EL MÚSCULO QUE LO MOVÍA
Cerró las cortinas
buscando que el calor
no invadiera
su morada.
También las persianas,
y su razón.
Encerrado,
sumergido
en la bañera,
se masturbó
sin importarle
lo que el mundo
pudiera darle.
Estaba él con él mismo.
No existía mayor amor
que compensara
su pasión ardiente.
No le hacía falta más.
Lo acompañó de vino.
Y música con ritmo
que le acompasara
en su satisfacer.
¿Para qué quería más?
Extasiado.
El orgasmo
tuvo su lugar
sin sentido.
No fue latente.
Fue insípido.
Sin sentir placer.
No buscó mucho más.
Ya llevaba tiempo
sin el gozar
de su verga.
Le invadió la rabia,
la impotencia.
Y descubrió
que terminó desgastándose
el orgullo
que ostentaba
hacia sí mismo,
en especial cuando
yacía entre piernas
ajenas.
Vociferó.
A su polla le vertió pestes.
Y la ladró
por ser goma;
algo flácido
que pedía a gritos
poder ostentar
la fuerza.
Una fuerza que le fue todo
y con la cual pecho sacaba
al ser
núcleo y razón de su existencia.
Una fuerza que fue su todo
cual un Sansón con su melena
al ser
previo al conocer a Dalila.
Una fuerza que no le volvió
pues el ego le dominaba
al ser
el músculo que lo meneaba.


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