Sobre cómo mantenían en secreto su existencia
- Déjale, y procura no hacer ruido. Si quiere venir ya lo hará por sí mismo. No le fuerces...
Tan sorprendido estaba por lo que tenía delante que casi no escuchó cómo su compañero decía eso mismo. "Pero si nos ha visto hace rato", susurró en cuanto la impresión se lo permitió agazapado como estaban en medio de la maleza del bosque. "Pensé que eran un mito, nunca creí que pudiera llegar a ver uno", continuó en voz baja.
Enfrente de ellos, podía atisbar la figura de un viejo caballo. Aunque su torso era el de un anciano. Incluso apoyaba su cuerpo sobre un bastón al igual que muchas personas hacen en el tramo final de sus días.
- Cerca de aquí, a unos quinientos metros, hay una cueva que va a dar a un valle escondido. Habrá unos 50 centauros. Es una comunidad pequeña, pero lo mejor es que guardemos el secreto. Si la gente se enterara, en menos tiempo del que crees estaría todo lleno de científicos que terminarían secuestrándolos y llevándolos lejos de su hogar. ¿A dónde? A saber. Pero fijo que dirían que es en nombre de la ciencia.
- Un centauro. ¿En serio estamos viendo uno? No puedo creer lo que ven mis ojos.
Entonces, aquel ser que hasta entonces pensó que era una entidad mitológica, puso sus ojos en ellos. "Sí, eso es lo que soy. Pero entre nosotros no nos llamamos así. Lo hacemos en nuestra propia lengua. La cual, por cierto, no podríais comprender si la escucháis. No tiene nada de parecido al relincho equino. Ni al sonido que emitís los humanos al hablar", dijo mientras comenzaba a encaminarse lentamente al lugar en el que se escondían.
- Sabía de vuestra presencia desde hace bastante rato. Vuestro olor es inconfundible, sobre todo si portáis alguna de esas fragancias que llamáis colonia. Tranquilos, no voy a haceros nada. Aunque pronto tendréis que marcharos. No todos mis compañeros son tan hospitalarios como yo. Por cierto, me llamo Folo. Es un nombre que ha pasado de generación en generación.
- ¿Entre vosotros te llamas así o es lo que usas con tal de que lo entendamos? - quiso saber aquel que habló primero cuando estaban guarnecidos entre la vegetación -. Yo soy Dan y mi compañero... Ren.
- Sí, tu conclusión es correcta - contestó Folo -. ¿Pero qué os ha traído aquí? ¿Qué estáis haciendo por estos parajes?
- Hace un par de semanas os vi por primera vez - reveló Dan -. Durante todo este tiempo no podía quitarme vuestra imagen de la cabeza. Y decidí arrastrar a mi amigo con tal de comprobar si era cierto o no lo que había visto.
- Vaya, así que necesitabas un testigo. Veo que las historias que cuentan sobre vosotros son ciertas. Tenéis una curiosa mezcla de ingenuidad y superstición mientras sois capaces de usar la ciencia con tal de realizar las más maravillosas obras. Pero os seguís matando a causa del veneno del egoísmo.
- Sí, podría ser - intervino Ren -. ¿Pero qué vas a hacer con nosotros? ¿Podremos marcharnos a casa? No pretendíamos importunar tu día a día.
Ante esto, Folo comenzó a reírse alegremente.
- Ya veo. Sí, sois más ingenuos de lo que pensaba. Pero estaros tranquilos. No os pasará nada. Aunque tenemos que seguir manteniendo en secreto nuestra existencia. Así que, por favor, no os asustéis ante lo que ahora vendrá.
Ahí, y emergiendo de la floresta, otros cinco centauros hicieron acto de presencia. "Tranquilos, sólo es precaución. Os hemos estado observando desde hace dos horas. No tengas miedo. Así que, por favor, tomaros estas infusiones que mi hermano Quirón os entregará".
El nombrado centauro extendió sus manos y les ofreció dos botas de vino.
- ¿Qué hay dentro? - expresó titubeante Ren.
- Infusión de loto - señaló Quirón.
- ¿La flor que comía Odiseo?
- Sí, esa misma - continuó el centauro -. Es una bebida fresca, y agradable. Os ayudará a recuperar energías. Pero terminaréis sumidos en un profundo sueño y no recordaréis que habéis estado ante nosotros. Es por seguridad. No nos guardéis rencor.
Dan y Ren dudaron. Pero al mirarse estuvieron los dos de acuerdo con la acción. Lo comprendían. Estando en su situación, posiblemente también habrían hecho lo mismo. Más si ese gesto evitaba cualquier acto de violencia.
Tras mirarse por última vez, y también a los seis centauros que los rodeaban sin signo de hostilidad alguna, bebieron la dulce bebida hasta dejar vacíos los envoltorios que la guardaba.
- Tiene miel, de ahí su sabor - confesó Folo -. Y ahora, por favor, tumbaros en el suelo. El sueño os irá invadiendo poco a poco. Al despertar estaréis en la tienda que os sirve de campamento. Lo más seguro es que volváis a buscarnos, pues no recordaréis nada. Pero no lograréis localizarnos aunque sigamos en el mismo sitio. Aunque os sentiréis un poco perdidos por el tiempo esfumado ante el cual no encontraréis explicación. Tranquilos. No os pasará nada. Dormid.


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