La leyenda en torno al vuelo de las águilas



- ¿Por qué me has traído aquí?

- Quiero... quiero enseñarte una cosa...

- ¿El qué?

- ¿Ves aquel risco?

Fijó su atención en la zona señalada. Justo en la prominencia de la pared de una montaña. Estaba lejos, pero podía distinguir sus afilados contornos. Incluso las diferentes tonalidades del gris de la piedra. Y ahí, una pequeña base en la que parecía resaltar la estructura del nido de algún ave.

- ¿De qué pájaro es?

- Águilas...

- Vaya... - comentó por lo bajini completamente anonadado - ¿Y está vacío?

- No, han anidado en él. Incluso hay dos pequeños polluelos. Toma, mira a través de estos prismáticos.

Sin decir nada, los agarró con suavidad llevándoselos a sus ojos. Pesaban una barbaridad. Y esto hacía que, al principio, le costara un poco manejarlos. Con tranquilidad, fue pasando sobre el verde del valle que llegaba hasta la base de la montaña. Desde ahí, fue ascendiendo. Esto hizo que percibiera la manera en que la vegetación desaparecía paulatinamente hasta que el muro quedó desnudo.

Al llegar al cubil, lo primero que notó fueron los materiales con los que estaba fabricado. Una ingente cantidad de hojas y ramitas configuraban una barrera que protegía a las criaturas de las inclemencias del tiempo. Además, también estaban plumas repartidas. Supuso que era con tal de darles calor. De repente, dos cabecitas asomaron pretendiendo descifrar un mundo que hasta el transcurrir de las semanas les sería prohibido. Poco después, volvieron a agacharse. A esconderse.

- Increíble - soltó siendo incapaz de disimular la emoción.

- ¿Sabes? Ojalá estas águilas fueran de la especie que cuenta la leyenda...

- ¿Cuál leyenda? - preguntó intrigado.

- Una que me contaron cuando era niño y que viene de tiempos antiquísimos...

- ¿Y qué es lo que dice?

- Pues que hay algunas que son personas que tienen la capacidad de transformarse. Son los descendientes de las brujas que lograron escapar cuando fueron perseguidas... y quemadas...

- Vaya...

- Sí. En aquellos días un grupo optó por retirarse. Pasaron a la clandestinidad vistiendo el anonimato. Los otros decidieron quedarse y, tratando de pasar desapercibidos, nunca más volvieron a cambiar. Pero, a partir de entonces, y en especial desde que tuvieron la certeza de que aquel desastre no iba a volver a suceder, las han estado buscando con la esperanza de unirse de nuevo.

- ¿Y las han encontrado?

- No... que yo sepa. Lo único que sé es que los que se quedaron pudieron volver a surcar los cielos cuando pasó el peligro. Aunque siempre con sigilo bajo el propósito de localizarlas. Pero han sido gastados tantos años,... décadas,... y siglos... que muchos han llegado a la conclusión de que han olvidado su verdadera naturaleza. Que consideran que son águilas y no humanos con sensibilidades especiales.

- ¿Y los que se quedaron no tienen miedo de que los humanos los descubran?

- Sí, claro que lo tienen. Por eso guardan tanto cuidado. Saben que hoy en día no serían quemados. Pero los experimentos que podrían hacerles... es la nueva calamidad que les acecha. Además del ancestral miedo a lo que es ajeno.

- Pero... ¿viven entre los humanos?

- Sí...

- ¿Y por qué no contratan equipos de búsqueda? ¿Expediciones que los localicen? No les costaría pasar desapercibidos.

- Lo han hecho... lo hicieron... pero sin éxito. Y siempre estuvo candente la amenaza de que los descubrieran. Pero imagino que volverán a ponerse en marcha. No han perdido la esperanza. Y no creo que lo hagan.

El chico guardó silencio. Quería preguntarle algo más, pero era incapaz de hilar las palabras adecuadas. Entonces, el adulto le dio un pequeño golpecito en el hombro con el codo. Volvió a señalarle el nido. El chico cogió de nuevo los prismáticos.

La pareja de águilas... eran enormes. Acababan de regresar. No podía decir cuál era su especie, pero resultaban majestuosas. Una de ellas llevaba un conejo entre sus garras. La otra, otro roedor más pequeño. Comenzaron a alimentar a los polluelos. "Increíble", masculló.

- Pero has de saber algo más - comentó interrumpiendo su ensoñación.

- ¿El qué?

- En la búsqueda han puesto su foco de atención en un pequeño detalle. Cuentan que, al cumplir los 40 años, las águilas envejecen de tal manera que se retiran del mundo. Entonces, mudan todo su plumaje adquiriendo uno nuevo y comienzan de cero su camino. También cambian sus garras y pico. Lo que creen es que, llegado ese día, los que son sus congéneres recuperan momentáneamente la forma humana. Y que entonces, aunque sólo sea hasta que vuelvan a adquirir la imagen de águila, recuerdan que en realidad son personas. Pero el pánico heredado de generación en generación hace que decidan seguir surcando los aires.

"He aquí que viene lo más curioso. Esto ocurre bajo el Sol del mediodía. Y ese es el preciso instante en el que, como brujas y brujos, los que se quedaron pueden pasar por primera vez de humano a águila. Y eso tiene lugar en el día que cumplen 15 años. Es algo hereditario. Lo llevan en la sangre".

- ¿Pero eso sólo con los que no terminaron convirtiéndose?

- Eso es... Ese es el punto exacto que todavía les mantiene unidos. Su esperanza es encontrar a uno en el momento del cambio. Y poder hacerle notar que todo terminó. Para ello usarían su propio lenguaje. El que antiguamente les era común y únicamente ellos utilizaban. Y así, el exiliado podría dar la buena nueva a los demás que están en su misma situación. Pero ese habla podría llegar a serles tan indiferente... que quizás ni puedan llegar a entenderse cuando estén frente a frente.

- ¿Cómo? Espera, ¿los que marcharon podrían no comprender el lenguaje de los otros? ¿El que les sería propio?

- Exacto... ha pasado tanto tiempo que cabe la posibilidad de que en su ámbito llegara a evolucionar tan independientemente que terminara formándose uno nuevo... y que no tengan nada en común... que por no ser... ni sean las diferentes caras de una misma moneda...

- Y si encontraran a uno... ¿cómo crees que reaccionaría?

- Pues no lo sé, la verdad... es más, cuando me lo contaron pregunté lo mismo que tú.

- Pues menudo regalo de cumpleaños me has hecho.

- Sí, a mí me hicieron el mismo cuando cumplí los 15...

- No creerás que me van a salir alas y que echaré a volar.

- Bueno, eso tendrás que decírmelo tú. El Sol del mediodía está acercándose.

- ¿Qué quieres decir?

- Pues que vas a descubrir tu verdadera naturaleza.

Ahí fue que los rayos del Astro Rey terminaron posándose en la cabeza del joven calentándola. Y este calor fue recorriendo cada centímetro de su cuerpo. No sentía dolor, pero sí percibía cómo iba aflorando a través de los poros de su piel a modo de plumas. Hipnotizado, no emitió grito alguno. Ninguna protesta. Y bajo sus ojos también observó la forma en que su boca adquiría la forma de pico. Sin darse cuenta, todo había pasado. Su cuerpo dispuso de la silueta de un águila.

- Bien, respira. Relájate. Has de aprender a volver a la normalidad.

- ¿Y cómo lo hago?

- Con tu mente. Pídele a tu cuerpo regresar a la apariencia que tenías hasta hace un momento. Concéntrate. Ya verás, no va a costarte ningún esfuerzo.

Respiró profundamente alcanzando la calma que disipó el nerviosismo que le supuso el estupor inicial. "Vuelve a la normalidad", pensó. Y aquel calor regresó, aunque esta vez hizo que el plumaje terminara oculto bajo su dermis. Sintió que su rostro regresaba a sus características anteriores.

- Bien, vuelve a transformarte. Y después retrocede a tal y como estás ahora.

Hizo lo que le pedía. Y se quedó maravillado, aunque no sabía cómo reaccionar. O responder ante esa increíble novedad.

- ¿Qué más? - fue lo único que consiguió expresar.

- Tendrás que aprender a volar. Así que... ya sabes lo que tienes que hacer.

Se concentró de nuevo. Hasta llegar a adquirir la figura de ave.

- Bien. Mueve las alas. No te preocupes por cómo has de hacerlo. Es instinto. Tu cuerpo y mente lo saben de sobra. Aletea, anda.

Aunque con miedo, siguió sus instrucciones. Poco a poco, se vio ascendiendo y abandonando la superficie del suelo. Todavía no estaba volando, pero planeaba.

- Perfecto. Y ahora... sígueme.

Miró a su acompañante. Él también estaba cambiado. No se dio cuenta del momento en que lo hizo. Entonces, este ascendió hasta unos diez metros de altura y comenzó a volar en círculos. "Venga, sígueme; vamos a ir hasta la cima de la montaña".

- ¿Estás seguro? ¿No va a ser peligroso?

- No, tranquilo. Sólo sígueme. Es instintivo. En nada habrás dejado atrás el miedo. Venga, ven detrás mío.

Lo vio alejarse, y después volver mientras seguía dando círculos. Por su parte, se armó de valor y comenzó a mover sus alas. Como por arte de magia, ascendió y, sin saber cómo lo hacía, fue tras él. Al principio, le costó un poco. Pero, paulatinamente, fue haciéndose a la situación.

- ¿Ves? Venga, vamos. En cinco minutos llegaremos. Cuando me veas aterrizar, haz la misma maniobra que yo haga.

- De acuerdo.

Avanzaron surcando los aires hasta alcanzar el lugar marcado. Lo vio descender realizando una inclinada línea vertical para ir extendiendo las alas antes de pisar suelo. Esto lo frenó e hizo que aterrizara con comodidad. Casi a cámara lenta. Aunque lleno de miedo, le siguió. Repitió cada operación que le observó. Y terminó posándose suavemente.

- Bien, ya está. ¿Qué te ha parecido?

- No tengo palabras. No sé cómo describirlo.

- Pues ahora volveremos a casa de la misma manera.

- ¿Y después?

- Seguiremos insistiendo en la búsqueda de los perdidos.


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