La excursión que dio por concluida en un baño




La radio del coche estaba prendida. Pero hacía rato que no la prestaba atención. Incluso estando en marcha el boletín informativo, sus oídos sordos eran ante lo que sobre la mesa ponía. Sólo quería parar. Darse un respiro en aquel viaje del cual no intuía su motivo. Ni por qué en medio de un arrebato agarró las llaves y arrancó sin más propósito que desconectar.

Y estando surcando el ancho de la carretera, o el meollo de un páramo perdido de la mano de Dios, vio la señal de un parador. De un restaurante ubicado a dos kilómetros. Por lo menos eso señalaba el rótulo. Trató de acomodarse en el asiento y llegar lo más rápido posible. Ese sería su lugar de descanso. Lo que pasara después... ya lo decidiría mientras comía cualquier cosa.

El breve trayecto le resultó eterno. El ansia recorría su cuerpo. Cada minúsculo detalle de él fue ocupado por ella. Hasta el momento en el que notó la salida que lo encaminaba al local. Ahí giró a la derecha incrementándose la sensación de impotencia. La más grande que vivió en su vida. Incluso podría describirla de claustrofóbica. Sería que, armándose de valor, la paciencia que trató de forjar alcanzara los mismos niveles.

En cuanto vio un hueco, se encaminó a él. Incluso aceleró ligeramente con tal de que no se lo arrebataran. ¿Pero quién podría ser capaz de semejante acción a esas horas de la noche? Le daba igual. Era como si algo le guiara hacia tal espacio. Hasta desconectó el coche dejando que la propia inercia le dirigiera a lo destinado a un vehículo como el suyo. Al finalizar la maniobra, quizás sin mayor preocupación por cómo quedara, se apeó y lo cerró dando un portazo.

El sonido de aquel involuntario gesto ocupó toda la zona. Ademas, el eco habido contribuyó a incrementarlo. Suspiró. Comenzó a andar dirigiéndose a la entrada del establecimiento y tiró de su pesado portalón yendo directo a la barra. "Un café con leche bien cargado", pidió al joven que en su interior se encontraba. "Y la carta, por favor", añadió.

Sin decirle nada, el chaval se la ofreció y, acto seguido, al darle la espalda casi sin mirarle a la cara, marchó a la cafetera. Ese instante lo aprovechó el recién llegado para ir al baño. "Dame un par de minutos", comentó devolviéndole el mismo gesto. Los escusados estaban indicados con unos enormes carteles, por lo que no requirió preguntarle su ubicación.

Al acceder al cuarto que los guardaban, entró en uno de ellos. Justo en el primero. Direccionados en línea, siete había siendo guardados (o separados) por paredes de madera. Colocó el crisquete con tal de no ser importunado. Además, en el exterior una banderola roja aparecía al momento de hacerlo dando a entender que estaba ocupado. Se bajó lo pantalones para sentarse después en el inodoro tras limpiar con papel higiénico su superficie. Era la zona en la que colocaría sus posaderas.

Justo ahí escuchó una entrecortada respiración. Le resultaba ronca. Pesada e inquietante a medida que acercándose a él iba. Guardó silencio cuando un sudor frío comenzaba a recorrerle de esquina a esquina. Y surcaba su frente como nunca antes lo hubiera hecho. La intensidad del sonido iba incrementándose paulatinamente mientras la sentía más cercana. En un acto instintivo de defensa, se levantó subiéndose la prenda. Y colocó la espalda contra la pared.

De repente, una inquietante calma reinó en los baños, aunque fuera acompañado de una sensación imposible de gritar. De vociferar. Pero duró poco. Una carraspera emergió sin aviso recordándole unos dientes frotándose con fuerza. Esto le provocó una especie de dentera que casi le hizo vomitar. Y es que, al mismo tiempo, un olor nauseabundo hizo acto de presencia. Era similar al de la podredumbre mezclada con residuos fecales.

"Shhhhhh", escuchó. Ese sonido provenía del mismo nivel de sus pies. Contuvo la respiración. No quería dirigir su atención al lugar que lo sentía, pero una irremediable energía le arrastró a ello. Lo que observó fue una enorme, y maquiavélica, sonrisa con el dedo índice atravesándola exigiéndole que callara. Y esta servía de dibujo a un grisáceo rostro marcado por unas prominentes ojeras. También distinguió unos gigantescos y brillantes ojos inundados en sangre al ir entenado por el hueco habido entre el suelo y la puerta.

El torso de una mujer iría haciéndose cada vez más visible a medida que accedía. Su oscura y tupida melena estaba mojada. Al igual que el blanco, pero rasgado y enmohecido, camisón que vestía. Y en toda esa escena, la criatura se abría camino cuando él continuaba apoyado cada vez con más fuerza contra la pared. En ningún momento dejó de pedirle silencio con aquel gesto. Hasta en el instante que empezara a erguirse con tal de ponerse en pie.

Posó, entonces, directamente su mirada en la suya. Era azul con tonos verduzcos y grisáceos. ¿Cómo algo tan hermoso podía esconder algo tan...? Ninguna palabra le rondó por la cabeza que pudiera expresarlo. Retiró ahí su apéndice de aquellos labios carmesí y carnosos para lanzarle un beso. Y, al igual que él antes hiciera con el camarero, le dio la espalda. Lo hizo con tal de dirigirse al inodoro e introducirse por el hueco con unos movimientos que solamente podría tildar de reptilianos. Le recordó a una serpiente. Una grande y gruesa dejando atrás todo lo que le rodeaba sin la menor importancia.

Nada más verla desaparecer, bajó abruptamente la tapa del váter dejándose caer sobre el suelo tratando de respirar. De mantener la compostura y serenidad. El sudor... le resultaba el agua de una ducha cuando el estómago le daba vueltas y una terribles punzadas lo martirizaban. Siéndole imposible contener las náuseas, vomitó. Lo hizo con tanta energía que le recordó a una fuente. Regurgitó tanto que rumió estar volcando sus mismas visceras en la acción.

Finalmente, y sin saber cómo, se levantó y abandonó el baño a la par que entraba en la cafetería. Lo hizo corriendo. En un frenesí que cargaba a modo de mochila el miedo y temor que lo dominaba. "¿Dónde va?", le oyó decir al camarero. Ante esto, y tal vez estando alienado por las pautas sociales, sacó el billete de 50 euros que guardaba en el bolsillo colocándolo en la barra con un tremendo golpe. "¡Quédate el cambio, no me creerías!", gritó mientras escapaba enloquecido dirección al coche. "¿Está seguro?".



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