El viaje a los Cinco Picos
Fresco era el ambiente. La humedad originada por la cascada de los Cinco Picos dibujaba el empedrado sendero. Y a cada paso que daba veía la forma en que la tierra iba secándose. Pero no era por obra de la naturaleza. Un poder mucho más vigoroso, y antiguo, lo llevaba a cabo indicándole la dirección a seguir hasta llegar a él. Y aunque era algo por lo cual no tendría que sorprenderse, no dejaba de preguntarse cuán poderoso alcanzaría a ser el Mentor de Shiryū.
A lo lejos, notó una diminuta figura. Le dio la impresión de que estaba sentada justo en el borde de un risco mientras escudriñaba el caer de las aguas. Y a medida que iba acercándose, percibió que tampoco dejaba pasar ningún detalle de lo que alrededor suyo acontecía. Además, tuvo la certeza de que lo esperaba. Y, al estar a su altura, por primera vez sintió su cosmos en todo su esplendor. Llegó a la conclusión de que quería mostrárselo. Tan pronto como lo hizo, ese fuego remitió por completo.
- Es mejor así; no pretendo llamar la atención - comentó aquel anciano completamente ajado.
Ikki se quedó perplejo. ¿Era en realidad esa la fuerza del que podría ser el más poderoso entre los Caballeros de Oro? ¿O sólo una pequeña porción? Además, cada rincón de semejante páramo rezumaba paz. Armonía y equilibrio. Debía ser el efecto del que portaba la Armadura de Libra. La única a la que le permitían esgrimir armas.
- ¿Es esto el reflejo del Misophetamenos? ¿Además del letargo de la vida permite incrementar, y disimular, tan herméticamente el poder? - quiso saber el Fénix.
- Saca tus propias conclusiones, joven. Tienes un cosmos explosivo. Nunca he estado ante uno que dejara sentir tanta violencia. Finalmente, tu armadura decidió tener un compañero. Y eligió bien. Eres el primero que la viste. Y con razón. Tu hermano no hubiera podido con ella. Habría terminado corrompiéndose. Menos mal que recordaste lo que tu corazón guardaba.
Sonrió ante estas palabras. Comprendía a la perfección lo que acaba de expresar el Sabio Maestro. Desde la conclusión de la Batalla de las Doce Casas vagó sin rumbo por el mundo en completa soledad. En silencio. Siguiendo su instinto. Y en cuanto llegó a Rozan comprendió quién le estaba reclamando. Pero ya allí, y tras observar detenidamente el lugar, descubrió que el Caballero del Dragón no estaba. Pero sí sintió la presencia de Ōko, el Tigre. Estaba agazapado, entrenando entre las sombras.
- No te preocupes por él. Más tarde que temprano cumplirá su Destino. Pero no tomará partido en lo que está por acontecer - reveló Dhoko.
- Entonces los 108 Espectros no han sido liberados.
- No, todavía no. Pero todo llegará.
Ikki guardó silencio. Estaba buscando las palabras exactas con tal de expresar lo que le rondaba por la cabeza. "¿Por qué me has hecho venir ante tu presencia?", interrogó bruscamente con tal de saciar su curiosidad.
- Mira la cascada. Es violenta. Igual que tú. Pero está en armonía y paz. Y eso es lo que te falta para comprender el poder que ostentas. Para que te hagas uno con la Armadura.
Al oír esto, la observó fijamente. No perdió detalle. Quedó fascinado, pero al mismo tiempo un temblor cuyo origen no localizaba comenzó a recorrerle el cuerpo. "No voy a decirte qué es lo que tienes que hacer; pero eres inteligente, tardarás poco en averiguarlo", susurró con calma aquel cuya imagen era la cáscara de un anciano.
Fénix apretó los puños. Lo hizo con fuerza hasta sentir dolor y provocarse unas heridas de las que manaron sangre. Ese movimiento lo hacía cada vez que necesitaba concentrarse. Cada vez que necesitaba pensar. Dejaba salir la rabia y frustración resguardada en su interior. De repente, abrió los ojos de par en par. Y liberó sus manos muy despacio hasta dejarlas abiertas. Entonces empezó a encaminarse hasta la base de la cascada con un sigilo fantasmal.
Una vez ahí, alargó su brazo derecho y lo sumergió bajo el agua. Comprobó la energía que irradiaba. Y esta lo dejó atónito. No lo podía creer. Era aún mayor que la del volcán de la Isla de la Muerte. Pero, al igual que todo lo que rodeaba a Dhoko, en ella el equilibrio reinaba. Cogió aire y, de un salto, se abalanzó a su interior. Justo al centro.
La presión con la que caía le hizo ponerse de rodillas. Trató de acostumbrarse al empuje y, en cuanto lo hizo, se puso en pie y esta vez extendió ambos brazos en cruz. Cerró los ojos y prendió su cosmos. Pero fue con calma. Por primera vez no lo hizo con ira y de forma abrupta. Y este adquirió cada vez más brillo. Desprendía un calor que aumentaba gradualmente. Hasta que una invisible barrera impidió que el agua cayera encima suyo a la par que secaba del todo su cuerpo.
Sería entonces que saliera y mirara en dirección a Dhoko. Una ligera sonrisa dibujaba el rostro del legendario guerrero. No hizo falta que dijera nada. Al fin dilucidó el propósito de aquel viaje que, en apariencia, carecía de sentido. Ikki devolvió el gesto. Y, en silencio, le dio la espalda. Pero no en un acto de desprecio, sino de agradecimiento. Su periplo acaba de iniciar un nuevo capítulo. Lo hizo interiorizando su propia naturaleza, la cual era inseparable a la Armadura. También un factor en el que su hermano estaba involucrado. Eran la misma representación del Yin y el Yang. Aunque, tal vez, también una prolongación de la constelación de Géminis.


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