"Bad Apples" y lo podrido en la sociedad

El segundo largometraje de Jonatan Etzler pule una catástrofe a través del humor


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Matar al perro con tal de acabar con la rabia. O buscar un chivo expiatorio pretendiendo eludir las culpas de la sociedad. Estas dos moralejas podrían llegar a extraer tras visionar "Bad Apples" de Jonatan Etzler (1988). Y es que bajo la apariencia de una, por momentos, histriónica comedia negra, el sueco nos invita a reflexionar sobre el naufragio de la civilización occidental recurriendo al sistema educativo a modo de metáfora. Es decir, el mismo pilar en el que está cimentada.

Ante esto, el director nos presenta a María (Saoirse Ronan), una joven profesora frustrada ante el atasco que atraviesa en su vida. A ello se le añade la impotencia padecida en el trabajo, pues se siente frenada por la burocracia escolar y el tener que lidiar con Danny (Eddie Waller), un alumno mucho más que conflictivo. Debido a la imposibilidad de aplacarlo, y viendo cómo afecta al progreso del resto de los jóvenes, toma una decisión gordiana al momento de tener un altercado con él: lo secuestra y lo "acoge" en el sótano de su casa.

A partir de ahí, y mediante un guión compartido con la británica Jess O'Kane basado en la novela publicada en 2020 por el sueco Rasmus Lindgren ("De Oönskade"), Etzler nos entrega un mundo nihilista en el que la supervivencia propia es el máximo objetivo. Uno en el que la solidaridad está ausente a no ser que con ello el beneficio sea obtenido. Y sustentándose en eso, el avance de la sociedad depende del hecho de apartar las mismas manzanas podridas que plantó. Esto ignorando cómo hicieron con tal de que llegaran a tal extremo y omitiendo que son los verdaderos responsables de la situación.

Por lo tanto, los clichés respecto a los progenitores son remarcados hasta la saciedad. Situación tras situación, van siendo retratados en sus mismos vástagos, pues estos no son más que su propia proyección. Todos sus pecados están en ellos, aunque con unas cuantas tallas más pequeñas. Y lo que es la tragedia de una familia monoparental en la que el padre está ausente, tal es el caso del de Danny, es convertida en la excusa perfecta con tal de honrarle en la desgracia pretendiendo hacerle participe de la dicha que sienten por librarse del que consideran el artífice de todos sus males.

Será que, en medio de tanta hilaridad, les vengan a la cabeza algunos largometrajes, por ejemplo, de Danny Boyle o Guy Ritchie. Y no únicamente por un humor con tintes británicos, sino también por la forma de plantear muchos planos, la iluminación o, incluso, los retales de naturaleza dibujados. Asimismo, Saoirse Ronan realiza una interpretación cargada de matices. La ganadora del Globo de Oro por "Lady Bird" en 2017 muestra con creces sus capacidades. Ya sea en la comedia, el drama o la intensidad a la hora de transicionar de una emoción a otra.

Además, y como imaginarán, en un largometraje de esta índole el papel que juegan los jóvenes actores es fundamental. Y en todo lo que les hemos comentado hasta el momento, Eddie Waller y Nia Brown representan las dos caras de una misma moneda que es intercambiable. El bullying, la venganza, la indiferencia y, también, el egoísmo individualista que hay entre ellos no deja de ser la pintura del cuadro que plasma la sociedad diseccionada. Y sin su labor, sin sus caracterizaciones a lo largo de la película, la comprensión hacia ella sería bastante dificultosa.

En sí, dura y visceral es esta obra de Jonatan Etzler. Pero digerible y, sobre todo, amena por el telón cómico con la que lo adorna. Con esto pretendemos aclarar que si el factor del humor fuera desechado nos encontraríamos un trabajo que dejaría un mal cuerpo tras visionarla. Incluso anularía la capacidad que posee al instante de interiorizar situaciones y fomentar la reflexión. Es, en definitiva, una obra cuyo mensaje hay que analizarlo en frío y con tiempo.


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