Una mente que ansiaba volar


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28/VI/2020

Miró por última vez la cabaña en la que había estado alojado. La chimenea aún soltaba el humo del último fuego que había encendido. El viento lo dirigía hacia el este, en dirección a aquel valle inmenso a las faldas de las montañas que presidían el majestuoso lugar donde había pasado aquellos días. ¿Sentiría añoranza por ella al llegar a la ciudad? Posiblemente, pero ahora tocaba volver al mundo aquel del cual había estado aislado. Ese sobre el cual había estado mentalizándose para su regreso después de tanto tiempo.

La miró por última vez. El pórtico se podía ver desde lejos. Desde el mismo sitio donde aquel corzo salió corriendo al notar su presencia. Una ramita delataba su anterior presencia por los pelos que en ella había depositado. Los escudriñó embelesado. Era prácticamente increíble que el animal se hubiera percatado de que estaba allí. Él lo había visto de casualidad, y pensándolo ahora, le daba la impresión de que le había estado contemplando durante bastante tiempo y que se había alejado no al notar su presencia, sino en el momento en que él mismo lo vio. Parecía que estaba esperando ese momento. El momento justo en el que se le viera para alejarse de allí.

Qué curiosa era la naturaleza. Hacía siglos que aquel animal no solo les hubiera servido de alimento, también era parte de su legado cultural y espiritual. Aquellos animales no solo les servían de alimento, les protegían también frente a los malos espíritus y nefastos augurios que los amedrentaban, les hacían enfermar y partir a la tierra de los antepasados. Al sitio que estaba en la otra punta del Gran Río, desde donde venían para comunicarse con los chamanes y orientarles mediante consejos. Sí, la naturaleza era muy curiosa. Sobre todo por la forma en la que había creado a esta especie. Esa que, poco a poco, se fue alejando de ella y la utiliza en beneficio propio obviándola completamente.

Empezó a caminar hacia la ciudad. Al lugar desde donde cogería el transporte público que le llevaría a ella. Volvía a pensar en las caminatas de los ancestros. Esas mismas que les hicieron llegar a Asia y Europa, a América y Oceanía. Primero andando, luego con barcos y, un día, utilizando para tal fin animales como podrían ser los caballos. Esa especie fue amoldándose a los distintos climas de los lugares a los que llegaba, por lo que fue evolucionando su fisonomía. Pero seguían siendo la misma especie aunque estuvieran separados por miles de kilómetros.

En su caminar se encontraría con otras especies de Humanos; completamente distintos a ellos y de diferentes razas. Por lo que fuera desaparecieron. Tal vez por enfermedades o guerras por el territorio o el alimento, pero desaparecieron. Tal vez no del todo, ya que podría ser que las leyendas de ogros, trolls, gigantes, seres mitológicos,... fueran el gran legado que nos dejaron antes de desaparecer y se utilizó su imagen para narrar las historias que educaban y amenizaban las noches. Para advertir sobre los peligros de la noche, hacia lo desconocido. Hermosos cuentos llegados de generación en generación transformados y adaptados constantemente al lugar a que llegaban.

El miedo a lo nuevo y desconocido. Una señal de advertencia para no separarse de lo establecido como el buen camino a seguir. Para no evolucionar en los métodos y quedarse anclados en ellos durante siglos, parados, aislados. Y la disidencia juzgada, señalada, quemada, torturada,... silenciada ante lo que se supone el buen gusto, costumbres, tradiciones, relaciones,... La libertad secuestrada mediante un sistema de valores inescrutables e inviolables. 

La única fuente de libertad siempre había sido la mente y, por eso mismo, él había sido encerrado entre aquellas paredes acolchadas. Su mente había pensado de forma libre y distinta. Lo hizo incluso estando encerrado su cuerpo. Y ahora volvía al sitio del cual había sido expulsado y encerrado. Pero su mente siempre había conseguido volar libre a pesar de que quisieron que se derrumbara. Por eso había decidido ir a aquel lugar tras su encierro de tres años. Porque ahora tenía que regresar y no estaba dispuesto a que su mente dejara de volar ni ser libre. Porque tenía que seguir siendo ella misma.

Victor Wooten en acción (archivo)


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