Una visita en medio de la incertidumbre



Tocó el timbre. Las manos le temblaban. Y esto ocasionaba que sucediera lo mismo con las flores y la caja de bombones que portaba. No eran un regalo. Ni una recompensa. Suponían una señal de agradecimiento, y de respeto. Pese a ello, no sabía qué iba a encontrarse si alcanzaba a traspasar la entrada que daba la bienvenida. El inquilino de aquella vivienda siempre fue tan arisco... o por lo menos daba esa impresión.

Quince días atrás, su padre sufrió un accidente en la calle. Y ese vecino que tan antisocial vestía sería el único que lo socorriera. Tras verlo tendido en el suelo a cinco grados bajo cero, bajó corriendo los cuatro pisos del edificio a pesar de ser palpable que la edad estaba haciendo mella en su maltrecho cuerpo. Estando a su altura, lo abrigó a la par que le administraba los primeros auxilios y llamaba a la ambulancia. Casi una hora estuvo acompañándolo hasta que llegó.

Esto no cesaba de rondarle por la cabeza mientras escuchaba los sonidos procedentes desde el interior del pisito. Y estos, a pesar de lo que podría tildar de pequeño escándalo, no terminaban de dirigirse hacia la madera de la puerta. Ante ello, optó por volver a reclamar pese a las dudas que tuvo al principio. Tal vez el inquilino no deseaba compañía alguna, rumió. Finalmente, apretó de nuevo el diminuto botón distinguiendo el ligero temblor de su dedo.

Entonces sí. Entonces percibió cómo, tras un pequeño silencio, unas pisadas comenzaban a encaminarse hacia él. Incluso el suspiro que sirvió de prolegómeno al leve titubeó que accionaba la manilla siendo acompañado por el crujir de unas bisagras desgastadas ante la ausencia del aceite que requerían. Al abrirse del todo, un varón de unos sesenta años apareció. Sus pelos y barbas canosas disimulaban los rasgos arrugados del rostro. Y el que estuvieran enmarañados contribuía aún más a ello.

- Vaya, tienes que ser Tomás, el hijo de Alfredo - dijo con una voz gruesa y áspera que no logró disimular la sorpresa por tenerlo delante -. Te he visto alguna de la veces que has venido a visitarlo. Desde la ventana de la cocina. Pasa, anda, no te quedes ahí. ¿Quieres un café? Te ofrecería una cerveza, o un vino, pero no tengo. Hace mucho tiempo que dejé de beber.

Accedió. Entró titubeante, pesándole la incertidumbre de lo que podría encontrar. Y las dudas sobre dónde dejar el abrigo. "Ponlo sobre el sofá", le indicó Lucas, su anfitrión, sin mirarle siquiera. Le hizo caso y lo colocó meticulosamente doblado. "No hacía falta tanto detalle, me da igual cómo lo dejes. Lo más seguro es que en casa no lo dejes igual. Suele ser cosa de la educación recibida", prosiguió aquel hombre que siempre le pareció tan extraño. Y misterioso.

- Eh... gracias por... el halago - contestó el invitado -. Le he traído esto, creo que es lo menos que puedo ofrecerle por lo que hizo el otro día - soltó en medio de un notable tartamudeo mientras le entregaba lo traído.

- No hacía falta - a pesar de expresarlo en voz baja, esta ocupó toda la estancia -. No puedo aceptarte los bombones, pues soy diabético. Pero las flores las pondré en agua. ¿Quieres o no el café?

- Sí, por favor - logró decir ante la impresión de la última locución -. Sólo venía a darle las gracias en nombre de mi familia, aunque creo que ya lo imaginaba. Y en especial de mi padre. Dice que estará encantado de recibirle en su casa.

- Devuélvele la cortesía. Pero no aceptaré la invitación. No hacen falta gestos semejantes ante tales situaciones. Además, no me sentiría cómodo. Por si no te has dado cuenta, estoy prácticamente sordo. Ahora te escucho porque llevo el sonotone. Es algo que me hace sentir irritable cuando estoy con la gente. Me siento... ausente, por decirlo de alguna forma. Y eso hace que parezca tan arisco. Siempre me lo han dicho. Así que, a modo de precaución, hace mucho tiempo que casi dejé de relacionarme. El tema está en que el desconocimiento de mis circunstancias crean, y agrandan, esa imagen que hasta tú mismo puedes tener sobre mi persona.

Se quedó en silencio ante tan sorprendente, y repentina, revelación. "Vaya, así que es por eso", dijo en un tono elevado con tal de que pudiera oírle. "Alguna vez me hablaron de ello, de lo que suelen padecer... ustedes, pero jamás llegué a pensar que estaría delante de... bueno... de alguien en sus mismas.... no sé cómo explicarlo".

- No hace falta - contestó abruptamente, aunque tratara de tranquilizarlo -. Además, ya te he dicho que llevo el aparatito de marras. Y puedo leer los labios. Así que... no te preocupes. Toma, anda, tómate el café. Lo he terminado de preparar hace un cuarto de hora.

- Bien, pero no tengo claro qué contarle. Además de transmitirle el mensaje a mi padre.

- No hace falta que digas nada. Bébetelo y fuma un cigarro, si quieres. Podemos estar en silencio. La compañía siempre es agradable, aunque nada sea comentado.

- Está bien. Lo que usted quiera.

Entonces, sacó un cigarrillo y lo prendió mientras tomaba la caliente infusión y miraba por la ventana. "¿Fue desde aquí que lo vio caerse?", preguntó de repente con cierta ansiedad.

- Sí, desde aquí fue.

No dijo nada más. Y Tomás tampoco. Ambos comenzaron a escudriñar la calle como si el tiempo no importara.

- Creo que... va siendo hora de que me vaya - lamentó el invitado en cuanto fulminó primero el pitillo y, acto seguido, la bebida.

- Sin ningún problema, muchacho. Por cierto, dile a tu padre que acepto la invitación. Que iré en cuanto me lo pida.

Esto le sorprendió. Tomás no lo esperaba por nada del mundo.

- ¿Está seguro?

- Sí, ¿por qué no iba a estarlo?

- Pues... no lo sé... tal vez por lo que me acaba de... contar.

- Tranquilo, sólo dile que iré en cuanto me llame.

- De acuerdo...


*Nota: este relato está inspirado en un post publicado en X, el antiguo Twitter, por Jesús Osorio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

De vuelta a la Isla Nublar

Freddy Krueger volverá a las andadas

El lago que Ozco, el árbol viajero, encontró