La revelación en la terraza del bar de un pequeño pueblo
Estaba sentado en la terraza del bar. Delante suyo, un espresso le acompañaba aguardando a que terminara el vaso de agua. Este aclaraba su paladar, y garganta. A continuación, de trago ingirió el café. Después, abrió la botella de plástico y vertió parte de su contenido en un vaso de tubo con un par de hielos. Consumió un poco de su contenido y desplegó el periódico con intención de leerlo. Pero no llegó ni a fijarse en la portada. Le interrumpieron.
- Gracias por venir a misa. Siempre será bienvenido - era el cura de aquel diminuto, y rústico, pueblo.
- Ah, hola Padre. Por favor, siéntese. ¿Quiere tomar algo?
El párroco dudó. Aunque solía juntarse con los lugareños, no tenía por costumbre acompañarlos en tales menesteres. Pero ese día, sin saber por qué (o tal vez sí), decidió que haría una excepción. "Una tónica, si no le importa".
- Qué va a ser molestia. Por favor, acomódese.
Su anfitrión se levantó y fue directo al interior del local. Pero antes le indicó que aguardara un instante. Al regresar, traía consigo el casco del refresco y un vaso sidrero con cubitos para que lo sirviera a su gusto.
- Y bien, dígame, Padre... ¿a qué se debe el honor de su compañía?
El fornido y calvo sacerdote sonrió, aunque sus pómulos adquirieron un tono rojizo. "Ya se lo he dicho antes... quería... quería agradecerle el que haya ido a misa".
- Ya, pero disculpe mi atrevimiento... ¿eso qué es lo que tiene de raro?
- Nada,... la verdad es que nada. Es de agradecer, sobre todo en estos tiempos que corren. Casi nadie acude. Parece que la Fe en el Señor está perdiéndose. O por lo menos hacia aquellos que transmitimos su voz.
- Me lo pidió usted, ¿no lo recuerda? No suelo evitar un compromiso...
- Sí, eso parece. Tiene usted la apariencia de ser un hombre de palabra. Pero hay algo que me extrañó... no comulgó. Y eso está causando un gran palabrerío entre las gentes del lugar. Particularmente, aunque me extrañe, no soy quién para decirle lo que debe, o no, hacer. Si de nuevo vuelve, no le reprocharé su actitud. Pero quería que supiera lo que sucede.
- Estese tranquilo. Volveré a ir, pero no comulgaré. Ya le dije que no creo en esas cosas.
- ¿Entonces por qué acudió?
- Disfruto de la liturgia. Del tono, por decirlo de alguna forma. Además, me apasionan los diseños que hay en las iglesias. Sobre todo los de los grabados y esculturas. Es, por decirlo de alguna manera, una pasión que me devora.
- Vaya, hasta el momento nadie me había sido tan directo y sincero con sus creencias... o ausencia de ellas. Y considero que es algo de agradecer.
- Suelo ser demasiado sincero. Y directo...
- ¿Y eso no le ha traído problemas?
- Tal vez...
- Bueno, cada uno es como es. "No juzgues y no serás juzgado", comentan las Sagradas Escrituras.
- Eso comentan, sí. ¿Pero quién le dice a usted que eso mismo no haya sido alterado por el paso del tiempo?
- Porque es la palabra de Dios...
- Sí, pero fue escrita por hombres. O personas, más bien.
- Podría ser, pero siento mi Fe en lo más profundo de mi corazón.
- Y eso es bueno, Padre. Ojalá pudiera decir lo mismo.
- Vaya, parece que usted es partidario del dicho que hemos comentado...
- Sí, más o menos.
- Es de agradecer. Pero ahora, si me disculpa, he de regresar a la parroquia y cumplir con mis deberes.
- Sin ningún problema, Padre. Haga lo que tenga que hacer.
Tras esto, el párroco terminó el refresco y le tendió la mano. La entrelazaron. Y en ese mismo instante un escalofrío recorrió cada centímetro de su cuerpo. Eso le alarmó, y sorprendió, pero la amable sonrisa de aquel con el que estuvo conversando disipó lo que en su interior estaba removiéndose. "Entonces, ¿le veré el domingo?, quiso saber.
- Sí, allí estaré.
***
Lo observó marcharse con paso tranquilo. Despreocupado a pesar de las obligaciones que tenía por delante. Y esbozó una agradable sonrisa. Aquel hombre le caía bien. Su corazón era puro y sensible. Era de esas personas que son incapaces de hacer daño a otros. Además, siempre estaría dispuesto a ayudar a los demás. Sin pedir nada a cambio.
Entonces, cuando fue a volver a beber un poco del agua tras alisar las hojas del periódico, todo lo habido a su alrededor se detuvo. El tiempo acababa de ser frenado. Y esa dimensión parpadeaba por la presión al mismo tiempo que adquiría un aspecto grisáceo por la fricción que ocasionaba la presión del acto.
Enfrente suyo, apareció la figura de un varón. No llegaría al metro sesenta. Reconoció sus ojos marrones. Su brillo. Y la piel morena que hacía aumentar la imagen de la poblada barba oscura que portaba. Avanzaba despacio hacia él. Con tranquilidad e irradiando confianza. "¿Por qué no le dices quién eres en realidad?", preguntó mientras se sentaba en la silla que estaba colocada delante suyo, al otro lado de la mesa de la terraza.
- ¿Y por qué tendría que hacerlo? - cuestionó -. Cuando bajaste al Infierno... ¿no quedamos que no intervendría más? Hicimos un trato. A partir de entonces la existencia sería tuya... y de nadie más. Yo sólo tendría que acoger a las almas descarriadas. Nada más. Y eso es exactamente lo que he estado haciendo desde entonces.
El recién llegado lo analizó detenidamente. "¿Y no deseas tentarle? ¿No quieres que vaya a tu vera a la par que le muestras el verdadero significado de los placeres que está perdiéndose?".
- No. Es algo que no me compete. Si lo deseas... hazlo tú. Es lo mismo que llevas haciendo desde que ascendiste al Reino del Padre. Y si quieres que te diga lo que pienso, estás llevando este mundo a la perdición. Pero es cosa tuya. Tú sabrás lo que pretendes con todo ello.
- Siempre tan directo y sincero. No has cambiado nada...
- Escuchar conversaciones ajenas es algo muy feo. Deberías seguir con lo tuyo y dejar de meterte en camisa de once varas...
- Si no lo hiciera... sería todo tan aburrido...
- Bueno, ya basta de cortesía. Dime, Yeshúa, ¿a qué se debe esta visita? ¿Qué es lo que pretendes? Llevamos casi 2.000 años sin vernos...
En cuanto oyó esto, al que llamaban Ungido observó detenidamente la inmóvil estampa que los rodeaba. Alargó la mano derecha y cogió la copa de vino de uno de los clientes que disfrutaban en una de las mesas de al lado. Se la llevó a la boca y saboreó el caldo. "Ya no los hacen como los de antaño; los de antes tenían más cuerpo... y sabor".
- Curioso... sigues alimentándote de parábolas... en este caso, con una que podría representar tu propia sangre...
- Sí, más o menos. ¿Te apetece un aperitivo? He oído que aquí tienen muy buenas raciones.
- No hace falta. Sabes de sobra que no soy partidario de ese tipo de acciones.
- Lo sé, por eso me parece tan divertido.
- Sigues siendo alguien incorregible.
Rio. Yeshúa rompió en sonoras carcajadas. "Lástima que no puedan oírme", exclamó a continuación.
- Sabes que no es así. Lo hacen, aunque les parezca algo lejano que luego irá repitiéndose una y otra vez en sus sueños más profundos.
- Sí, así es. Pobre Juana de Arco, la volví loca. Se me fue un poco la mano.
- ¿Un poco? Era una cría. Una niña. ¿Se puede saber qué pretendías con todo ello?
- Ponerlos a prueba, tal y como tú hiciste conmigo en el desierto.
- Fueron órdenes del Padre, lo sabes de sobra.
- Sí, y ahora puedo hacer lo que quiera después de haberlas superado.
- Dicen que su paciencia es infinita, pero te puedo asegurar que tiene un límite.
- ¿Lo dices por experiencia propia? El ser tan directo y sincero hizo que te expulsara del Cielo, ¿verdad?
- Sí y no. Los detalles se los tendrías que preguntar a Él. Hicimos un acuerdo del cual no te puedo decir nada. Si quieres averiguarlo... habrás de pedirle que te lo explique.
Volvió a darle otro trago al vino. Por su parte, él hizo lo mismo con el agua. "Bueno, ¿vas a decirme a qué has venido?", soltó bruscamente a continuación.
- Ay, Luzbel, Luzbel... siempre yendo directo al grano. Pues si así lo deseas... te lo diré en la misma tesitura con la cual sueles pronunciarte. Quiero que me cedas el Infierno.
- ¿Qué?
- Sí, lo que oyes. Conservarás el Purgatorio, pero el Infierno pasará a estar en mis manos.
Luzbel cogió aire. Lo analizó en profundidad. Y trató de leerle la mente. Pero le fue imposible. La tenía cerrada a cal y canto. "¿Qué es lo que pretendes?", soltó al fin sin tratar de disimular su ira.
- Heredar lo que me corresponde. Hacer mío lo que me pertenece por derecho. En todo este tiempo he ido moldeando el mundo. Ahora he de hacer lo mismo con la contraparte de los Cielos. Tengo que armarme hacia la Guerra que dentro de poco va a llegar.
En señal de desaprobación por lo que acababa de oír, Luzbel apartó su mirada. "¿Qué es lo que pinta el Purgatorio en todo esto?", quiso saber.
- Has de rediseñarlo para que sea el próximo Infierno.
- ¿Y no sería mejor que construyeras uno nuevo?
- ¿Por qué? Lo único que lograría sería gastar demasiada energía. Lo mejor es aprovechar lo que ya está construido. Mejorar lo que funciona. Nada más... y nada menos. Sí algo funciona... ¿por qué habría de cambiarlo?
- Pero de esa forma mi esencia seguiría estando presente.
En ese momento, en cuanto comentó esto último, les interrumpieron. Luzbel reconoció la voz. Y lo hizo con naturalidad. Hasta se sintió aliviado. Pero Yeshúa quedó petrificado. Le parecía imposible que otra entidad pudiera adentrarse en la conversación. Y que alterara la estructura de esa dimensión detenida otorgándole color y vida. "¿Quién eres? ¿Cómo te atreves a meterte en medio?", vociferó visiblemente ofuscado.
- ¿En serio no lo sabes? - preguntó la voz.
- ¡Déjate de adivinanzas! - gritó Yeshúa -. ¡Sal y muéstrate!
- Como quieras - tras decir esto, una borrosa silueta fue adquiriendo maneras hasta dejar vislumbrar al párroco que antes acompañó a Luzbel.
- ¿Qué significa esto? ¿Quién eres tú?
- Luzbel, por favor, mantente en silencio - le pidió-. Yeshúa... ¿en serio no me reconoces? Fíjate bien.
- Tú... tú una vez fuiste humano. Tú eres el Metatrón, al que en vida llamaron Enoc...
- Eres buen observador...
- ¿Qué haces aquí?
- Lo sabes de sobra. Al igual que quién me manda. Y cuál va a ser tu castigo. O recompensa.
Yeshúa se levantó de la banqueta con un brusco movimiento. "¿Castigo? ¿Recompensa? ¿Qué quieres decir?".
- El Creador va a permitirte que vuelvas a comenzar de nuevo. Vas a renacer en otro cuerpo humano.
- ¿Qué disparate estás diciendo?
- Si cuando estuviste en vida hubieras ido al este lo comprenderías. Desaprovechaste la oportunidad de conocer las otras vías por las cuales agradecen al Padre.
- ¿Qué?
- Tranquilo, no vas a sufrir. En nada volverás a ser un incipiente feto. Olvidarás todo. Y aprenderás... si decides a aprovechar esta nueva oportunidad.
- ¿Y si no lo hago?
- Entonces... pasarás a ser un inquilino del Purgatorio. Ahí hay castigos aún peores que los habidos en el Infierno. Por no hablar de los escondidos en el mismo Cielo que no han llegado a oídos de la humanidad.
- ¿Qué?
- ¿Estás preparado?
Desapareció. La esencia de Yeshúa ocupó otro lugar. Y su mente y alma fueron vaciadas. Purgadas hasta el momento en el que fueran a ser juzgada a través de lo viejo... y lo nuevo.
***
El mundo volvió a recuperar su transcurrir. Sus latidos volvieron a sentirse, al igual que sus colores. O sus fríos y calores. Y la tónica servida en aquel vaso con hielo estuvo de nuevo delante de Luzbel. También el sonriente rostro del párroco.
- ¿Cuándo te diste cuenta que era yo? - preguntó el Metatrón.
- Al momento de estrechar nuestras manos. Por el pinchazo eléctrico que tú también sentiste.
- En ese instante tuve la certeza de que podía confiar en ti.
- Ya... pero todavía tengo dos aspectos importantes que resolver.
- Adelante, suéltalo...
- El primero, ¿cómo he de llamarte?
- Preferiría que me llamaras Enoc. Me siento más cómodo con ese título.
- De acuerdo. Y lo segundo, ¿qué va a pasar ahora?
- Habrás de ir al Cielo con tal de parlamentar con el Creador.
- ¿Qué?
- Sí, tranquilo. ¿cuánto tiempo llevas sin ir?
- Pues... desde mucho antes de los tiempos de Gilgamesh....
- Vaya, pues sí que ha llovido...
- ¿Qué es lo que quiere? Desde entonces, siempre me ha mandado emisarios...
- Lo averiguarás cuando estés delante de Él. Por ahora, lo único que necesitas saber es que eres bienvenido.


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