¿Dónde terminó su par?
El frío acorralaba su cuerpo. Lo sentía duro, agarrotado. Pero no era una sensación física. Resultaba ser psicológica. El temor, el pánico y la incertidumbre lo dominaban en aquella esquina. ¿Dónde estaba su par? Una cosa era tener que padecer aquel enorme agujero raído en la parte superior de su anatomía. Y otra muy distinta encontrarse desamparado del mundo.
En más de una ocasión escuchó historias similares. Sobre todo cuando era niño. Nunca les dio importancia. Menos aún según iba creciendo. A medida que la adultez encaminaba lo que era el ciclo vital de un calcetín. "Cuento de viejas". En su día lo describió de tal tesitura al que era su compañero. "Sólo nos quieren acojonar", comentó a continuación el otro. "¿Estás seguro de eso? Mira que como sea real", prosiguió...
En ese instante... las palabras de su inseparable resonaban más que nunca en su cabeza. ¿Dónde se había metido? Recordaba... recordaba dar vueltas y más vueltas en medio de un insufrible calor. Y la sensación de ir deshidratándose paulatinamente mientras giraba sin parar. ¿Pero cómo había llegado a tal momento? No lo recordaba. Tampoco el proceso hasta alcanzar la esquina. ¿Y qué hacía esa enorme mano acercándose hacia él?
No tenía claro el porqué de que la describiera así. Quizás fuera algo instintivo. Algo enraizado en lo más profundo de su ser. Pero estaba seguro de que nunca había oído hablar de esa palabra. Terminó lamentándose. Despreciándose a sí mismo por no prestar atención a lo que le relataban cuando era un imberbe mozo. Aunque en los días presentes siguiera sin presentar vello facial. ¿Cómo era posible que supiera de ese vocablo sin tener noción alguna de él?
Volvió a prestarla atención. A los gruesos que eran los músculos de sus dedos. En cómo las venas, o arterias (no tenía muy claro qué era lo que eran), recorrían emergiendo cada centímetro de su superficie. El brillo de sus uñas. La suciedad que pintaba su interior por algún oficio que requiriera su presencia. También alguna mancha que reflejaba una leve enfermedad que no suponía nada, pero que podría ser un volcán en erupción si no era tratada.
Sintió la fuerza del agarre. El poderoso vigor al apretarlo siendo la viva expresión de una rabia de la cual desconocía la razón. Y su traslado a través de los aires mientras lo meneaban con airados aspavientos en dirección a un destino que le era incierto. Al igual que las desconocidas estancias que atravesaba. Esa palabra... ¿cómo era que también le era familiar si nunca antes la escuchó? O por lo menos eso creía. Sólo atesoraba la de cajón, armario, baúl, diván... ¿Pero esa? Era otro misterio. Y tampoco podía explicarse el porqué de que le viniera a la cabeza en tal situación.
"Clac". Ese sonido lo despertó. Hizo que volviera la realidad. A que volviera a sentir que flotara. Pero lo que vino a continuación conllevó que el pánico ocupara toda su existencia. Únicamente sentía que descendía. Que atravesaba el vacío sin freno alguno a una velocidad endiablada. Como si algo lo hubiera tirado a semejanza de un trapo viejo. Aunque, en el fondo, esa descripción podría ser mucho más que acertada. Decían que los de su especie sólo eran un pequeño trozo de tela. Y qué final más metafórico sería que su moraleja fuera similar, o igual, al de aquellos que comentaban que hasta podrían ser parientes lejanos. Muy lejanos...
Por suerte, o eso caviló, su aterrizaje resultó en un sitio mullido. Suave. El dolor no hizo acto de presencia. En su lugar, un fuerte olor terminó presentándose. Varios, en realidad. También los reconoció de oídas. Por las descripciones que antaño le entregaron. Ajos, cebollas,... sí, no le costó saber lo que eran. Tampoco los restos de yogur. O de las patatas. Incluso el papel de cocina, y de baño, rociado con semen. Sabía el lugar en el que estaba. Y llamarlo cubo de basura sería poco. Quizás era el fin de su trayecto. O el inicio de uno nuevo. ¿Pero dónde terminó su par?


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