EL RELOJ DE PARED MANIATADO POR UNAS CUERDAS

 

Las cuerdas ataban las horas del reloj.

No las dejaban avanzar;

las frenaban en un paréntesis

que parecía no disponer

de lo que llaman el cierre.


A los minutos les dominaba

el pesar en todos sus sentidos

sin la fuerza con la que aflorar en su piel.


Y la pared que guardaba el reloj

fue cambiando sus colores

hasta que no fueron percibidos

dejando paso a la melancolía.


Una que no disponía de cuerpo

ni algo que fuera latente

al ser inexistentes los tiempos 

y los rincones dados en los días.


Días en los que la luz no brillaba en su ser

al estar sus tonos comprimidos 

en una basta singularidad. 


Una que habría de disfrutar su colapso.

De él floreció la esperanza;

y tras un breve rato de éxtasis

la calma tuvo presente 

con lo pasado y lo por ver.



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