estaba extasiada. Era la primera vez que acudía y le pareció que todos los modelos que disponían estaban dirigidos a ella. No sabía por cuál decantarse. En estas, una de las empleadas se puso a su vera y le preguntó si necesitaba ayuda. "No, por ahora no. Ya la avisaré si me hace falta", contestó. Pero nada más decir esto su rostro adquirió un tono blancuzco ante la impresión sentida al ver el nombre indicado en la chapa: "Átropos".

Al percibir su gesto de consternación, la trabajadora trató de tranquilizarla. Colocó su mano derecha sobre su hombro y le sonrió. "Tranquila, no pasa nada; mire con calma ". Y aunque intentó disimular por todos los medios, Medusa no pudo zafarse del malestar que revolvía su estómago. Ese nombre le era tan familiar... era el mismo que usaba una de las Moiras. Pero tenía que ser una casualidad. Las hermanas eran unas ancianas. O por lo menos ante los demás. Era imposible que fuera una. "Pues créetelo, porque lo es", le indicó una voz masculina que de su lado izquierdo provenía.

Giró la cabeza. Y lo reconoció de inmediato. Era Perseo. Seguía igual de joven y hermoso que antaño. No había cambiado nada. Continuaba aparentando tener unos 30 años.

- ¿Qué haces aquí? - quiso saber la Gorgona.

- Ha llegado el día en que todo regrese a la normalidad. De que vuelvas a ser una persona corriente. Y después, tras vivir una vida plena hasta que llegue el punto final que marca tu Destino, vendrás conmigo al Olimpo.

- ¿Qué?

- Sí, han llegado a un acuerdo. Tu castigo no es que fuera exagerado. No tenía que haberse producido. Por eso está ella aquí. Por eso me han mandado a buscarte.

- No entiendo nada...

- Hemos de ir al lugar en el que tienes guardadas las estatuas. Una vez allí, mirarás tu rostro en la superficie de mi escudo. Entonces, cuando veas tu reflejo en él, la maldición quedará eliminada. Y ellos recuperarán la vida. Y tú serás de nuevo mortal. Y yo también...

- ¿Qué quieres decir con esto último?

- Que yo también he caminado por el mundo durante milenios... y ya va siendo hora de que volvamos a casa...

Medusa cerró los ojos. Y trató de coger aire. No dijo nada. No contestó. En su lugar, rememoró el día en que arrancó la maldición. La manera en que él también fue maldito por besarla. Por el hecho de que ese gesto de calor fuera correspondido. Y eso a su padre Forcis no le gustó. Tenía arreglado su matrimonio con otra persona, aunque nunca le reveló su identidad. Y por mucho que su madre Ceto se lo pidió, ella y Perseo terminaron maldecidos. Ella con ese castigo terrible. Él con el tener que cargar con la absoluta soledad por el ancho mundo sin poder juntarse con alguien.

Rompió a llorar. Las lágrimas traspasaron la montura que cubría esa parte de su rostro. Y se abalanzó sobre él en un fuerte abrazo que fue correspondido con otro más poderoso aún. "Ven, salgamos de aquí", le susurró al oído. Y agarrándola de la mano, la llevó a la puerta que había tras el mostrador. Una vez ahí, cruzaron el pasillo que llevaba al almacén y salieron al exterior. A un solar habido entre dos edificios. Un coche les esperaba.

En la parte delantera, estaban Átropos y Láquesis. Atrás, Cloto. "Sube, hemos de partir cuanto antes", le pidió. Pero Medusa se detuvo. No reconocía lo que mostraba su tono. Estaba cargado de una extraña sensación que le causaba desconfianza.

- No, no voy a subir - exclamó.

- ¿Qué quieres decir? Llevamos demasiado tiempo esperando a esto. A poder estar juntos. A tener lo que nos pertenece. Lo que nos arrebataron.

- No, tú no eres Perseo. Él no se hubiera comportado así. Has sido demasiado directo. Dime, ¿quién eres?

- No digas tonterías. ¡Sube! ¡Obedece!

- ¡No!

Ante esta negativa, un pérfida sonrisa fue resquebrajando el rostro de Perseo... hasta aparecer los rasgos de Hermes. "Vaya, eres mucho más lista de lo que pensaba", gruñó.

- ¿Qué es lo que quieres? ¿Quiénes son los que van contigo?

- Me sorprendes... son las Moiras. Han venido a sellar tu Destino ... y el mío.

- ¿Qué quieres decir?

- ¿Acaso no lo sabes? ¿No lo has notado? El mundo... cada vez está más loco... el resto de dioses ha desaparecido. Sólo quedo yo... ¡y está volviéndose cada vez más divertido!

- Para... no te atrevas a tocarme... o si no ...

- ¿O si no qué? ¿Me convertirás en piedra? Ilusa. Ese poder no sirve ante mí. Ni siquiera Hades pudo vencerme.... la diversión siempre es necesaria... incluso en tiempos de guerra... pero Ares tampoco podrá decírtelo ... he acabado con todos.... el exceso de diversión ha sido su síntoma más álgido... el mundo ahora es mío... y tú eres mi último obstáculo....

- ¿Yo?

- Sí, tú ...

- ¿Qué puedo yo hacer contra ti?

- Enseñarle al mundo a no perder la esperanza con tal de no caer en el jolgorio buscando evadirse....

- Pero...

- ¿Acaso no has sacado fuerzas de flaqueza pese a tener roto el corazón? La esperanza nubla la diversión, querida. Impide que el Ser Humano mire en más de una dirección. O termine subyugado. Y con la diversión logran evadirse.

- ¿Y estás diciendo que no puedo transformarte? ¿Que no tengo poder sobre ti?

- Parece que al fin lo has entendido.

- Pero puedo volcar mi maldición sobre un cristal...

- ¿Qué dices?

- Y hacer que veas tu reflejo...

- No digas tonterías...

- ¿En serio lo crees? Mira...

Con un gesto rápido, la Gorgona partió el retrovisor del coche y lo colocó delante suyo. "Mírate", le ordenó mientras le agarraba del cogote y lo atraía hacia el objeto. "Mírate".

Y lo hizo. Observó su rostro en el cristal en medio de una mueca que expresaba miedo, sorpresa y dolor. Pero fue todo tan rápido... que su estatua quedó encorvada como si de un jorobado se tratara.

Nada más terminar, Medusa arrancó de nuevo a llorar mientras ignoraba a las Moiras. Ni siquiera percibió que Átropos había recuperado su conocida apariencia. "¿Vas a subir? No tenemos todo el día", le cuestionó esta última.

- ¿Dónde vamos?

- Dónde va a ser. A tu gruta. Hay que dar por finalizado este maleficio de una vez por todas.

- ¿Eh? ¿Cómo vamos a hacerlo?

- Con el espejito de marras que acabas de usar. Una vez allí, te miraras en él...

- ¿Y ya está?

- Sí, joder. Entonces podrás estar con Perseo y volveremos a casa.

- ¿Tan fácil?

- Y tan complicado. Anda, sube. Y tú... arranca el coche de una puñetera vez...


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